sábado, 1 de octubre de 2011

UN ATROZ ECO SUBTERRANEO

Strangers passing in the street
By chance two separate glances meet
And I am you and what I see is me

PINK FLOYD - Echoes







 
DE CHICO HOSTIGABA a mi santa madre una y otra vez: ¿Mami, y si las cosas no son como las veo? Pero la obsesión antes que temor, era jubiloso escepticismo. De mayor, interrogué metafísicas y teologías buscando sufragar esta sospecha de una realidad resquebrajada. Un día descubrí teorías sobre partículas elementales que oscilan con un vértigo imperceptible, gatos indefinidamente vivos y muertos, universos paralelos en los que un observador determina un acá que acaso implica el colapso de los allá. Y si bien mi tórrido espíritu acumuló nuevas incertidumbres, el caos infantil empezaba a ordenarse.









Tales perplejidades habitaron mis relatos con asiduidad. Precisamente, estoy escribiendo uno, mixtura de física cuántica, cábala y hermetismo, donde un evento en apariencia baladí engendra un navegante de mundos contiguos, quien puede percibir lo que piadosamente nos está vedado. Los sucesivos portales y sus permutaciones obran como manifestación de la grafía final que es todas las cosas. Esa enunciación lo arrumba en un manicomio.





 
Así iba por la calle ensayando finales sin advertir que una nube enorme invadió el cielo de Buenos Aires y el mediodía se hizo noche. El troglodita que todos llevamos dentro intuyó un mal presagio y el intelectual del siglo XXI en el que me convertido, decidió tomar el subte. En los túneles, un eco extravagante inquietaba al gentío. La melodía era de una atrocidad opresiva. De repente, me topé con un hombre sentado en el piso. Un tul negro lo cubría por completo. Unas monedas se aburrían en una gorra. Sobre el piano apoyado en las piernas, la mano izquierda aporreaba un repetitivo acorde y la derecha, ejecutaba una discordancia. El espectro canturreaba en forma indescifrable. Alguien sentenció: “otro chiflado”. Me asaltó un babeante horror. De alguna manera supe que ese monstruo era el peregrino de mi cuento y que ese ritmo anómalo era lenguaje válido en algún solapamiento. Y supe que sí él estaba allí, yo bien podía ser un personaje extraviado en la vertiginosa multiplicidad. Me zambullí en un tren. La mayor parte del viaje cerré los ojos. No quise atestiguar el fermento en los ataúdes ni el fragor solar. Cuando creí que todo había pasado, bajé temblando. Quizás ya no sea sino otro de mis presentes.





© PABLO MARTÍNEZ BURKETT, 2011