miércoles, 24 de agosto de 2016

DE LA MUERTE SÚBITA



DE LA MUERTE SÚBITA (*)


Después de leer los capítulos precedentes, dedicados a las cuestiones propias del diagnóstico y prevención de la muerte súbita toca cerrar este libro. Quizás usted aguarde las palabras de otro eminente cardiólogo. Lamento decepcionarlo, pero no, no lo soy. Es más, mis grados académicos pertenecen a facultades que ni siquiera suenan parecido a Medicina. Con no poco asombro, usted se preguntará qué hace un no médico, cerrando un libro de divulgación científica y sobre una materia tan específica. Es simple, este libro está destinado al público en general, como general es el tipo de dolencia que aborda. Sus autores, en un acto de generosidad, consideraron apropiado adicionar otro punto de vista, que no es sino el de un hombre de la calle, que se siente compelido a reaccionar frente al tipo de muerte que nos ocupa.


Y vaya si nos ocupa.


La muerte súbita nunca pasó desapercibida. Desde la Antigüedad, las diferentes culturas intentaron describir los síntomas que anticipaban un desenlace abrupto. Médicos famosos de todos los tiempos, como Hipócrates, Galeno y el árabe Avicena así como ignotos chinos, egipcios y babilonios; alertaban a sus comunidades –pero también a la posteridad- sobre lo que podía esperarse tras una alteración extrema en los latidos del corazón. No hay papiro o documento antiguo relacionado con la medicina que no intente describir los síntomas y tratamientos posibles. Hasta un Papa, Clemente XI, abrumado por la sucesión de muertes imprevistas que registraba Roma hacia 1700, encargó una exhaustiva investigación al médico, epidemiólogo y anatomista Giovanni María Lancisi. El resultado se plasmó en el libro llamado “De subitaneis mortibus”, que pese a que el latín no sea su fuerte, alcanza para saber que significa “De la muerte súbita”. Sí, ya a principios del siglo XVIII había un libro íntegramente dedicado a la muerte súbita.


Y más allá de las deplorables condiciones sanitarias de la época, en rigor de verdad no debe llamar la atención que un papa ordene semejante pesquisa por los cementerios de la Ciudad Eterna. Desde la Edad Media para acá, la muerte súbita se erigía como lo opuesto a la buena muerte, que era aquella a la que debía aspirar un caballero cristiano. Dejando de lado la muerte en combate, esta muerte buena, no era si no la que sucedía en el lecho, rodeado del afecto de familiares y amigos, con los auxilios de la Santa Religión y luego de haber testado. Por el contrario, lo súbito de la otra muerte, la mala, traía aparejado la imposibilidad de arreglar cuentas con el Creador y en consecuencia, garantizaba la condenación eterna del alma muerta en pecado. Tanto era el temor a morir de repente, que en la Letanía de los Santos la Iglesia rezaba así: A subitanea et improvisa morte libera nos, Domine” (“De la muerte súbita e imprevista líbranos, Señor”).


Y no es por fastidiar otra vez con el latín, es para subrayar el grado de preocupación que el tema ha tenido desde siempre. Y si como decían las abuelas: “para muestra, un botón”, en la obra cumbre de nuestra lengua, el manchego Alonso Quijano, recobrado de la dulce quimera de soñarse Don Quijote se siente en trance de morir, razón por la cual llama a sus amigos y al cura porque quiere confesarse y hacer testamento antes de entregar su espíritu. El Caballero de la Triste Figura no podía tener otra muerte que la que merecían y aspiraban los que hacían profesión de la andante caballería.


Usted me dirá que, entre otras cosas, el Quijote fue escrito como burla de los libros de caballería, retrato de supercherías medievales. Pero más allá de consideraciones literarias, no podrá negarme que es una obra que nos permite entrever el paradigma de buena muerte en una época donde la Iglesia católica tenía una animada influencia, paradigma que llega hasta nuestros días. Contra este último argumento usted me señalará que no obstante supo oficiar de monaguillo (o fue alumna de un colegio de monjas), todo quedó en la tierna infancia, igual que ese indescifrable asunto del alma y el pecado. ¿Pero sabe qué? No importa que alguna vez haya sido católico o protestante, que profese la fe de los hijos de Abraham u otra creencia religiosa. Ni siquiera importa que sea ateo practicante. Está leyendo este libro, redactado en castellano, luego es probable que viva del lado del mundo que llamamos Occidente. Y nuestra cultura occidental está impregnada por una categoría indeleble: una muerte súbita no es una buena muerte. Y aunque hoy las razones para evitarla puede que sean otras, la abundancia de casos sigue siendo tanto o más preocupante que en los tiempos antepasados.


Las estadísticas, sobre todo si son malas, son algo que le sucede al vecino. Pero hace falta repasar un poco los números. Según datos de la Fundación Cardiológica Argentina, en nuestro país se producen 30.000 casos de muerte súbita al año. Las matemáticas no mienten: son unas 80 muertes por día, 3 muertes por hora, una muerte súbita cada 20 minutos. Sí, una cada 20 minutos. Si buscamos alguna magnitud para darle proporción a esta cifra, pensemos que la capacidad de un estadio de fútbol de algunos clubes de los llamados chicos es de aproximadamente 30.000 personas. O sea que en un año, con la cantidad de víctimas de muerte súbita puede llenar un estadio de fútbol.


Permítame llamar su atención con otro dato: mientras termina de leer este capítulo, un compatriota habrá fallecido de muerte súbita. Impresiona ¿verdad? Sobre todo si pensamos que, en un alto porcentaje, esa muerte puedo evitarse.


Y ese es el punto. La muerte súbita es un evento que llega sin aviso, de repente, que toma por asalto a cualquier persona, sin distinción de estado de salud o género y que se convierte en un caso de muerte irreversible, si el afectado no recibe atención inmediata. Y como 3 de cada 4 de esas muertes sucede en lugares públicos, quiere decir que al momento de sentirse mal, la mayor parte de las víctimas está en compañía de alguien.


En otras palabras, la vida de alguien depende de otro alguien, que puede ser usted. Sí, usted. Y no, no me diga que tampoco es médico. En 1834, Jeremías Bentham escribió un libro. Se llamaba “Deontología o la ciencia de la moralidad”. Todo el libro es un tratado de “lo debido”. Y si bien en su origen eran deberes y normas morales aplicables a los profesionales de una determinada rama del saber, hoy estos criterios resultan válidos para todos, profesionales o no, en cuanto refieren a las conductas humanas cuando la libertad no tiene otra restricción ni responsabilidad que la que le impone su propia conciencia.

Y hay muchas cosas que usted puede hacer siguiendo los dictados de su conciencia.

La primera y fundamental, es informarse. Hay una acechanza, concreta, específica, mortal que tiene la democrática costumbre de afectar a cualquiera, en el momento menos pensado pero que sin embargo, puede prevenirse. Lógicamente, la mejor forma de prevenir es identificando a los grupos de riesgos. Pero para eso están los médicos y es algo descripto exhaustivamente. Lo difícil es prevenir la muerte súbita en la población en general, preocupación que nos lleva de la mano a lo segundo que usted puede hacer.

En efecto, la segunda tarea es transmitir esta información a cuantos más pueda. Compartir los conocimientos adquiridos, comentar el libro, regalarlo, prestarlo, difundir las consecuencias de no actuar. Mientras más personas estén al corriente de la incidencia de la muerte súbita en la población en general, más posibilidades hay de que podamos prevenirla.

La tercera, ya se dio cuenta, es involucrarse. Muchos conciudadanos viven todavía en el país del “¿Yo? ¡Argentino!”, del “No te metás”, del “Por algo será”, expresiones que en todos los casos denotan una obligada prescindencia, una falta de compromiso, una traslación de la culpa hacia el otro. Afortunadamente, otros muchos ya viven en un país distinto, el de la responsabilidad, la conciencia social, la generosidad. Y una forma de involucrarse es, sin dudas, exigir que se cumplan algunas leyes. Sí, las leyes vigentes.

Tanto en el ámbito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como en la Provincia de Buenos Aires, dos de las áreas más densamente pobladas de nuestro país, se han dictado sendas leyes que tornan obligatorio la incorporación de un desfibrilador externo automático en los lugares públicos y privados de concurrencia masiva o de alto riesgo. Y si vive fuera de este ámbito, otra forma de involucrarse es reclamar a los órganos legislativos locales que dicten una norma de similar contenido.

Porque usted, sus hijos, nietos, familiares, amigos, conocidos, seguramente asisten a algún paseos de compras, espacio recreativo, aeropuerto, estadio, un club social, una terminal de colectivos, cines y salas de espectáculos, escuelas, universidades, bingos, casinos, hoteles, countries o barrios privados. En todos estos lugares es (o debería ser) obligatorio que haya un desfibrilador, que como su nombre lo indica, es de uso externo y se acciona automáticamente, mediante un programa que permite diagnosticar y monitorear si la persona afectada necesita la descarga eléctrica.

Póngase cargoso, realmente cargoso y exija que si existe una ley se cumpla en todos sus términos y si no, que se dicte a la mayor brevedad posible. Ya van quedando muy pocas cosas que no dependan de cada uno de nosotros.

La realidad nos golpea cada mañana con gente que encuentra la muerte de una forma insensata. Trabajadores cargados como ganado que perecen en un tren que debería estar en un museo hace un par de décadas; ciudadanos a quienes le pegan un tiro por robarle las zapatillas o vecinos que se ahogan porque no se hicieron las obras hidráulicas que ya fueron "inauguradas" cinco veces. Ponga usted el ejemplo de su preferencia. Lamentablemente, sobran. Hoy, ayer, pero también mañana, familiares y amigos velan a un muerto que no debería estar ahí mientras se preguntan por qué. Y a pesar de que no resulte tapa de los diarios ni titular de los noticieros de la tele, también hay 80 familias por día velando a otra víctima de muerte súbita. Y si ninguna muerte es buena, tanto menos aquella que se puede evitar.

En los capítulos precedentes hemos visto que los primeros minutos tras un paro cardio-respiratorio son cruciales. Si al paciente se le aplican maniobras de resucitación y desfibrilación automática externa dentro de los primeros tres minutos, las posibilidades de arribar con vida a un hospital se acercan al 60 %. Por el contrario, por cada minuto de inacción, se pierde el 10 % de posibilidades de sobrevida.

Incorporar una línea de emergencias, como es el 911, ya ha significado un gran cambio de paradigma frente a la prescindencia de otrora. Pero no alcanza. Mientras llega la ambulancia, hay procedimientos por realizar, porque cada minuto es vital, en la total y absoluta significación del término: vital.

Edgar Allan Poe, un escritor famoso por sus cuentos de terror, publicó en 1844 un relato llamado “El entierro prematuro”. Allí se enumeran historias de personas que la ciencia médica de entonces daba por muertas y que, consecuentemente, eran enterradas vivas en un estado de catalepsia. También se narra la resucitación mediante el uso de la batería galvánica en uno de los casos donde “la cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro”. Nosotros carecemos de la poesía de Poe para describir el horror de saberse vivo cuando todos creen que se está muerto. Pero sí tenemos el mismo fuego preventivo, la misma esperanza que deseamos contagiar a los lectores de este libro.

Porque si a partir de ahora, cada vez que escuche la locución “muerte súbita”, se le gatillan otro conjunto de palabras como “información”, “acción”, “compromiso”, entonces habremos cumplido nuestro cometido. Y cada día, las pérfidas estadísticas registrarán que 50 personas menos murieron de muerte súbita.

Lo que las estadísticas no dirán es que 50 familias seguirán disfrutando de la compañía de los seres queridos que le sustrajimos a la muerte. Y eso sucederá si decidimos involucrarnos y estirar la mano. Que así sea.




© Pablo Martínez Burkett

(*) El presente texto es el último capítulo del libro "MUERTE SUBITA-La vida te da señales" que escribieron los médicos cardiólogos Fernando Di Tommaso y Mario Fitz Maurice y que generosamente me pidieron una mirada de ciudadano común.

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