martes, 23 de febrero de 2010

UN DESTELLO DE MENTE

Quien ha visto el presente, todo lo ha visto: a saber,
cuántas cosas han surgido desde la eternidad y
cuántas cosas permanecerán hasta el infinito.
Pues todo tiene un mismo origen y un mismo aspecto.
Marco Aurelio, Meditaciones, Libro VI: 37





Quisiera rescatar una memoria del negligente olvido. Probablemente ya se trate del recuerdo de un recuerdo o quizás, peor aún, sólo sea hoy una benevolente reconstrucción de lecturas posteriores. No obstante los años transcurridos, no tengo que cerrar los ojos para evocar los hechos, aunque a la hora de describirlos, se me atropellan las palabras y debo resignarme a una colección de imágenes ineptas. Reconozco que aunque intenté provocar su restauración con diverso método y unitario fracaso, la sensación de beatitud todavía subsiste y desde aquel momento, quedé náufrago de todo amparo, vagabundo de penumbras viejas. No me queda sino dilapidar el inútil deseo de regresar a ese conmovedor estremecimiento.



Tal como lo recuerdo, hay un muchachito recostado contra un sauce, pescando en la barranca. En sus manos la preceptiva caña, reciente regalo de Navidad. El sedal, haciendo un rulo en el dedo, se hunde tenso en las opulentas aguas de un río que tiene el color de la tierra. Podemos imaginar que se sueña sacando un surubí o un dorado que le valga el reconocimiento de su tío y sus primos mayores, esparcidos un poco más allá. O tal vez se entretenga labrando una artimaña para conquistar a la niña esa que, inesperadamente, ha encendido su codicia.

Que hostigara a su madre desde muy pequeño preguntando si las cosas eran como las veía o de otra manera, no lo preparó para lo que habría de protagonizar. Faltaba aún para que enfrentara los numerosos rostros de la Muerte y poca noticia tenía de los filósofos que luego cebarían su gusto por las interrogaciones existenciales. No sabía de la vida más de lo que pudiera entender un chico de unos doce o trece años. Así estaba, cuando de repente todo comenzó a suceder.




El trasegar de la corriente se hizo más lento, infringiendo perezosamente la noción de identidad, hasta que todo se volvió corriente, en una sensación de abandono y pertenencia a la vez. Un progresivo deleite se fue apropiando de su espíritu y fue capaz escuchar el murmullo de cada átomo, pero ser a la vez átomo y murmullo; pudo concebir la procesión solar, pero también ser traza y firmamento. Las ideas de permanencia y mutación cobraron confusos significados, la impresión de quietud engendró el sentido de lo absoluto, el infinito, la eternidad, pero como símbolos desparejos, meras palabras vacías. La memoria es sinuosa porque el lenguaje no puede contenerla, escribo ahora desde la sucesión y entonces todo estaba superpuesto, pero curiosamente sin ocupar un lugar determinado.

No consigo precisar cuánto duró esta celebración de los misterios eleusinos pero el chicotear del viento en los pajonales (o la zambullida de un pájaro por su presa) lo arrancó del sortilegio. Nada fue igual. Todo se convirtió en algo familiarmente difuso, al tiempo que extrañamente lejano. La improbable alucinación, removió los límites del indivisible logos que es sustancia de las cosas. Comprender que un hombre es todos los hombres, lo sumió en el más abismado júbilo. Explicaciones posteriores otorgaron al torrentoso rumor el carácter de arrullo letárgico y no consideraron erróneo postular una suerte de hipnosis. Para estos cicerones de lo inasible, el sopor de la bochornosa siesta santafesina tampoco habría sido del todo ajeno. Sea lo que fuere, el arisco vocabulario me obliga a abdicar definitivamente de toda aspiración descriptiva. Conviene un juicioso apartamiento de la literatura. Sin embargo, me gusta creer que estas mismas cosas sintió Alejandro Magno a la vera del río Granicus, mientras sostenía la espada aún ensangrentada.




© Pablo Martínez Burkett, 2006