miércoles, 13 de enero de 2010

ESCRIBIENDO A BIOY

Todos vamos en un barquito,
con rumbo desconocido, pero
me agrada imaginar que
entonces yo encarnaba
el símbolo de un modo
particularmente apropiado.

Adolfo Bioy Casares – El lado de la sombra







CADA VEZ QUE evoco el llamado telefónico de Adolfo Bioy Casares, me siento como el informante de La invención de Morel y me da por creer que, afectado por la famosa peste, mi imaginación de apetito troglodita se ha visto perturbada por el deseo y no se trata, sino, de un embuste. Pero no, Bioy me llamó. La vacilación respecto de su efectiva ocurrencia pasa, no tanto por resultar imposible, sino porque simplemente, aún hoy, me parece improbable. Pero sí, Bioy me llamó. Con las sucesivas tachas de la memoria, voy a intentar recomponer los pormenores que se confabularon para redactar una carta que, en definitiva, obró de péndulo dialéctico para nuestra conversación telefónica.



Pero antes de la reconstrucción epistolar, es menester efectuar una brevísima relación biográfica. Mi madre siempre cuenta que desde muy temprana edad, este hijo mayor suyo sospechaba el brutal engaño de los sentidos y la martillaba con pesquisas inusitadas. Me inquietaba saber si la realidad era como la percibía, si lo que estaba afuera era semejante a aquello que se representaba dentro mío y otros disparates. Estoy seguro de que mis preguntas tienen que haber sido un verdadero incordio. Parientes y amigos consolaban a la autora de mis días argumentando que era un chiquito vivaz, con un particular apego por la fantasía. Cuando tuve más edad, mis padres me dieron a leer Narraciones Extraordinarias, Historias Fantásticas y Plan de evasión (donde justamente se postula que la realidad puede ser objeto de modificación, alterando los sentidos). El precipitado tránsito por las queridas páginas, antes que resolver el desasosiego, lo agravó sin remedio. Aunque la lectura de Paul Éluard vino luego, en aquel momento intuí que, en efecto, hay otros mundos; pero están en éste y que mi deber en lo sucesivo sería describir esos mundos. Supe que quería ser escritor.




Así las cosas, en algún momento de 1995 (bien pudiera haber sido 1996), la revista dominical de uno de los diarios argentinos publicó una entrevista a Bioy. Seguramente la indolencia o una mudanza me hicieron extraviar el ejemplar, de modo que no podría precisar si el reportaje fue significativo o abundaba en trivialidades y convenciones. Sin embargo, mi deshilachada memoria conserva que la distintiva caballerosidad y el agudo humor no lograban disimular el pesar producido por cierta restricción ambulatoria y la irrevocable tristeza por el fallecimiento de su hija Marta; a poco nomás de la agonía final de Silvina Ocampo. Y por encima de la reiterada anécdota sobre su condición de amante impenitente y las referencias a tertulias memorables, Bioy enfatizaba que se sentía solo y que no tenía con quien hablar.



Con el correr de los días, esa afirmación empezó a corroerme. Yo vivía a menos de diez cuadras del inveterado departamento de la calle Posadas y se me ocurrió que acaso quisiera recibirme para charlar. De a ratos me envalentonaba y enseguida, lo consideraba un soberano descaro: mis luces, a lo sumo, me facultaban para escucharlo. Cuando estaba a un punto de abandonar la idea, me acordé de otra negligencia irreparable. Hacia finales de 1983, Borges fue a Santa Fe, acompañado por Roberto Alifano, para dar una conferencia en el Teatro Municipal. El caso es que entonces, contando a la sazón con 17 ó 18 años, en lugar de quedarme para asistir al evento, elegí viajar a Buenos Aires -manejando un camión cargado de tomates- para visitar a una noviecita que me había agenciado. La adolescencia tardía suscita a veces esa irreverente ausencia de perspectiva: mujeres para festejar tuve unas cuantas, oportunidad de ver a Borges en vivo y en directo, nunca jamás. Resuelto a no consumar un nuevo yerro con la historia, me puse a cavilar la forma de acometer semejante empresa. Opté por un camino intermedio: le escribiría una carta a Bioy.

Tomar la decisión resultó bastante más sencillo que completar una carilla de forma decorosa. ¿Qué podía escribirle a un escritor? ¿Qué historia habría de alumbrar para captar a quien había contemplado lo fantástico en lo cotidiano? ¿Cómo demostrarle cariño y admiración sin llegar a la estolidez obsecuente? Luego de numerosos comienzos truncos, conseguí arrancar la carta haciendo referencia al reportaje y mi deseo de brindarle unos instantes de humilde compañía epistolar. Le daba alguna breve noticia de mi condición de joven abogado transplantado a Buenos Aires y de cuánto tenía que ver su obra con los fantasmas que me habían hostigado desde pequeño.

Después de esta mínima introducción, consideré oportuno relatarle una historia personal, donde se mezclaba un asunto de polleras con la influencia de sus textos. Pensé que esa conjunción no le desagradaría del todo. Así, le conté que hacia 1991, a poco de llegado a la gran ciudad, había trabado relación con una señorita cuya sucesión de apellidos remitía a un linaje del que daban testimonio calles, plazas y escuelas.

Un poco para impresionarla y otro poco por gusto, consideré que había encontrado cómplice propicio para lanzarme a revisar la cartografía de mi barrio aprendida a través de los cuentos de Bioy. Si al decir de Pascal, hacer los gestos conduce a creer, recorrer los lugares frecuentados por uno de mis autores favoritos, tal vez, me permitiera entrever alguna de sus excelsas virtudes estilísticas. En sustento de tan insólita idea, recordé que En memoria de Paulina se afirma que si una determinada melodía surge de una relación entre un instrumento y los movimientos del ejecutante, de una determinada relación entre movimiento y materia, debe surgir el alma de cada persona. Esa esperanza bien valía el dispendio de un capitalito, tomando en cuenta mis exangües finanzas. Como ya no existían el Pedigree, el bar Summus y el Olmo -después lo reabrieron, pero entiendo que ya no era el mismo- la elección recayó sobre el Blasón, en la esquina de Las Heras y Pueyrredón (en aquel tiempo ignoraba que a partir de 1929, Borges había vivido durante diez años en los altos de ese mismo edificio). Entramos y un grupo de damas, con abundancia de collares y voluminosos peinados, se refugiaba de una tarde particularmente bochornosa parloteando de lo lindo. Al vernos, hicieron silencio con igual abundancia de ceños fruncidos, imaginándonos capaces de vaya a saber qué tropelía. Cuando me oyeron pedir un té con masas, sonrieron con felicidad. La juventud no estaba perdida del todo. Un mozo muy atildado dejó un primoroso servicio y las masitas en un típico plato de tres pisos, con asa redonda en el extremo. El momento no podía ser más solemne. Con pompa levanté la tetera y alcancé a musitar, alardeando: “da gusto ser un gentleman”, para ver que la bandeja, al perder el precario balance que le confería la tetera removida, se iba a parar al piso. No sé qué resultó peor, si el estrépito y consecuente desparramo o el espanto de las matronas maledicientes. Tuve que dejar una obscena propina para que el mozo apenas me saludara al retirarnos. Así terminó malamente mi primer intento de repetir los pases de un redivido Irineo Morris. También cesaron mis galanteos con la señorita de ancestros patricios.

Para no abrumarlo con mayores torpezas, finalizaba la carta reiterándole mi disposición para ser pen pals y eventualmente visitarlo para conversar de todo aquello que fuera de su gusto. Antes de firmar, tuve un arresto de pasión y le anoté mi número de teléfono. Sabía que si ya era ciertamente caprichoso aspirar a que ABC leyera mi impertinencia postal, constituía mayor desatino imaginar que me iba a llamar. Pero me guarecí en una de mis frases favoritas de El Gran Serafín: “El universo lo niega, yo no lo descarto”.



Tras una espera prudente en la que, como el teniente de navío Enrique de Nevers, me entretuve conjeturando todos los diversos porvenires hasta neutralizar cualquiera, el hiriente silencio del teléfono comenzó a mortificarme. Después, me consolé con resignación más que justificada. Casi me había olvidado del asunto cuando un sábado, cerca del mediodía, una voz pausada, un poco sibilante y con maneras que denotaban cuna, preguntó por mí. No hizo falta que se presentara. Una grieta vertiginosa se abrió bajo mis pies. Estaba hablando con Adolfo Bioy Casares, no, mucho mejor, él me había llamado. A decir verdad, lo de hablar es un verbo de excesiva latitud, pues sólo atinaba a contestar poco menos que con monosílabos, tratando de reponerme de la emoción.

Recuerdo que muchas veces reiteró que estaba muy agradecido. A mis preguntas sobre cómo se sentía y tal, me confesó que realmente extrañaba mucho a Silvina y que, aunque era bien tarde para el reproche, hubiera deseado dedicarle más tiempo. También hizo algún chiste exquisito sobre cierta costumbre malsana de la Muerte con personas de su edad y que para evitar ese horror, seguía escribiendo todos los días. Yo le pregunté cuál era su rutina de trabajo, en qué se inspiraba. Me dijo que anotaba todo lo que le sucedía y que empezaba a escribir por las mañanas, comía algo y si no dormía la siesta, seguía escribiendo otro poco. Algo comentó sobre no poder realizar más deportes. Alcancé a declarar que yo también extrañaba no jugar más al rugby desde que me había mudado a Buenos Aires. A mi habitual chiste de que siendo “grandote y sin cerebro” no podía elegir otro deporte que no fuera el rugby, se río y me dijo que él también había jugado. No registré que haya mencionado el club. Después hablamos un poco de literatura. Mayormente yo me limitaba a un módico comentario sobre un autor o un libro y él efectuaba una apostilla, en algunos casos, deliciosamente maligna.

Dando por sentado que era escritor (con embarazo, negué alcanzar esa categoría) tuvo la amabilidad de preguntarme si escribía cuentos o poesías. Le referí que me había decantado por los cuentos. Mostró genuino interés por lo que estaba escribiendo. Muy brevemente, le esbocé el argumento de una historia fantástica sobre la visita en sueños de un amor premuerto, más bien una especie de carta de amor. Se hizo un silencio en la línea. Quizás hasta suspiró. Me respondió que las cartas de amor eran cosa seria. Aunque en esa ocasión yo desconocía su fecunda relación epistolar con Elena Garro, igual no hubiera dicho nada. Me recomendó no dejar de escribir ningún día. Agradeció una vez más mi gesto y alegando un viaje inminente, prometió a su regreso contactarme para retomar el diálogo. Es claro que eso nunca sucedió. Algunos años después, finalmente lo sorprendió la Muerte.



Hasta aquí el relato del recuerdo. O quizás, el recuerdo de un relato referido innumerables veces. Durante muchos días me duró la euforia pero también la vergüenza: tengo para mí que el cúmulo de torpezas, inconsistencias y balbuceos lo habrán guiado a pensar que era medio como don Tadeíto. No sé la cantidad de finales que imaginé para mi diálogo con Bioy. Ahora que el derrotero de mi conversación ha quedado fatalmente plasmado en estos párrafos, ya no podré imaginar mejores y más atinadas respuestas.

A manera de colofón, me gustaría invocar una frase de Borges, su añorado amigo, que pertenece al cuento El otro: “He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro”.







© Pablo Martínez Burkett, 2009


El presente texto fue publicado en la Revista Proa, # 74, edición marzo/abril de 2009.