sábado, 25 de febrero de 2012

SIN CONTRASEÑA



Porque si no te mantienes despierto vendré como un ladrón, sin que sepas a qué hora te sorprenderé.
Después de tres días de lluvia, el cielo estrena un sol de color amarillo perezoso y enhebra algunas nubes, distraídas del destino de los hombres. Allá, contra el río, un avión maniobra rasante en aproximación a la pista del Aeroparque. Pienso en sus pasajeros. Muchos vendrán por negocios, otros tantos de paseo. Tal vez alguno ya vislumbra las sábanas que lo esperan con carnal impaciencia mientras que otro, quizás, no imagina que lo aguarda una noticia inaplazable. Lo mismo podría predicarse de cada uno de los que vamos en esta marabunta de autos que vomita el Acceso Norte. En este momento son las penurias del tránsito las que nos embriagan hasta la somnolencia. Dentro de un rato, cualquier otra cosa. Y vamos por la vida como en un sueño. Y en la hora mejor (porque siempre es en la hora mejor), alguien nos sacude para apercibirnos de que estábamos soñando.
Hoy me gustaría ser Cósimo Schmitz, aquel célebre herrero del cuento de Macedonio Fernández a quien, en una cirugía pública, le extirparon el sentido de la futuridad. Y si es por querer, ni siquiera aspiro a conservar los preceptivos ocho minutos de anticipación. No deseo esa previsibilidad. En realidad, lo que quiero, aunque yo no maté a nadie, es andar por el mundo sin esperanza pero también, sin temor. Vagar, indolente. Dejarme vivir, desnudo de urgencias. Sentarme en un bar a mirar la gente que pasa por la vereda mientras se me enfría el café. O envidiar la juiciosa ignorancia de las palomas en la Plaza de Mayo. Ya. Ahora. Como si tuviera la contraseña para eludir esta brutal sucesión de causas y efectos.
¿Al final qué somos? Rostros, recuerdos, remedios. Santos, devociones y rezos. Contiendas, fracasos, ilusiones. Una ristra de palabras en el relato de una divinidad dormida. Eslabones en la azarosa cadena de la vida. Nunca sabremos cuándo fue la última vez que hicimos algo, que estuvimos con alguien. Pero deberíamos. Porque uno hubiera podido retener un detalle, paladear una melodía, preservar el eco de una caricia. Recobrar el olor del aceite de oliva con el que cocinaba mi abuela. O el aroma quieto de azahar en la madrugada o la sonrisa aquella, por haber merecido el primer beso. ¿Y si me bajo de este aluvión inmóvil de coches que no va a ninguna parte? Eso sí que sería incurrir en algo novedoso. No hacer lo esperado. No cumplir con todo. Deshonrar la confianza de todos. Descarriarse. Consentirse. Ser otro. Eso, ser otro.
Un sobre blanco con los colores sobrios del Hospital Zonal va en el asiento del acompañante. Lleva mi nombre. Bien conozco el veredicto que cobija. Sí, así, sin aviso. Es un juego perdido, sin sentido, lo sé, pero igual apostaría el olvido de lo que fui contra la ignorancia de todo lo que no seré, salvo una foto marchita.
© Pablo Martínez Burkett, 2011