jueves, 19 de septiembre de 2013

DESPUES QUE HAYA CRECIDO LA OSCURIDAD









Oh Yan Wang, Señor de la Corte Terrenal, 
imploramos la piedad de tu sentencia para no errar 
eternamente por los laberintos del Inframundo

Antiguo Exorcismo chino


Tanto en la capital como en el interior del país, el recelo por los supermercados chinos es el mismo. Las leyendas urbanas van desde el desprecio por el extranjero al temor atávico de lo desconocido, pasando por la desconexión nocturna de las heladeras. La gente compra pero con recelo y hasta con un mal disimulado enfado. En las provincias el odio es mayor: los de ojos rasgados prosperan a paso redoblado mientras los criollos siguen arrastrando sus vidas miserables. Y en Trancullún, una diminuta localidad en el medio de la nada, la cosa era igual o peor.

Encima los locales se venían muriendo de forma inexplicable. Pronto los chinos fueron los responsables. La salita de primeros auxilios era insuficiente para atender la emergencia. Si hasta fue necesario ampliar el cementerio. Lo sé muy bien porque soy el alcalde. Un alcalde interesado por su entorno.

Todo se precipitó cuando las cámaras municipales captaron la aparición de un fantasma que iba a los saltos y con los brazos extendidos. Una y otra vez el canal de cable repetía las imágenes del espectro, una suerte de pútrido mandarín de cabellos blancos y piel enverdecida. Alguna mente esclarecida recordó la leyenda de los Jiang Shi, los temibles vampiros chinos. La estampida fue imparable. Los campos se malvendieron y las casas se regalaron por monedas. Con la progresiva ausencia de clientes también partieron los hijos de Oriente. Fue justo antes de que se descubriera un gigantesco filón de oro.

Pobres chinos, cargaron con toda la culpa. Y en parte la tuvieron. Además del alcalde y dueño de la televisora, soy el propietario del frigorífico. Les ofrecí un acuerdo por demás de ventajoso y aceptaron abastecerse con mis reses. La voracidad comercial no les permitió sospechar siquiera que la carne estaba envenenada con un agente químico imperceptible. Cuando pese al terror, los pobladores se resistían a abandonar el terruño amañé la presencia del supuesto fantasma. Me resultó muy fácil desparramar el rumor de los vampiros chinos. Después fue sentarse a esperar. 

Como decía mi abuela: no hay que temer a los muertos sino a los vivos.



© Pablo Martínez Burkett, 2013