martes, 10 de octubre de 2017

LA DOSIS


LA DOSIS
Durante un lapso que pareció inmensamente largo, miré sin saber, incluso sin desear saber, lo que tenía delante.
Aldous Houxley - Las puertas de la percepción.


El doctor Miles Burford era la estrella del London Galvanic Hospital. Siendo residente asistió a aquellos experimentos de Giovanni Aldini en los que se aplicó corriente galvánica en el cadáver de un criminal. Aquella vez, el muerto movió las extremidades y el cuerpo se arqueó como si respirara. El resultado fue tan promisorio que encendió la locura del joven Miles: con el auxilio de la electricidad iba a derrotar a la muerte. Así consagró su carrera a encontrar la dosis capaz de devolver la motilidad del corazón. Pese al afán, los años se sucedían al igual que los fracasos y la complejidad del proceso reclamaba artefactos cada vez más precisos. Y más costosos. Su obsesión elucubró un tratamiento que financiaría todo el proyecto: usar el galvanismo para restaurar los ejercicios del hombre. Al fin de cuentas, también era un músculo. Éxito o mera esperanza, pronto se supo en todos los clubes de caballeros. Enterado, el eminente Sir Archibald Gladstone acudió a visitarlo. Era nada menos que el médico personal del Rey Jorge. Con discreción se acordó una fecha. El joven galeno declinó todo pago, pero aceptó la designación como cirujano de la Casa Real. Llegado el día se preparó al paciente, a cuyos fines se envolvió el músculo claudicante con alambre de cobre y luego se accionó la palanca. Un chisporroteo recorrió los cables. Tras un instante de hesitación, el viejo bulldog sonrió bajo sus bigotes ante las notables muestras de resurrección. El dolor era hiriente pero el egregio director del Royal College of Surgeons no podía estar más feliz con el gentil calambre que otra vez lucía. Imperativo, exigió una dosis extra. No fue una buena decisión. Las mandíbulas le empezaron a temblar y todos los nervios se convulsionaron de forma horrible. No sabemos qué sucedió antes, si el alarido o el estampido. Porque el miembro viril le explotó como una fruta podrida. Hasta el techo quedó salpicado de sangre negra. El olor a carne quemada era repugnante. Con un siseo macabro, las vísceras empezaron a deslizarse a través del humeante cráter que le desdibujaba la entrepierna y Sir Archibald murió con un gesto de incredulidad. Su Majestad ordenó ocultar la desgracia y al doctor Burford se lo exilió en la India.



© Pablo Martínez Burkett, 2017

(*) El presente cuento fue publicado en el #157 de la Revista miNatura, dossier "Splatterpunk" y es una precuela de "La ciudad del silencio".

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