martes, 12 de enero de 2010

EL ECLIPSE DE GYLLENE DRAKEN

(CHINA OUT AFP PHOTO)


Entonces el dragón se llenó de ira contra 
la mujer y se fue a hacer la guerra contra 
el resto de la descendencia de ella.

APOCALIPSIS, 12:17









A MATER SIEMPRE le gustó hablar en enigmas. Cuando le pregunté qué era el hombre, me contestó que yo era la sustancia de la que están hechas todas las cosas. Y la vez que hice tronar mi voz en señal de protesta por la procesión de ovejas, bueyes y caballos, me recordó que soy un sacerdote. Igual, prefiero oficiar con doncellas. Aunque los gritos de la gente me animan a seguir, admito que ni siquiera las trémulas concelebrantes logran atemperar mi hastío. A veces, para divertirme, conmutaba el orden de los actos propiciatorios. Mater lo desaprobaba, pero con resignación me asistía con su aliento. Estaban todos tan aliviados como para advertir alteraciones en el sacro ofrecimiento. Cuán insensato he sido deseando que algo cambiara.


Acepto que logré exaltarme la ocasión en la que me reconocí en el drakbåt que portaba a la indivisa Ingegerd, hija de Bjørnulf. Cuando la proa minuciosa se hizo visible me sentí arrebatado por una efusión de fuego. Mater no disimulaba su regocijo. Estoy seguro de que en su interior se felicitaba por habernos mudado a la isla de Torshammar. Desde entonces abdicó de su nombre milenario para ser Mors Eld, como la llamaban los lugareños. Nos perdió la vanidad.


No pudimos ver los estériles conjuros de Bjørnulf, el Mago. No supimos descifrar el pérfido decreto del Rey Knut. Y no nos percatarnos del caballero en blanca cabalgadura, hasta que fue brutalmente tarde. Ni bien franqueó la cascada quedó nimbado por un arco iris. Un reverberar en la cruz del escudo nos cegó. Como por obra de brujería me encontré encadenado. Mientras Mater trataba de liberarme, el paladín la tomó por sorpresa, traspasando sin piedad su pecho maternal. Aún había vida en sus ojos glaucos cuando le cortó la cabeza. Ingegerd me miró consternada mas presta se subió a la grupa y me abandonó. Me quedé solo, rugiendo impotente por un homicidio que clamaba al Cielo y una traición que helaba el alma.


Soy Aureo Draco, hijo primogénito de Mater Ignea. Estos desafortunados infelices me conocen como Gyllene Draken. Ahora me conocerán por mi ira. Pagarán su afrenta con la sangre de sus hijos. Y con los hijos de sus hijos. Ya se produce el eclipse. Un nuevo orden ha comenzado.








© Pablo Martínez Burkett, 2009


El presente texto ha sido publicado en el # 99 de la Revista MiNatura, ene/feb 2010.