lunes, 25 de enero de 2010

EL ÚLTIMO PRETORIANO

Iovis omnia plena: ille colit terras, illi mea carmina curae
PUBLIUS VERGILIUS MARO - Ecloga III




A PESAR DE las exageraciones contenidas en las crónicas apócrifas, es probable que en la batalla hubieran perecido más de cinco mil bárbaros. Si la reciedumbre de sus legiones era fama, la pericia militar del magno general nunca estuvo en disputa. Acampado fuera del pomerium, resultó natural entonces que reclamara para sí el Triunfo. Por una vez, no fue necesario tentar la venalidad del Senado y prontamente se lo decretó triunfador, disponiéndose un presupuesto considerable para la celebración de las honras. Los políticos y los hombres de armas siempre se han necesitado mutuamente.


Desde el Campo de Marte se organizó la entrada solemne. Los magistrados y senadores encabezaban la ceremonia militar. Luego, un séquito de trompetas precedía la ostentación del botín, pleno de ídolos allanados, armas rendidas y el oro capturado. A continuación un par de toros blancos, con los cuernos dorados y tiaras de papel entrelazadas, caminaban ordenadamente. Son las víctimas cuyo sacrificio ha de resultar culto agradable a Júpiter Capitolino. En seguida, son trasladadas unas aceptables representaciones de las hazañas del conquistador y pancartas con los nombres de las plazas rendidas y las matanzas perpetradas. La firmeza en el suplicio consiguió que unos prisioneros confeccionaran con premura pero también con pericia, unos cuadros de notable elocuencia. Este despliegue pictórico anticipa el esperado tránsito de los vencidos, que encadenados unos a otros, componen un purulento desfile de barbas inconcusas, yelmos de fatua cornamenta y andrajos de lo que fuera un ropaje colorido. Al frente de esa cohorte de fantasmas y espectros, marchan con recobrada altivez los caudillos sometidos. Pronto los verdugos se emplearán sin descanso en la cárcel Mamertina.




Las vías y plazas habían sido engalanadas propiciatoriamente con guirnaldas de colores y en los sucesivos templos se quema incienso y otros perfumes de la tierra. El público se apiña para celebrar el paso de los guardianes del Imperio. De vez en cuando es bueno contemplar a aquellos por cuya sangre resulta posible el bienvivir de los ciudadanos. Concluido el paseo de los cautivos, marcha con orgullo marcial el colegio de lictores, portando las fasces al hombro. Son el símbolo de la autoridad y del poder de Roma. En seguida, se entremezcla un cuerpo de flautistas con ejecutantes de cítaras y otros instrumentos que mantienen el compás de la procesión.




La multitud estalla en vítores y aplausos y se arremolina para ver mejor el paso del carro triunfal, tirado por cuatro elefantes blancos. La ocasión consiente semejante dispendio de las arcas oficiales. El general luce imponente, majestuoso, el bravo rostro pintado con el color de los inmortales, la túnica palmada, la toga recamada en oro, la corona de laurel y el cetro con el águila marmórea. A sus espaldas, un esclavo sostiene sobre su cabeza la corona de oro de Júpiter Óptimo Máximo y a intervalos le musita el admonitorio memento mori: recuerda que eres mortal, recuerda que has de morir.


Cierran el desfile las atrevidas legiones, con sus divisas y condecoraciones, sus águilas y laureles, sus colas de caballo y sus penachos; sus petos y sus cascos. Los rayos de los escudos reverberan soles llameantes. Conforme es uso, entre risotadas y gritos, las tropas veteranas proclaman el triunfo de su paladín mientras festejan todos sus defectos e inconsistencias, no vaya a ser que los dioses le envidien las delicias alcanzadas. A los pies del Capitolio, el general observa el paso de sus legiones. Presiente el asombro del pueblo por tanto botín acumulado y disfruta de la torva envidia de patricios, magistrados y senadores. Ya anticipa el sabor de los manjares que lo aguardan en el banquete. Ya vislumbra la ávida lascivia de las mujeres que lo escrutan. Se sumerge en el favor de los dioses y se deja abrazar por la gloria. Se aproxima la columna final. Llega el momento de ofrecer el laurel y las insignias, de inmolar las primicias y las víctimas seleccionadas. El último pretoriano, sin descuidar el paso ni la gallardía, lo traspasa entonces con su espada.

Las canalladas propias de la sucesión, privaron al magnicidio de toda elucidación. Aunque el griterío y las corridas hacían inaudible cualquier dictamen, algunos oportunistas dicen que el asesino pertenecía a una nueva secta y que las palabras que pronunció fueron: memento homo, quia pulvis es et in púlverem te reverteris, esto es, recuerda hombre que polvo eres y que en polvo te convertirás. Otros arriesgan que se obró por salvaje despecho, al juzgarse postergado en el mérito de haber yugulado al principal caudillo bárbaro. Terceros, más terroríficos, invocan el designio Joviano, que de manera harto frecuente, con una mano concede la apoteosis frenética y con la otra, malhiere hasta la impiedad. Desde la noche de la Historia, querido lector, el misterio del último pretoriano aguarda tu versión.





© Pablo Martínez Burkett, 2008