lunes, 16 de mayo de 2016

EL AUTOR INVITADO: Juan Simeran



EL SABOR DE LA LETRA SAMEJ

Creo que el castigo es un poco duro, desproporcionado. Quinientos años. Una bicoca, según mi abogado. A mí, me sigue pareciendo una enormidad.

En estos primeros ochenta años los días pasaron, con frío, con calor, con lluvia o con ventiscas de nieve. Puedo verlos transcurrir porque me fue concedido retener el don de la vista, en blanco y negro, como las películas de Charles Chaplin que me gustaban tanto. Big deal, la vista, para lo que hay para ver acá. Pero ya no logro discernir cómo era eso de sentir frío o calor. Me da lo mismo el blanco enceguecedor de la nieve que el pasto hirviente de moscardones del verano.

Ayer llovió. Hoy llueve, mañana quizá también lloverá y veo caer la lluvia y todo eso me importa dos pimientos. Sigo atado a este pedazo de mármol, royendo lentamente las letras. Las shin casi desaparecieron. Una lástima, el sabor de las shin es incomparable. Las shin tienen el sabor de las sensaciones que me provocaba el sol sobre la piel, sabor a calor y cobijo. Ya me comí las doce shin en sólo ochenta años: no he perdido la cualidad de glotonería que tenía cuando estaba vivo, y eso me enorgullece y me avergüenza a la vez.

No me quedan shin para los próximos… mmm… cuatrocientos veinte años. Como no me fue concedido el don del sueño ―a pesar de los insistentes pedidos del inútil de mi abogado― de noche, en las interminables noches, me dedico especialmente a roer las iod, letras pequeñas pero más intensas.

Será la letra más sagrada, pero para mí, de noche, tienen el sabor de la venganza.

De día, me dan asco.

En ochenta años, acá, lo primero que uno aprende es a mesurar verdaderamente el tiempo. El tiempo es a lo único que temen los que me juzgaron, y lo han tenido que tomar de aliado, ay de ellos si lo tuvieran de enemigo. A pesar de todo el palabrerío con el que intentan impresionarnos, en estos ochenta años he llegado a la conclusión que le tienen pavor al tiempo, que el tiempo es mucho más fuerte que ellos. Que al tiempo no lo controlan, sólo lo usan; pero no le pueden dar una orden, por ejemplo: ¡Stop!, como dicen ellos que le ordenó Josué al sol. El tiempo no les obedecería, se les reiría en la cara. O los escucharía como quien oye hervir el samovar. Quizá por eso, cuando me da por roer la zain, me entran unas locas ganas de volver a repetir todo exactamente tal como fue, me es indiferente que me apliquen otros quinientos años, o mil, o dos mil. Me siento más fuerte que ellos. Ellos, los que tienen el poder de atarme a esta lápida.

Hace rato que no le creo media palabra a mi abogado. Tiene como un tic nervioso que sólo tienen los mentirosos: así le hace la ceja, así. Además tiene la voz aflautada, otra señal de mentiroso. Y se suena los nudillos. Un mamarracho.

Sospecho que eligieron el abogado más torpe a propósito. Por envidia. Puntual, cada dos años viene a decirme con esa voz finta que mi proceso marcha bien. Que la apelación está en curso, que hace lo imposible para que todo sea más llevadero, a pesar de mi poca colaboración. Que algunos Krobim medio amigotes están analizando la posibilidad de dejarme soñar por las noches. Que me quede tranquilo, que en quinientos años me liberan seguro, que como consideración especial luego me van a dejar elegir un vientre de primera, de los mejores que tengan en stock. Que rece el Kadish, que eso ayuda. Que este lugar tiene una vista magnífica, que nada más bello que los trigales de Ucrania. Que bla bla bla bla. Pshé, hablar, habla cualquiera. Hablar es fácil. Ya me gustaría verlo atado como un perro acá, a ver si le parecen tan hermosas las praderas de Ucrania. ¿Y qué es una pradera? Un montón de pasto, nada del otro mundo. El paraíso de las hormigas. Hubiera sido algo-algo si me hubieran atado en la calle de los teatros de Broadway. O en París, frente al Bataclán, o en alguna terrasse… hasta en la Perspektiva Nevsky. Bah, de última me hubiera conformado con Varsovia, aunque sea la calle Krochlmalna, con su mugre, sus vendedores de pescado y sus caffards tomando interminables copetines en la cervecería alemana de Echaleagua Grosz. Pero… ¿Las praderas de Ucrania? Cualquier mujik las conoce de memoria.
 

Tengo cada vez menos ganas de transformarme en un gusano húmedo, un ente fecundante. Cuando le comento esto a mi abogado, éste me mira raro y el tic nervioso se le dispara. Que ni se me ocurra decir esto en la próxima Audiencia, me advierte como si yo fuera un infradotado. Que ellos miran con muchísima desconfianza a los que no quieren volver, que decirles eso es como lanzarles un escupitajo a la cara. Me da ganas de patearle la valija cuando dice estas obviedades, pero creo que ya no sé cómo se patea una valija. Me olvidé.

Me sorprende la importancia que le da mi abogado al hecho de poder soñar. Ahora resulta que el soñar era el regalo más grande que nos hicieron, la única manera de hacer tolerable la Caída, según dice la máquina de hablar gansadas de mi abogado.

Yo me acuerdo bien cómo era soñar: era como pensar que me corría un cozak y yo estaba en calzoncillos, o que Rujele de repente me encontraba irresistible, o que volaba en globo sobre el Lago di Como. Nada así-así, paparruchas de las que uno se olvida ni bien despierta. Pero cuando me dedico a roer la letra jet, siento una nostalgia indescriptible por huir de un cozak. o que Rujele me encuentre irresistible. o de volar en globo sobe el Lago di Como.

Una vez no sé cómo llegó una hoja de diario y se quedó desplegada sobre la lápida, algunos días, hasta que se la llevó una lluvia. Una hoja del Pravda. En lugar de la avidez de, por fin, leer ―todas las solicitudes de disponer de libros me fueron denegadas―, lo que sentí fueron unas ganas irresistibles de comerme las letras. Intenté succionarlas, roerlas, pero no pude hacer nada. No me interesó en absoluto lo que decía el diario, pero recuerdo una palabra rara que me llamó la atención porque no conocía: Perestroika.

A veces mi abogado se calla y me mira con cara como si yo le diera lástima. Lástima las… los blintzes. Pero a veces sí me dá tristeza si pienso lo que no debería ni imaginar. Sé muy bien ―nadie me lo dijo pero sé sumar cuánto es uno más uno―, que dentro de cuatrocientos veinte años no me voy a acordar absolutamente nada de mi vida de humano. Por eso cuido muchísimo las letras que forman mi nombre. En especial la samej, la inicial de mi apellido.

Cuando me dedico a roer mi nombre, me asaltan recuerdos que creía olvidados. Puedo ver con toda nitidez el patio de la casa de mi infancia donde jugaba sobre un caballito de madera escuchando el zumbido rítmico de la máquina de coser de mi madre, mientras atardecía. Ese recuerdo huele a alcanfor.

Puedo recordar el color, el aroma y el sabor de un plato de farfalej que comí en Moscú en la casa de mi amigo Iosi, y el vaso de vidrio con kvass espeso que chocamos. Ese recuerdo huele a tuco y alcohol.

Puedo hasta tocar una caja de zapatos de Katya, sobre su ropero, en la habitación- altillo de Minsk, donde ella guardaba sus alhajas de fantasía, diez mejicanos de oro y cartas amarillentas de viejos amantes. Ese recuerdo huele a sexo.

Cuando muerdo la letra samej de mi apellido, vuelvo a sentir el orgullo por los premios, mi nombre publicado en las revistas, los cuentos traducidos al ruso, al alemán, al francés y hasta al español, ese idioma de toreros. Recuerdo frases enteras de las críticas elogiosas, recuerdo por las mañanas mi buzón lleno de cartas. Cartas que me llegaban de lugares tan extraños como Anatolia, Salónica, o Brasil.

Cuando muerdo la letra samej siento el sabor de lo único que amé de lo humano: la gloria ―estaba a punto de agregarle el adjetivo "etérea", pero en estos ochenta años me he hartado a tal punto de eteritud, que ese adjetivo ya me revuelve las tripas que no tengo. También reconozco que, de humano, le hubiera agregado sin ascos el adjetivo "inmortal". Idem―.

Cuando muerdo la letra samej no puedo dejar de pensar que el ser ínfimo que me lustraba los zapatos a la salida del Club de Escritores, en Varsovia ―Itzik el rico, que murió tísico― no debe estar encadenado a nada, ni royendo estas asquerosas letras de porquería. Peor para él, quizá ya habrá estado en camino para ser un gusano húmedo en algún vientre, preparándose para un futuro brillante de lustrador de zapatos en Nueva York o Estambul. También sé que la letra samej no me durará para siempre. Que algún día, cuando ya ni sepa qué significa la palabra día, desesperado por el hambre de volver a sentir orgullo ―de volver a sentirme yo mismo―, la devoraré en unos… treinta años. Un suspiro.

Cuando termine de comerme las letras de mi nombre, me será cada vez más difícil recordar mi vida de humano, y lo único que tendré son estas vistas de la lluvia que no me moja, del viento que no me molesta o del sol que no me da calor. Sin recuerdos y sin tiempo, porque sin recuerdos tampoco hay tiempo. O, sin recuerdos, somos sólo tiempo.

Cuando termine de roer mi nombre, seguiré royendo hasta terminar todas las letras de mi epitafio.

 Todavía me acuerdo del que me gritó, colérico, en la primera Audiencia, mientras el bueno-para-nada de mi abogado no sabía dónde meterse: "¿Así que lo único que te importaron fueron las palabras? Entonces, ¡róe las palabras como roe basura una rata, hasta dejarlas en el hueso, y aún así seguirás royendo el hueso!"

Dentro de doscientos años, también habré olvidado este recuerdo.


© Juan Simeran

 



JUAN SIMERAN

Buenos Aires (Argentina) 1964. Estudia en la Universidad Bezalel de Arte y Diseño, Jerusalem. El autor se considera un escritor de Ciencia-ficción, además de haber trabajado como director de arte de varias agencias de publicidad en Argentina e Israel. Publica en 2012 la novela, en género ucronía, "Argentinos A Vencer!" (Fan Ediciones, serie Narrativa Fantástica Argentina) La influencia de esta novela está siendo tan importante, que ha sido incorporada al programa de estudios de la Cátedra de Pensamiento Político Argentino, de la Universidad de Buenos Aires, Segundo año de Sociología, Cátedra de Horacio González (Horacio González es el Director de la Biblioteca Nacional). 8 GRADOSCENTIGRADOS fue escrita en el marco del taller de narrativa de la escritora Mariana Enríquez, en la Fundación Tomás Eloy Martínez, de Buenos Aires. Su última obra, la novela negra NEVERMORE.





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