lunes, 17 de septiembre de 2012

"Recuperar las raíces", apertura por el Año Nuevo Judío




RECUPERAR LAS RAICES
Lo despertó un rayo de sol. Pensó que estaba amaneciendo. Le costó un rato entender que era el ocaso. No había dormido tanto. O sí. Sentía en sus huesos el peso de un sueño eterno. Hacía años que no lo asaltaba esa sensación abrumadora, ese ahogo al respirar. Gabriel hizo memoria.
La primera vez que se sintió así fue cuando su madre decidió no hablarle más. Un castigo excesivo, sin dudas, pero no desde la asfixiante perspectiva de una idishe mame. Es que Shoshana, que así se llamaba la autora de sus días, siempre quiso que fuera un Hasan, la persona que guía los cantos y lleva el orden de los rezos en la sinagoga. Que su único hijo varón hubiera decidido estudiar otra cosa, ¡con esa voz!, pero que además… que pensara mudarse desde su Moises Ville natal a Buenos Aires, directamente, ¡era un sacrilegio! Saúl, su padre, era un hombre bueno, que siempre lo apoyó. Ambos se miraron, anticipando la escena. Su madre se turnó con la bove Rivka, para montarle escenas que iban desde el llanto hasta el desmayo, desde el grito lastimero hasta la abierta manipulación. Pero Gabriel igual se fue.
Vivir en la gran ciudad no resultó fácil, pero finalmente se recibió de psicólogo. Y más allá del enojo de su madre y su abuela, siguió respetando las tradiciones. No es que fuera un fanático ortodoxo, pero asistía con regularidad al templo, cumpliendo con las festividades religiosas y observaba los mitzvot, los numerosos mandamientos de la religión judía. Y no lo hacía por un mandato infantil sino como una decisión adulta de identidad y pertenencia.
La segunda vez que sintió angustia semejante fue cuando se enteró que por una malformación congénita, necesitaba una operación de corazón. Los médicos le dijeron que tenía un 50 y 50 de chances. Y si sobrevivía, le iba a quedar el pecho partido al medio, como un animal sacrificado en el altar de un dios sordo y mudo. La desgracia le permitió recuperar el diálogo con su familia, pero lo llevó a renegar de su fe. Había sido toda la vida un hombre piadoso ¿y así le pagaba Dios su devoción? Y aunque se padre puso todo el empeño, no hubo ejemplo de la Torá que lograra disuadirlo. Esa vez, esa vez, el llanto de su madre fue genuino.
Sobrellevó con éxito la operación pero igual abdicó de su religiosidad. Y se mudó a Nueva York, para olvidarse de todo, aún de quien había sido. Y fue un profesor más, en una oscura cátedra de una no menos oscura universidad. Pero no halló la liberación que buscaba. Fue otra forma de extraviarse, de vagabundear sin sentido.
Hasta que el viernes pasado, a la tardecita, subía distraído por las escalinatas de la Biblioteca de Nueva York. Una anticipación del otoño lo obligó a calarse un gorro de lana hasta las orejas. Llevaba la barba de varios meses. Absorto con sus pensamientos, se chocó con alguien que bajaba. Con la típica cortesía noyorkina, el otro muchacho rápidamente se excusó y al mirarlo, agregó: ¡Shabat Shalom!, el saludo ritual para el inminente sábado.
Al principio se sorprendió. Había procurado borrar toda posibilidad de identificación. No se imaginó cómo o por qué le había dicho eso. Al volver la vista, la maraña de gente que camina a esa hora por la 5° Avenida y la calle 42 ya se lo había engullido. Sin embargo, fue como si ese muchacho hubiera pronunciado las palabras de un hechizo liberador, porque empezó a escuchar el llamado de la sangre, las infinitas voces de un pueblo milenario que lo aguardaba con paciencia y delicadeza.
Con el advenimiento del fin de semana, la ciudad se preparaba para celebrar Rosh Hashaná, el inicio del año judío, celebración que contiene la vida y el sustento de todo el ciclo por venir. Y es una de las tantas oportunidades de volver a Dios. Gabriel recordó su infancia, su educación, su credo. Y lloró, pero con lágrimas de felicidad. Así se durmió. Se despertó dos días después, cuando el último rayo de sol se escondía tras el perfil dorado de los edificios.
En algún lado, creyó escuchar el sonido del Shofar, trompeta hecha con el cuerno de carnero que, conforme es creencia, Dios hará sonar, como el pastor que agrupa a su rebaño, convocando a todo el pueblo disperso para iniciar el regreso a la Tierra Prometida. Y entonces Gabriel, escuchó la voz de su Dios.
Hoy es el segundo día de la fiesta de Rosh Hashaná, el año nuevo judío. Todas las festividades del pueblo hebreo comienzan con la puesta del sol del día anterior a la fecha indicada. Para estas fechas señaladas, los miembros de la colectividad judía se desean "Que seas inscrito y sellado para un buen año, para una buena vida". No importa en qué crea cada quién. Ni siquiera si cree en algo. Siempre es bueno que nos deseemos estar anotados entre los que van a tener un buen año. Siempre es un buen día para volver a eso.
© Pablo Martínez Burkett, 2012