martes, 1 de octubre de 2013

LA CLAUDICACIÓN DE PARMENIDES

La vida es sólo la muerte aplazada
Arthur Schopenhauer - El mundo como voluntad y representación
Como con todas las cosas que nos suceden paulatinamente, fue difícil tener perspectiva, incluso para mí. Iba tan embrutecido por el agobio de la historia que fui incapaz de notarlo. Los perros empezaron a eludirme o aún peor, me enseñaban los dientes. Una tarde llevé a unos sobrinos postizos al zoo. Los animales enloquecieron, levantaban los hocicos, se escondían acobardados. ¿Otro ejemplo? Nunca fui un gran bailarín pero cuando me abruma la soledad voy a las milongas. De galán, nada, pero con tanto bagaje existencial siempre tengo charla para conseguir con quien pasar la noche. De repente, nadie quiso bailar conmigo. Rehuían asqueados pasar a mi lado. Hasta que fui invitado a no regresar. Pensé en una alergia al desodorante o algo así y mi médico, como todos sus predecesores, me recibió con alguna curiosidad. Se jactaba de un paciente que no enfermaba ni parecía acusar la erosión del tiempo. Los estudios y análisis no arrojaron dolencia alguna y sin embargo, esta vez, algo estaba muy mal. El olor era pavoroso. Al principio olía a flores muertas, luego a queso rancio y ahora, a fetidez de cementerio. Se culpó a un desarreglo hormonal, a una bacteria invisible, a deficiencias de magnesio o cinc. Cuando se agotaron las causas físicas se invocó un nebuloso stress emocional. Recetas y ungüentos resultaron infructuosos y ya apesto a féretro reventado por los industriosos vapores de la muerte. La Muerte, esa compañera esquiva desde la estocada en la Batalla del Pons Milvius. La mayoría de las legiones de Majencio fuimos masacradas. Con un gladius todavía en el pecho me levanté percibiendo el inasible todo. Fue una asombrada sensación de pertenencia. Desde entonces mi cuerpo se volvió incorruptible. Y así ha permanecido por fatigosos siglos. Un chamán me acercó una videncia, tan absurda como apropiada: mi alma ya no puede seguir encarcelada en un recipiente imperecedero. Extrañamente, lo que se predica como uno, eterno e inmutable está empezando a deshilacharse con hedor insoportable. Aguardo el inesperado desenlace de mi existencia con pánico pero también con ilusión.
© Pablo Martínez Burkett, 2013