lunes, 13 de agosto de 2012

"Todos somos islas", apertura sobre H. G. Wells





TODOS SOMOS ISLAS


Hoy quiero contarles la historia de Prendick, único sobreviniente de un naufragio, que ya de por sí es infortunio bastante si no fuera por todo lo que le sucedió luego.

El asunto empezó a espesarse cuando un barco lo encuentra boyando en el medio del mar y en circunstancias poco claras, lo deja en una isla junto con el cargamento de animales que llevaba en sus bodegas. Tan extraño pasaje estaba destinado a la investigación científica del regente de la isla, el Dr. Moreau. Este médico es un soñador, un místico, un degenerado que experimenta con animales vivos. Alguna vez fue una eminencia en la brumosa Inglaterra pero definitivamente había perdido el rumbo.

Luego de recuperarse, Prendick empieza a familiarizarse con el complejo hospitalario del Dr. Moreau. Pronto comprende que además de torturar animales con injertos abominables, el médico también practica su loca ciencia en humanos. No había que ser muy lúcido para verse a sí mismo atado en la camilla, con añadidos y ablaciones varias, así que el náufrago se da a la fuga.

En su atolondrada carrera se topa con una aldea habitada por una colonia de seres monstruosos, mitad bestia, mitad humano, que eran capaces de hablar. En el colmo de la insania, Prendick comprueba que la población se regía por un cuerpo de leyes, rigurosas, inmutables y crueles. El dios que había dictado esas leyes era, por supuesto, el Dr. Moreau. Quizás no hubiera sido tan malo morir ahogado en el océano.

A pesar de todo, Moreau y su esbirro, un tal Montgomery, persuaden al desesperado náufrago de que toda aquella aberración persigue un fin noble, que viene a ser la conversión de los animales en seres humanos. Sí, eso de que el fin justifica los medios, usted ya lo escuchó tantas veces… Parece que Prendick no lo sabía o no le importó, el caso es que se quedó a vivir con ellos.

Al tiempo, se suscita una gran conmoción en la isla porque aparece un conejito con signos de haber sido masticado. Comer carne era la prohibición más severa que contenían las arbitrarias leyes del Dios Moreau. Las pesquisas inculpan al hombre leopardo. Se organiza la cacería. Enseguida vendrán otras. La consistencia del sistema empieza a desmadrarse. Uno de los felinos mutantes se almuerza al mismísimo Dr. Moreau. Montgomery pierde el control, se emborracha y no tiene mejor idea que regalar las reservas de alcohol a los hombres bestia, que ya sin frenos, se devoraran al triste lugarteniente.

Lejos de querer asumir el rol de nueva divinidad que le proponen los seres deformes, Prendick imagina la manera de escapar, mientras finge que se acostumbra a vivir con la manada enardecida. Afortunadamente, un barco acierta a pasar por la isla y es rescatado por segunda vez. En agradecimiento, les cuenta la historia de su vida. La tripulación empieza sospechar que la soledad le hizo perder el juicio y nuestro hombre advierte que tiene que callar si quiere regresar a casa sin un chaleco de fuerza.

Pero el silencio no sería su último exilio. Encuentra insoportable la vida en sociedad. Los habitantes de Londres le resultan significativamente familiares. En todos cree ver la traza de bestialidad que aguarda el momento para volver a atacar. Se convence de que el único remedio para sus males, es retirarse a una casa solitaria, en medio de la nada.

Y es así que finalmente Prendick, el náufrago, encuentra sosiego en su propia isla existencial, aislado de la humanidad.

En un día como hoy, pero de 1946 fallecía H. G. Wells, novelista y pensador inglés que, junto con Julio Verne, se erige como uno de los padres de la ciencia ficción. Es autor de clásicos de la literatura universal como “La máquina del tiempo”, “La isla del Dr. Moreau”, “El hombre invisible” y “La guerra de los mundos”.

© Pablo Martínez Burkett, 2012