martes, 20 de marzo de 2012

UN FUEGO DEMENCIAL EN LAS VENAS





Es demasiado tarde para ser ambicioso: las grandes mutaciones del mundo ya se han obrado.
Thomas Browne – Urn burial



Si alguien se lo tiene merecido soy yo. Espero que esto sirva para purificar mi deuda con la humanidad después del estrago que ayudé a provocar con las explosiones nucleares en el atolón Bikini. No es algo que conste en los archivos oficiales, que con burocrática asepsia detallan la reubicación de la población indígena, pero los afectados se cuentan por miles. La abominación que engendramos es una afrenta contra el Cielo. Ninguna causa lo justifica y aunque se conocían los efectos de la radiación en células y tejidos, a nadie le importó. No sé qué era peor, si lidiar con deformados mutantes o con la insensibilidad marcial de mis superiores. Harto de tanta locura, pedí la baja como médico de la Armada y me retiré a un rancho en los bosques profundos de Idaho.

Lejos de los hombres he intentado encontrar la paz. Cada tanto, presto tareas comunitarias en el hospitalito del pueblo. Y no pocas veces, me toca oficiar de veterinario. Así llegaron unos piadosos vecinos con un lobezno al que una trampa le había fracturado una mano. Quizás fui indolente con el anestésico o quizás, era hora de mi castigo, el caso es que el cachorro me mordió. Practicadas las curaciones de rigor, me di una antitetánica y me olvidé del asunto. La herida sanó en un plazo asombroso. Sin embargo, al poco tiempo, empezó a despertarme el minucioso rumor del bosque. En los días siguientes, accesos de furia sustituyeron mi habitual carácter flemático. Otras alteraciones se hicieron más evidentes: podía saltar las peñas o correr por los llanos a una velocidad pasmosa; mi pecho se ha ido poblando de un vello bestial y di en ambicionar el sabor de la carne humana. La sola idea del olor a sangre me embriaga. Se avecina la luna llena y un fuego demencial me hierve las venas. Conozco las leyendas y sé que son del todo inverosímiles, pero nada es absurdo en esta época de horizontes atómicos. Si la Naturaleza ha decidido restaurar el equilibrio, exterminando el nocivo virus humano, no me extrañaría que tenga el honor de ser el paciente cero. Escribo esta nota, no para ser perdonado, sino para librar de culpa a quien ponga fin a mi miseria.
© Pablo Martínez Burkett, 2012