lunes, 1 de octubre de 2012

"Admirable sonido en los sepulcros", apertura sobre "La Noche de los Muertos Vivos"





ADMIRABLE SONIDO EN LOS SEPULCROS
A nadie le puede extrañar que un meteorito derribe a un satélite. Tampoco puede causar asombro que en su ingreso en la atmósfera, el artefacto no se desintegre del todo. Y es probable que los restos calcinados se estrellen en la superficie terrestre como una lluvia de fuego.
Y eso, exactamente eso, es lo que sucedió. La desgracia se abatió sobre mi cementerio. ¡Ah, claro, omití presentarme! Soy el enterrador del cementerio de Evans City, Butler County, Pennsylvania.
Y créanme que un paisaje de ángeles descabezados y lápidas destrozadas no ha sido suficiente estrago. Según parece, con el meteorito venía un virus del espacio exterior. En la radio están alertando a la población. Dicen que la infección hace que los muertos salgan de sus tumbas. Suena estrafalariamente insano, concuerdo con usted, pero es cierto. Ni me hizo falta escuchar las noticias ¡no señor! Lo ví con mis propios ojos… Cuando se disipó el humo y el polvo, manos putrefactas comenzaron a emerger de la tierra como frutos absurdos, esperando la cosecha. Pronto cuerpos repugnantes iniciaron una torpe procesión.
El primero en perecer fue el pequeño huérfano Timmy O’Malley, que se ganaba unas monedas limpiando los monumentos funerarios. ¡Pobre Timmy! quedó paralizado por la visión de esas fauces babeantes de vísceras y sangre. Cuando quiso correr ya era tarde. No pude hacer nada para ayudarlo...
No le fue mejor a la señorita Barbara O’Dea, sorprendida mientras lloraba a su prometido muerto tiempo atrás. El sheriff O’ Callaghan vació el cargador de su revólver sobre el difunto reverendo O’Hara quien, no obstante, siguió avanzando hasta tajarle el cuello con una delicia macabra.
El aire se había viciado de fetidez y por todos lados se escuchaban sollozos y aullidos. A muchos de los caminantes ya era imposible reconocerlos por el grado de corrupción de sus cuerpos malditos. Sin embargo, con determinación homicida fueron devorando a todos los vivos que en mala hora acertaron atestiguar este amanecer feroz. A todos. No queda nadie más. Soy el último y sé que el eco de mis latidos atrae el apetito de estas bestias insaciables.
Busco refugio en el mausoleo de los Birch. Tranco la puerta con una pala. Advierto con horror que no ha sido la mejor elección. Ya los ataúdes empiezan a moverse con descontrolada avidez. No tengo más arma que un candelabro. Espero que alguien encuentre esta crónica.
En un día como hoy, pero de 1968, tuvo lugar en Pennsylvania, el estreno mundial de la película “La noche de los muertos vivos” una verdadera bisagra en la historia del cine de terror. Este film del director George A. Romero sentó las bases de lo que hoy entendemos por zombies, esos seres incontrolables, sin moral ni remordimiento alguno, siempre hambrientos de carne humana.
© Pablo Martínez Burkett, 2012