martes, 29 de mayo de 2012

"Algo más que una canción triste", apertura sobre Alfonsina Storni




ALGO MÁS QUE UNA CANCION TRISTE
Es caprichoso el destino de algunos personajes fundamentales de nuestra historia. Unos; nos miran desde un poster; otros, integran el catálogo de los lugares comunes y otros, permanecen antes por una canción que por su poesía.
Dígame si no… en rigor de verdad, para la mayoría de la gente, El Che es un rostro que no envejece presidiendo postales y remeras; Borges, un ciego intransigente que nos obliga a repetir que "no nos une el amor, sino el espanto" y Alfonsina Storni, una mujer que se fue con su soledad, a buscar poemas nuevos, dormida y vestida de mar.
Quizás no debiéramos quejarnos, porque de otro modo, a lo mejor nada quedaría de su recuerdo, de no ser por el tesón de unos pocos revolucionarios atemporales o unos estudiantes empeñosos. Y es una verdadera pena. Las balas traidoras, el cáncer apátrida y el mar embravecido pudieron acallar sus voces pero no deberían silenciar su obra.
Porque seamos honestos ¿qué sabemos, por ejemplo, de Alfonsina? Con suerte alguno podrá recomponer la historia a partir de esa hermosa zamba, que con letra de Félix Luna y música de Ariel Ramírez, inmortalizara Mercedes Sosa. Pero si nos ponemos insistentes y preguntamos quién fue, no va a faltar el gracioso de turno que diga: un balneario de Mar del Plata. Entre ignorarlo y revolearle una maceta, uno se muerde los labios y puesto a indagar un poco más, nos encontramos con una personalidad rica en matices al tiempo que en desgracias, dueña de una lírica poderosa.
Para hablar de Alfonsina Storni, tenemos que comenzar por el principio, evocando que una vida de pobreza vagabunda llevó a la familia por diversas geografías. A la futura poetisa le toca nacer en Suiza. De regreso al país y luego de pasar la primera infancia en San Juan, los Storni se mudan a Rosario, donde ponen el “Café Suizo”. Allí y apenas una chiquilina, oficiaba de lava-copas y mesera. Inquieta e insatisfecha, se une a una compañía de teatro itinerante, pero pese a su empeño, le resultó un ambiente irrespirable. Más tarde quiso ser maestra y se mudó a Coronda para estudiar la carrera. En la ciudad de las frutillas empieza a hacer sus pininos con las letras y algunos de sus poemas se publican en revistas literarias de escasa difusión. Más tarde, se le abre la puerta del diario Mundo Argentino. Con menos de 20 años, se radica en la Buenos Aires del Centenario. Un par de años después, nace su hijo Alejandro, que es en sí mismo, toda una declaración de principios, por lo que significaba en la época ser madre soltera.
Se emplea en una tienda y en la revista Caras y Caretas. Sale su primer libro, titulado “La inquietud del rosal” y paulatinamente su voz se empieza a escuchar en las tertulias y salones literarios, que preceptivamente estaban reservados para hombres de letras y bigotes significativos. Alfonsina sabe ganarse la amistad de sus contemporáneos, como el mexicano Amado Nervo, los uruguayos José Enrique Rodó y Julio Herrera y Reissig; y los argentinos Manuel Ugarte y José Ingenieros.
Publica su segundo libro, titulado “El dulce daño”. Se dedica asimismo a actividades de beneficencia conjuntamente con Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea. Traba relación con la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou y el escritor Horacio Quiroga, sin que los biógrafos logren ponerse de acuerdo sobre el carácter de esta relación.
En 1920 publica el libro “Languidez”, que le vale el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Y con apenas 30 años, una encuesta de la revista “Nosotros”, baluarte literario de entonces, la consagra como uno de los maestros de la nueva generación. Es la etapa de mayor gloria. Se suceden las publicaciones de libros meritorios, y colaboraciones en los principales diarios del país, así como los lazos con los primeros poetas de Hispanoamérica, como Gabriela Mistral o Federico García Lorca.
En 1936 se suicida Horacio Quiroga. La muerte de su amigo (o algo más que amigo) agiganta el estado de angustia y tristeza en el que se encontraba desde el año anterior, cuando le detectan un cáncer de mama del que debió ser operada. A pesar del sitial de privilegio que había alcanzado, la angustia existencial se convirtió en un monstruo imposible de domar y en una noche de primavera, decidió que el mar le diera la paz que su cuerpo enfermo le negaba. Y entonces su recuerdo se hizo canción.
Un día como hoy, pero de 1892, nacía en Sala Capriasca (Suiza), la gran poetisa Alfonsina Storni. Su obra, llena de emoción y vívida reflexión, fue una constante lucha por la igualdad femenina. Su espíritu sensible no pudo sobrellevar las secuelas físicas, pero sobre todo, las espirituales de una operación de cáncer de mama y se suicidó, arrojándose al mar, el 25 de octubre de 1938.
© Pablo Martínez Burkett, 2012