jueves, 25 de octubre de 2012

Descubriendo mis ancestros - CAPITULO VI




CAPITULO VI
DE LOS NATURALES Y OTRAS COSAS PRODIGIOSAS Y LO QUE EN AQUELLAS JORNADAS PASO
En consonancia con la época en la que presumiblemente fue escrita, la magna obra de las cosas nuevas de esta tierra tiene su origen en una detallada instrucción que se atribuye a Felipe II, quien demanda tener regio conocimiento de los naturales de esta parte de las Indias. Los autores no logran ponerse de acuerdo sobre si este requerimiento estaba dirigido directamente al Adelantado Díaz de Carreras o al Gobernador de Asunción Suárez de Toledo. Si nos atenemos a lo declarado por nuestro cronista en el proemio de su relación, estarían incluidas como parte de unas supuestas Capitulaciones de Toro.
"... Procuraréis hablar con ellos y entender sus costumbres, cualidades y manera de vivir ... informándoos de la religión que tienen, ídolos que adoran, con qué sacrificios y manera de culto; si hay entre ellos alguna doctrina o género de letras; si tienen reyes y si éstos son por elección o por derecho de sangre ... qué personas e cosas son los que ellos más aprecian; si en la tierra hay metales; si hay especiería; o algún género de cosas preciosas que nuestra nación estima; los animales domésticos o salvajes y la calidad de plantas y árboles cultivados, guardándoos de no tomarle a los indios cosa alguna contra su consentimiento si no fuese por rescate o dándolo ellos de amistad".
Como casi todos los relatores, cronistas y espontáneos del Siglo XVI, Díaz de Carreras se otorga un protagonismo determinante en la proeza conquistadora con la siempre presente intención de obtener el favor real.
"Y Dios ha sido servido de guardarme de muchos peligros de muerte, así en este trabajoso descubrimiento y fundación de las tierras de la Nueva Vizcaya como en las muy sangrientas guerras - dando a Dios muchas gracias y loores por ello - para que diga y declare lo acaecido en estas tierras; y, demás de esto, ponderen y piénsenlo bien los curiosos lectores, que siendo yo en aquel tiempo de obra de cuarenta años, y en la ciudad de Asunción el gobernador de ella, que se decía Martín Suárez de Toledo, deudo mío, me prometió que me daría indios de los primeros que vacasen, y como no quise aguardar a que me los diesen así que me hice a la vela con el general Juan de Garay a fin de dar cumplimiento a lo ordenado por vuestra Cesárea Mgd. en las Capitulaciones de Toro que tuviera a bien concederme."
No debe asombrarnos que en la actualidad las más valiosas colecciones desconozcan su impar obra y aún su propia existencia pues ya por entonces, se lamentaba el Adelantado de la Nueva Vizcaya de la falta de reconocimiento a sus muchos esfuerzos.
"Ya creo que Vtra. Mgd. no tendrá noticia de mí, porque según veo que he escrito tres relaciones e jamás he habido ninguna respuesta, ni ha venido para mí alguna carta o colecta para que sea favorecido. Cuando en el ocaso de mis días me flaquean las fuerças es menester efectuar un último memorial de nuestras antiguas noblezas, los heroicos hechos y grandes hazañas que en tierras de calchines y mocoretáes hicimos, peleando de día y de noche, sirviendo a nuestro rey y señor, descubriendo y fundando y hasta ganar esta Nueva Vizcaya y grandes ciudades y otras muchas provincias a nuestra costa".
Sin embargo y pese a la evidente amargura y resignación que la ausencia de las reclamadas mercedes le causa, en este cuarto memorial se atiene minuciosamente a seguir las instrucciones reales conforme le fueron impartidas y empieza a desgranar la información solicitada, presentando a los pueblos originarios.
"A la llegada de los españoles a esta parte de la provincia de Nueva Vizcaya vivían unos naturales arto belicosos que se dicen Mocovíes, Abipones y Tobas[1] y los fieros Querandíes[2]. También pueblan otras tribus más pequeñas, que habitan las costas del río Paraná y que se dicen Calchines, Timbúes, Corondas, Quiloazas, Mocoretáes y Curiyúes que diz que hablan la lengua de los Guaycurúes, junto con los Mocovíes, Pilagás y Avipones, que es la misma que platican los Guaraníes de Asunción".
Sobre este particular, no está demás aclarar que en general nuestros indios tenían un nivel de desarrollo significativamente inferior al de otros pueblos de la América primal; encontrándose en una etapa de nomadismo recolector, viviendo exclusivamente de la caza y la pesca y del aprovechamiento de vegetales de crecimiento espontáneo. En virtud de ese nomadismo no tenían edificaciones establecidas como tampoco poseían otras armas más que las que se ingeniaban en fabricar con ramas o piedras, entre ellas, las temibles boleadoras cuyo letal uso convenientemente Díaz de Carreras recoge.
"Que entre las múltiples maravillas que Dios ha tenido a bien conceder para admiración del género humano en esta parte del orbe, se cuenta una ave gigante que no vuela sino corre, que se dice el ñandú[3], que pone unos huevos grandes como balas de cañón y que los naturales cazan con un juego de tres esferas de piedra atadas a unos cordeles de tientos unidos, que giran con pasmosa destreza y luego lanzan como un David pagano para enredarle las patas ...".
© Pablo Martínez Burkett, 2005






[1] Estas tribus habitaban mayormente la zona central norte de la actual Provincia de Santa Fe.
[2] En cambio vivían en la zona sur de la misma provincia.
[3] Rhea americana. Otros nombres vulgares: Suri. A los pichones: Charito, charo o charabones. Es un ave de gran tamaño, incapaz de volar. Mide hasta 1,80m. de altura y puede llegar a pesar de 25 a 30 kilogramos. El pico es corto y ancho, de coloración gris pardusca. El cuello es muy largo. Las patas son largas, grisáceas. Presentan solamente tres dedos, terminados en uñas robustas. Las alas están cubiertas por plumas largas y delgadas. El macho tiene la corona, parte del cuello y el pecho, negros. Las partes dorsales y las alas son grises y pardas. La parte inferior o ventral, es blanquecina. La hembra es gris con el vientre blanquecino y carece de negro.