miércoles, 8 de enero de 2014

Y ENTONCES NO HABRÁ MÁS MIEDO en Revista Digital Tiempo Oscuros #2 - Especial Argentina



























Y ENTONCES NO HABRÁ MÁS MIEDO(*)
por 
Pablo Martínez Burkett 

para
Revista Digital Tiempo Oscuros #2 - Especial Argentina



“Yo soy aquel que escapó de la serpiente enroscada, 
he ascendido como un soplo de fuego y he regresado”. 

Libro de los Muertos, Declaración 541



Tengo que apurarme. Quizá deba omitir algunos detalles o, tal vez, deba escribir hasta el último pormenor para que la advertencia resulte más efectiva. Me queda muy poco tiempo y no termino por decidirme. Si al menos pudiera librarme de este horror que me carcome. Desde que el presagio se tornó realidad, ya son varias las noches con el sueño vacante. Al principio, creí que se trataba de otra de mis pesadillas, pero pronto comprendí que se había acelerado la codicia de las tinieblas. Y ahora que se acerca el final, todo empieza a tener sentido. 

De niño, pasaba las vacaciones en Valle Hermoso. Cada verano, allá partía la familia, con los abuelos, primos y hasta el perro. Ni bien llegábamos, me ponía a reunir a “La Pandilla”, un grupo más o menos estable de amigos que se había formado a lo largo de los años. El elenco estable se integraba con los mellizos Tuzzio, Luis Sáez, el “Gordo” Esteban, el “Nano” Zaffaranna y el “Chuchi” Kamin. Se sumaba un porteño, que pomposamente se hacía llamar Jorge Guillermo Federico, y un correntino, apodado “el Moncho”. Y no me puedo olvidar de Dieguito, el “Perfectorio”, que era un cordobés muy gracioso. Y después, estaba un chico –siempre me elude su nombre– que le decíamos el “Colo”. El jefe era yo, no tanto por una temprana vocación al liderazgo sino más bien porque la base de operaciones estaba en nuestra casa. Durante el día, cuando no estábamos jugando a la pelota, nos dedicábamos a los experimentos científicos más estrafalarios y, por las noches, nos tirábamos panza arriba a mirar las estrellas. Pero si de actividades nocturnas se trata, la mejor, la más espantosa, era jugar a las escondidas en el cementerio local. Cada uno apuraba la cena para acudir sin demora hasta el cañadón, donde se prendía una fogata y, sin ahorro de truculencias y exageraciones, se contaban historias de ánimas con una linterna apuntando a la barbilla. 


El “Moncho” sabía contar la leyenda de la joven que, en noches sin luna, se aparecía en el cementerio de su Corrientes natal arrastrando un capote de terciopelo rojo. El odioso de Jorge Guillermo Federico relataba la leyenda de Rufina Cambaceres quien, muerta a la edad de 19 años, fue enterrada viva en La Recoleta. Las historias se sucedían cada vez más pavorosas y, cuando la ansiedad se convertía en estremecimiento, nos íbamos hasta el cementerio, donde los que habían perdido el día anterior contaban y el resto corríamos a escondernos, atravesando galerías, corredores y pasillos; eso sí, de a parejas, porque a pesar de la irreverencia no perdíamos del todo la sensatez. Mi pareja era el chico pelirrojo, ése, que nunca me sale el nombre. El pibe tenía una especie de radar para eludir las pesquisas y, también, las zonas que señalaba como vedadas a los vivos. Pero tanto sigilo claudicaba cuando pasábamos por una bóveda con querubín dormido: ahí se le daba por gritar. Nunca entendí por qué lo hacía. Creo que, de nosotros, era el que más disfrutaba de ese juego que nunca debimos jugar. Ojalá nunca hubiera estado ahí, ojalá no hubiera sido tan imprudente. Avistar ahora los sumideros de lo inexorable me desespera menos que la abominación de lo que vendrá. 

Cada cual tenía su escondite favorito o, en todo caso, donde se sentía más a salvo. A los “melli” Tuzzio siempre se los podía encontrar detrás del cenotafio del ángel con trompeta. Justamente, uno de ellos juraba que un primo suyo supo conocer en un baile a una muchacha con un vestido de encaje blanco. La danza se hizo charla y la charla, confidencia. La madrugada los sorprendió contándose sus cosas. El frío de la joven resultó ocasión propicia para exhibir buena educación y el caballero le cedió su saco. A la mañana siguiente, ramo de flores en mano, el enamorado decidió pasar por la casa de la chica. Al borde del desequilibrio, se enteró de que llevaba años de fallecida. Con todo, la madre le dio las señas para hallar la tumba de la chica. Al llegar al cementerio, el galán horrorizado encontró su propia chaqueta sobre la lápida. El “Nano”, que era el más valiente, se filtraba por una edificación de forma inaprensible, adornada con efigies que no remitían a nada humano. Nada agregaré de las otras usurpaciones que, se dice, perpetraba dentro. A él le gustaba meternos pavor con la historia de la señorita que un conductor levantaba en medio de la ruta y que, luego de charlar durante unos cuantos kilómetros, solicitaba bajar en inmediaciones del camposanto, sitio al que ingresaba por el muro. El colorado y yo solíamos acurrucarnos a continuación, tras un ángel de alas dobladas, donde extrañamente cabíamos los dos. Él repetía la historia del muchachito que, el día de su cumpleaños, por buscar un pelotita del perro, metió las manos en unos arbustos, donde lo atacó una víbora de coral. Con morbo, relataba la agonía en la Garganta de la Muerte y el errar como alma en pena. Decía que todos en el cementerio de Valle Hermoso juraban haberlo visto alguna vez, sembrando el terror entre los que se retrasaban más allá del horario de visita. 


Andar entre las tumbas me generaba una mezcla de pánico visceral con fascinación. Confieso que la noche en que vimos a un espectro salir tambaleándose de un nicho, se me paralizó la sangre. El pelirrojo en vano pretendió serenarnos, alegando que podía certificar que se trataba de un vagabundo que dormía allí sus borracheras. Pese a todo, le resultó imposible convencernos y obviamos pasar cerca del cementerio. No voy a negar que el recuerdo de esas y otras abominaciones hacía que algunas noches me costara dormir, acechado por presencias que hacían cabriolas por entre diminutas iglesias, coronas de mármol, placas enverdecidas, fotos gastadas y flores marchitas. Curiosamente, me dormía con el pacificador sonido de una pelotita de goma rebotando por la galería de nichos.

Después de un tiempo, la apatía de noches iguales, o el deseo de recobrar la emoción, suscitó la insensatez de usurpar nuevamente el descanso de los que nos han precedido en la Última Sombra. Se recompusieron las parejas, llenando los baches que habían dejado los remisos y timoratos. El coloradito no aparecía desde el episodio no aclarado, quizá ofendido por nuestra falta de confianza en sus certezas de ultratumba. No tuve más remedio que costearme hasta el pie del Cerro. El “Gordo” Esteban me dijo que, al fin de cuentas, para algo era el jefe de “La Pandilla“. A medida que desandaba la trepada, me iba ganando el desasosiego. Varias veces estuve a punto de volverme. Otra vez frente a la puerta de la casita, el terror se me terminó de abismar. Tartamudeando, apenas si pude preguntar. Lo primero que obtuve fue una mueca de estupor, pero al insistir, señalando al chico del retrato en la pared, los padres me echaron a los gritos. Algunos siguen diciendo que confundo las historias o que quise crear mi propia fábula. Sin embargo, los gemidos de la madre y el llanto del padre aún perduran en mi memoria. Yo lo sufrí entonces, lo sospeché siempre y lo presiento ahora. Por fortuna, la juventud sobreviniente nos fue modificando los hábitos y, en lugar de perseguirnos entre lápidas y sepulturas, empezamos a perseguir a las chicas, cuya inesperada existencia descubrimos ese verano. El juego había cambiado, pero el temor era casi el mismo. 

En una de las tantas crisis económicas, la familia tuvo que vender la casa. Después llegaron los años de facultad y las vacaciones en el mar. Y así nos hicimos hombres y cada cual buscó su camino. Pese a todo, una parte de mí se quedó allá para siempre. Desprendernos de ella, antes que un quebranto económico, fue una pérdida muy grande. Supongo que una invisible cadena de causas y efectos hizo que un domingo me entretuviera con los avisos clasificados. Leer el diario es uno de mis placeres pero, aunque examino hasta las necrológicas, nunca llego a la sección inmobiliaria. Esa mañana, como respondiendo a un impulso, reparé en el anuncio de venta de un solar en Valle Hermoso, de comodidades muy parecidas. El corazón volvió a latirme en el pecho. Las averiguaciones del caso confirmaron el pálpito y, aunque pedían una pequeña fortuna, compré la casa usando los ahorros que una tía me había heredado. 


Se acercaba mi cumpleaños, de modo que, con abundante regateo y no pocos sobornos, convencí a esposa e hijos de celebrar Pascuas de Resurrección en las Sierras. Llegamos la víspera de Domingo de Ramos. La casa estaba muy desmejorada, pero regresar a los lugares donde uno fue feliz siempre tendrá algo de reencuentro con el que éramos entonces. De los muchos porvenires que nos aguardaban, sucede que terminamos siendo este que somos. Y ahí estaba yo, con mi familia, abriendo la gran verja de hierro. El sonido de las ruedas sobre el pedregullo me recordó a mis padres y volver a ver los arbustos al costado del camino me hizo saltar las lágrimas. Desde afuera, la residencia lucía muy estropeada y el interior no estaba mejor. Un cuadro de retrato ausente era toda la ornamentación que quedaba. Mi hija mayor inició uno de los tantos conatos de resistencia, negándose a dormir en esas camas inmundas rodeadas de candelabros. El sarcasmo de los más chicos no colaboraba a mejorar la situación. El silencio de la legítima, ratificaba el reclamo. 

Aunque con gesto prestidigitador abrí una habitación donde estaban los colchones, ropa de cama, vajilla y demás enseres que había mandado a comprar, igual empezaron a confabularse para negarme toda colaboración a la hora de limpiar y poner orden en tu casa. Cuando iba a empezar otro vano discurso sobre la necesidad de preservar las memorias, de honrar las vidas anteriores, llegó el contingente para la reconstrucción. Di un par de instrucciones y partimos a ocupar el único hostal del pueblo. A medida que íbamos pasando, comencé a describir los lugares de mi infancia. Alguna repercusión finalmente encontré porque cesaron los resoplidos adolescentes. Al llegar al cementerio, amagué a contar que allí mismo jugábamos a las escondidas, pero mi mujer me fulminó con la mirada. 

Mientras la familia entretenía la jornada con el vagabundeo y la compra de artesanías varias, yo me dediqué a dirigir las tareas de restauración. Fui extremadamente minucioso y, tras un par de días, los reuní para avisarles que nuestra casa estaba otra vez habitable, tal como la recordaba. La cara de embeleso de mis hijos y la aprobación de mi esposa me llenaron de dicha. Por fin podría celebrar mi cumpleaños con todos ellos. ¿Cómo saber que ni ellos ni yo teníamos que estar allí? Despedí a los obreros y, al tercer día, nos instalamos. Noté que en los dinteles de las puertas externas habían colocado unas cruces de fresno, unas herraduras y una rama de laurel, pero lo atribuí a alguna costumbre local por la Pascua. El Viernes Santo amaneció ventoso y con una persistente llovizna. A la siesta se desató una tormenta terrible que hacía crujir toda la casa. En medio del vendaval, vimos a través de la ventana a un animal inverosímil, que andaba por el medio de la cancha de fútbol. Mientras tomaba un baño, una procesión de hormigas empezó a salir de atrás de una de las llaves de la ducha. Por más que les echaba agua, al instante, se multiplicaban como si fueran un surtidor. Mi hija se puso a chillar asustada por el aletear de una mariposa negra. Para la noche, el diluvio no tenía fin. En lugar de registrar esa multiplicación de advertencias, traté de distraer el malestar reinante, desafiando a mis hijos a prender la chimenea. La legítima su sumó y acercó una picadita para sentarnos alrededor del fuego. Una cosa trajo a la otra y, sin darnos cuenta, nos encontramos contando historias de aparecidos, iluminados por una linterna. 

Reticentes al principio, pronto se dieron a superar el relato previo. Me hizo gracia comprobar que subsistía el mismo catálogo de mi infancia. Allí estaban los frustrados novios de una noche, las diversas damas fantasmas, los choferes de espectros despistados, las almas de errar forzoso. Buscando llevar novedad al asunto, desafíe con que seguramente no conocían la leyenda de un muchachito que, aquí mismo, en Valle Hermoso, fue mordido por una víbora mientras jugaba con el perro en su fiesta de cum-pleaños. Como el veneno, enfaticé con voz de alarma, no alcanzó para matarlo, pero sí para confundir a padres y médicos, lo enterraron vivo. Desde entonces era un alma en pena. Mi hijo menor me interrumpió y, con suficiencia, afirmó que ésa ya la sabía. Siguiéndole la corriente, fingí interesarme. Algo anómalo empezó a suceder cuando dijo que tenía un nuevo amiguito, quien no sólo le había contado la historia sino que, además, lo había llevado al cementerio para mostrarle dónde estaba enterrado el desdichado. Evité reprenderlo y, con recelo, atiné a pedirle algunas señas de la tumba. No hizo falta mucho detalle para entender que era la del querubín yaciente. El espanto empezó a inundarme la garganta. Orgulloso de la novedad, mi pobre hijito abundó en comentarios sobre su compañero de juegos que, previsiblemente, era pelirrojo, como todos los varones de nuestra familia. Asaltado por una fiebre, empecé a alucinar mientras lo oía protestar contra la tormenta que desbarataba los planes de ir a jugar a las escondidas en el cementerio. 

Pero el barco de mi angustia recién soltaba amarras. Mi hijo había adquirido una voz espantosamente cavernosa mientras me anunciaba que el niño le había dado dos encargos para mí. El primero, recordarme que me llamaba Bernardo Juan Francisco. El segundo, hacerme un obsequio para que pudiera conciliar el sueño hasta que lograra cruzar el umbral. No puedo precisar cómo una pelotita de goma apareció de repente en mi mano. 

Esa misma noche, desafiando las furias de la naturaleza, cargué a toda la familia y regresamos a Santa Fe. No me importaron las amenazas de divorcio ni las exhortaciones a obtener pronta asistencia mental, mucho menos las admoniciones sobre las consecuencias de hacer faltar a los chicos al colegio. Igual los despaché al Uruguay, a casa de unos primos. En la soledad de mi existencia, estuve tentado de creer que una de mis pesadillas se había aventurado más allá de los límites oníricos, borroneando los límites con lo porvenir. Pero había llegado la hora del final. Debía cerrar el círculo. Era tiempo de sufragar la profanación. 

Cerré la mano y me aferré a la pelotita, pasaporte que en su hora me había negado hasta la piedad de la muerte, y volví el rostro para no ver cuando los colmillos bestiales desaparecían en la carne de mi brazo. Una punzante parálisis se apodera de todo mi cuerpo. Con el último espasmo, completo estas líneas.



(*) Publicado originalmente en Martínez Burkett, Pablo. FORJADOR DE PENUMBRAS (Galmort, Buenos Aires, 2011).