jueves, 30 de septiembre de 2010

ARS MILITARIA

Te lo ruego, tranquilízame lo más rápidamente posible
 y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden,
nos sostienen y nos protegen como nosotros protegemos
 la grandeza del Imperio.


MARCUS FLAVINIUS
Centurión de la 2º Cohorte de la Legión Augusta
a su primo Tertullus de Roma






IMAGINESE QUE ESTÁ derrumbado en su sillón favorito, un sábado de invierno, a la siesta, sin mejor programa en el horizonte que convertirse en un vegetal frente a la tele. Producto del entumecimiento neuronal por el que navega, no tiene ni ganas de pulsar el control remoto y su aparato quedó sintonizado en el canal que pasa clásicos en blanco y negro. Por algún aniversario de esos que inventan los gerentes de programación, la grilla está recargada de películas de guerra. La que están dando en estos precisos momentos está doblada en un español tan castizo que hasta resultaría arduo en algún conspicuo garito de Carabanchel.





La cinta cuenta la historia de Jack “Mad Dog” Murdoch, un sargento mayor de los Marines, de esos que gruñen hasta para dar los buenos días y que lleva un eterno cigarro de hoja colgando de la comisura de los labios, para el mismo lado que ladea el casco. Por los oportunos comentarios de algún superior, nos enteramos de que nunca aceptó los numerosos ascensos que le fueron ofreciendo porque prefería mascar pólvora y transpirar coraje antes que envejecer tras un escritorio. Veterano de Salerno, Anzio y Montecassino, lo vemos en una lancha de desembarco en Normandía, erguido y mirando al frente, mientras sus subordinados se aplastan contra el fondo de la barcaza, no tanto por el mar embravecido sino por la rociada de balas que les llega desde los acantilados.




-Scotty, maldito gilipollas -ladra casi con alegría, nuestro sargento- te he dicho que nada de gazpacho antes de desembarcar.



A pesar de la traducción, notablemente dislocada, las tropas saltan al agua y tratan de llegar a la costa, eludiendo cadáveres, vallas y obstáculos varios. El director de la película, luego de demorarse con satisfacción en los pérfidos alemanes tras las ametralladoras jugando al tiro al blanco por la playa Omaha, los gritos solicitando médicos y camilleros, la imagen del abnegado capellán desafiando la furiosa artillería y alguna otra escena tópica, hace que la cámara vuelva sobre nuestro héroe, quien mientras descarga la pistola reglamentaria, se da tiempo para sostener la mano del pobre Scotty, que a pesar de los reiterados: - ¡Aguanta, hijo! ¡Quédate conmigo, muchacho! - parte a rendir cuenta de sus muchos pecados, inclusión sea hecha del gazpacho prohibido.


Usted que ya vio cosas parecidas desde que los televisores tenían sólo dos canales, deja que su pensamiento se le escape hacia alguna reflexión sobre la sórdida estupidez del género humano y para cuando recupera la conciencia, ya pasó el desembarco y ahora el sargento Murdoch descansa con su pelotón, recostados en una parva de heno, cubiertos de barro, sangre y alivio. Aunque a usted no le hace falta mucho para ponerse al corriente del argumento, justo llega en su auxilio un jeep verde tripulado por un lampiño teniente de impecable uniforme, quien se dirige al sargento para hacerle saber que el General quiere que tomen la pequeña localidad de “Le Tunnel-sus-les-Jambes”.






Los soldados de Murdoch amagan una protesta pero el sargento les ruge tal sermón sobre la Patria y los contribuyentes americanos que con sus impuestos pagan el uniforme del teniente, que la patrulla no tiene más remedio que coger el equipo y salir en fila india a tomar la villa indicada. No habían recorrido más que un par de millas que aparece otro jeep, pero color arena, con otro oficial con cara de niño caprichoso.



-Sargento mayor Murdoch –le grita el chiquillo haciéndose el oso.




-‘susórdenes, mi teniente – le contesta el sargento, con acento de gitano.


-El General quiere que en persona se encargue de rescatar al rabino Meller que se encuentra escondido en un sótano de la sinagoga.


- Disculpe usted, mi teniente –con alguna hesitación responde Mad Dog- no descarto que en esta guerra de locos haya un rabino concelebrando con el señor obispo en la catedral del pueblo. Pero en el mapa que me ha proporcionado el Puesto de Comando no hay indicada ninguna sinagoga, mezquita o casa de adivinación y horóscopos.


- Pero enemigo de Dios y de sus santos –le hace decir el traductor al teniente- ¿cómo puede decir semejante blasfemia? Y encima se le da por negar que hay una sinagoga en el pueblo –se incorpora el oficial – si yo mismo la marqué…


-… en “Le Tunnel-sus-les-Jambes” no hay ninguna sinagoga –le interrumpe de mal grado el sargento mientras le alarga con fastidio el mapa.











-Imbécil, quién le ha dicho que debe atacar Le Tunnel… eh… eh… como demonios se llame, su objetivo es “La Coque de sa Sœur” y su pista de aterrizaje. Debe destruir el aeropuerto y rescatar al rabino para esta medianoche –le grita como un poseído el teniente. Y si hace falta me lo trae en andas.



- Pero eso queda a 27 millas de aquí y hemos venido de a pie –se ataja como puede el sargento -. Además son las 0600 y no veo cómo podríamos llegar…



-Hato de inútiles, tenéis que atacar el pueblo que se os ordena. Esas son las expresas instrucciones que traigo del General en persona. Ya mismo os ponéis en marcha o termináis en Corte Marcial, so cobardes. Sin aguardar respuesta (o quizás temiéndola), el muchachito hace arrancar su coche, dejando tras de sí una nube irrespirable de polvo. Mientras el sargento mayor se sacude la ropa, con gesto resignado indica el nuevo rumbo y la obligación de ir a marcha forzada, porque ya están lejos para volver y conseguir transporte.




No habían avanzado más que unos quince minutos cuando llega otro jeep, ahora con un capitán. Por lo menos este se dejó crecer un atisbo de bigote para parecer mayor de edad. El impecable uniforme delata que también viene del Estado Mayor. Detrás aparece un camión cargado de municiones. Afortunadamente, las órdenes no son llegar hasta Berlín mañana mismo pero sí que destruyan el aeródromo de “La Coque de sa Sœur” con granadas y obuses. Frente a la pregunta, el capitán que oficia de estafeta se encoge de hombros y le ordena que se olvide del jodido rabino.


-Coged todos los pollos y cerdos que podáis –les indica el sargento, haciendo alusión al argot de campaña para la munición pesada. Los soldados a regañadientes, se las apañan de improvisados camellos y siguen a Mad Dog que va mascullando juramentos como si fuera un carrero.

-Menos mal que el asunto religioso quedó pospuesto –bromeó el soldado Spicciafuoco, que era del Brooklyn- que si lo viera así repleto de cerdos no sabría si abrazarlo o patearlo…

-Calla zopenco –cortó las risotadas el sargento – conservad el resuello que nos hará falta para enfrentar a esos nazis que están frescos y descansados.

Finalmente llegan con mínimo retraso y máximo esfuerzo. Se echan exhaustos en una zanja circundante. Desde allí el sargento escudriña la oscuridad con unos prismáticos. Como era de esperar, el pueblo está fuertemente guarnecido. Para peor, son tropas de asalto de la Waffen SS. Y nada menos que un destacamento de los temibles SS-Totenkopfverbände, los de la calavera, que habían venido especialmente a llevarse al rabino Meller. Los marines se despliegan por el terreno. En el preciso instante en que el sargento iba a dar la orden de atacar sisea la radio.




- Alfil 2, alfil 2, aquí jaque mate rey, cambio… –se escuchó una voz juvenil de quien bien podría ser compañero de hornada del bisoño de la tarde.


- Jaque mate rey aquí alfil 2, cambio –murmuró con prevención el sargento.


– El general os recuerda que el factor sorpresa es fundamental. La pista debe ser conquistada en perfecto silencio. Allí debe aterrizar esta noche un avión muy especial, cambio.


- Pero si las órdenes eran de arrasar el pueblo con obuses y granadas, cambio – alcanzó a bramar Mad Dog.


-Mequetrefe, recuérdeme formarle una Corte Marcial cuando regrese –amenazó la voz en la oscuridad. Vuestras órdenes son atacar en per-fec-to si-len-cio. En el avión viene el mismísimo Comandante en Jefe. Cambio y fuera.





El sargento mayor no podía salir de su asombro. Sin embargo, era un soldado profesional así que reagrupó a sus hombres, les hizo dejar la artillería y organizó el ataque a bayoneta calada. A pesar de todo, confiaba en la bravura de su pelotón. El asalto se produjo de forma sincronizada. Uno a uno, se fueron eliminando los centinelas enemigos. Pero justo un guardia que salía detrás de unos arbustos ajustándose el cinturón los pilló y se armó la de San Quintín.


Usted que a esta altura ya no sabe si todo sucede en la película o se durmió y está soñando, trata de focalizar la imagen, pero los fogonazos no alcanzan para adivinar la suerte de la batalla. Algunos americanos mueren, porque era hora de que les tocara un poco a ellos. Igual, los nazis se encuentran acorralados. En un acto de heroísmo supremo, el comandante alemán, un Sturmbannführer con cara de loco, maniobra desesperado para pulsar el detonador de las cargas de dinamita estratégicamente dispuestas a lo largo de la pista. El sargento se le zambulle y logra evitar que baje la palanca. En medio del fiero combate cuerpo a cuerpo se sienten unos chistidos. Como el brío de la lucha lo hace prácticamente inaudible, se vuelve a escuchar: -¡Chist, sargento… sargento Murdoch! Soy el teniente primero Wilson. Le traigo órdenes expresas del Alto Mando.





-Disculpe mi teniente que no me ponga de pie –se mofó el sargento- pero este nazi con aliento a chucrut me tiene liado y si le suelto el brazo probablemente me atraviese con su daga.


- Panda de idiotas –arremete el oficial, poco compadecido de la situación pero a buen resguardo- os habéis ganado el pelotón de fusilamiento. Está todo el Alto Mando pendiente del rescate del rabino Meller. Hoy mismo debe estar en Nueva York. El Comandante en Jefe viene personalmente a buscarlo y usted anda jugando escondidillas con el enemigo.


-Con mucho gusto evito que este nazi de los cojones me mate y me pongo a su disposición para que ser fusilado de inmediato- es lo último que su paciencia le tolera del sargento.





Mientras usted trata de clarificar si el parlamento que escucha se corresponde con las imágenes, empieza a sospechar que el director de esta película era, cuando menos, un payaso. Pero no descarta que el hombre del doblaje se la tuviera jurada al estudio o que el gerente de programación del cable sea un verdadero tonto del culo. Puede también que la botella de vino que tan generosamente le acompañó durante el almuerzo le haya afectado el seso. En cualquier caso, zamarrea un poco el cojín que le sirve de almohada y sigue dormitando. No le gustaría saber que las guerras reales se parecen a estas guerras de película.




© Pablo Martínez Burkett, 2010