martes, 18 de octubre de 2016

EL AUTOR INVITADO: Ariel S. Tenorio



EL RECIPIENTE
En este jardín ¡Un siglo de hojas muertas!
Matsuo Basho
En la penumbra granulosa que flotaba en el aire del monte, un hombre se arrastraba con el cuerpo pegado a las raíces húmedas como un animal moribundo. Tenía en la parte superior de su abdomen una desgarradura en forma de medialuna, y se sostenía con una mano la pulpa caliente de sus tripas.
Se moriría, eso era una certeza. Echó un rápido vistazo a la herida y se le escapó una queja. Claro que moriría, pero no lo haría en ese lugar. No se dejaría cazar fácilmente. Apretó los dientes y se arrastró unos metros a través de una charca de lirios dejando un rastro de sangre y barro tras de sí. El trayecto le pareció extenuante. Luego, se acomodó lo mejor que pudo con la espalda contra el tronco de un árbol y apoyó el mentón en el pecho para recobrar el aliento. Había perdido una bota en el trajín desde el recodo del río hasta este sitio. Se observó largamente el pie descalzo y este le resultó ajeno y fuera de lugar entre la maleza.
No le temía a la muerte. No a la muerte como representación del final de todas las cosas o la contrapartida de su voluntad y las causas que podrían afectarla, del destino o el azar o las circunstancias. Pero sí le temía al deterioro de la realidad. Había cierta obscenidad en ello, como si esa mutación lo dejase desnudo frente al universo. Ahora tenía que lidiar no sólo con una herida mortal sino con la sensación de estar volviéndose loco.
Además, esa ruptura a la que él temía no estaba en el reino de la muerte. Y su contemplación era ofensiva, y su proximidad era paralizante. Levantó el rostro hacia la cúpula verde de los árboles y la vio nuevamente.
Encaramada sobre las ramas de un viejo sauce, lo estudiaba. Los ojos acuosos sin parpadeos. El hocico, o lo que fuera aquella cosa negra y retorcida, apuntándole como un muñón acusador. Si hubiera tenido fuerzas, o valentía, le hubiera gritado que se fuera. Hubiera intentado espantarlo como se espanta a una alimaña. Pero apenas podía sostenerle la mirada. En cierta forma reconocía un destello de inteligencia en esas cuencas veladas, y ese pensamiento lo aterraba. Como para corroborar la idea, aquello gesticuló y emitió un sonido bajo y profundo, como advertencia. Luego, con una serie de movimientos pulcros y repugnantes, descendió por el tronco del sauce sujetándose con las patas hasta quedar con la cabeza hacia abajo. Giró la confusa masa de su cuerpo en un ángulo imposible y volvió a posar aquellos terribles ojos en él.
El hombre no consiguió rezar. Un zumbido empezó a llenar sus oídos, no supo si provenía de su propia cabeza o de aquella pesadilla que se acercaba para culminar su trabajo.
Con la mano derecha se palpó torpemente la cintura, acarició el mango de hueso con dedos temblorosos, desabrochó la funda y extrajo el cuchillo de cacería. Debería ser lo último que hiciera, un arco firme y directo a la cabeza.
El zumbido se acrecentaba, una nota grave y sostenida que parecía vibrar en todas las dimensiones. Lo sintió en los huesos, en las raíces negras de sus muelas, en la punta de las uñas. Era una nube palpable y elástica que penetraba en las cortezas de los árboles y trepaba hacia lo alto en forma de savia, se hundía en la tierra mojada y surgía como un vaho y lastimaba los oídos y el espíritu mismo de la espesura. El monte se había vuelto silencioso en contraste, apagado, enfermo, mortecino. El monte era ya otra cosa, una madriguera que albergaba a ese parásito bíblico.
—No lo pienses tanto —dijo el hombre. Presentía la proximidad de la muerte como una maquinaria que se había desencadenado. Se dijo, a pesar del miedo, que no quería acercarse al borde de su vida sin decidir nada —. ¡Te estoy esperando!
Aquello se desprendió del tronco y cayó sobre sus seis patas con un golpe sordo. De su caparazón se desplegó una membrana traslúcida que arrojó vetas de luz iridiscente. Como si fuera el párpado de algún Dios tremendo, la membrana se abrió y se dividió en dos partes, formando unas espléndidas alas. El hombre tardó varios segundos en comprender lo que veía, las alas se agitaron brevemente y luego casi desaparecieron al cobrar velocidad. El ruido que emitían era un rapidísimo flapflap que al mezclarse con el otro zumbido, producían un efecto hipnótico.
La mano del hombre se cerró sobre el mango del cuchillo. Ya no había nada, salvo su corazón golpeando a todo tambor y la voluntad que a duras penas se imponía sobre sus nervios. Se dio ánimo diciéndose que tenía la oportunidad de luchar. No quería morir como un ciervo manso y resignado.
—Pero…
El ataque llegó como un fogonazo, el zigzagueo blanco y eléctrico de un rayo, y después, el tiempo volvió a su cauce normal, dejándole burlado. Su mano no había conseguido alzarse siquiera, sus dedos habían sido lentos; su fuerza, irrisoria.
El horror había volado hacia él a una velocidad incalculable. Una pata se había cerrado sobre su brazo, inmovilizando el arma. La otra, atenazándole el cuello, apenas lo dejaba respirar.
Ahora el zumbido llenaba todos los espacios y el hombre se entregó a él. Su mano soltó el cuchillo y quedó con la palma hacia arriba, inerte y vencida.
La monstruosa cabeza se acercó y abrió las fauces. Desde ese agujero sin nombre surgió una trompa rosada surcada de venas, similar a un molusco o al falo de un animal. La cabeza de la bestia parecía mutar ante sus ojos: con una fuerza mecánica, presionó las garras contra su cuello y con unas afiladas púas cortó, a ambos lados de la cara, los dos trigéminos. El hombre gritó, se retorció intentando zafarse, pero estaba atrapado. Las púas se introdujeron en su carne y buscaron el hueso, después, a modo de palanca, lo obligaron a abrir la boca. Dejó caer gruesas lágrimas, pero ya no volvió a gritar.
La bestia se acercó aún más y torció su cabeza para evaluarlo de cerca. Lo obligó a girar el cuello hacia la izquierda, y en ese momento el hombre pudo ver, a pocos centímetros, un segundo grupo de ojos facetados que se extendían y colgaban por debajo de las mandíbulas como racimos.
Fue entonces cuando decidió que ya había visto suficiente.
Tragó el líquido y lo sintió bajar por su garganta, denso como un jarabe. De inmediato, lo embargó una extraña tranquilidad. Un hormigueo eléctrico avanzó por su cuerpo, adormeciéndole los miembros primero y paralizándolos después.
Se quedó inmóvil, envuelto en una ponzoñosa duermevela, oyendo sus propios quejidos desde muy lejos.
Lo último que sintió fue la intrusión en la herida de su abdomen, un fuerte ardor y la sensación no del todo desagradable de estar siendo cauterizado por manos expertas.
El tiempo se desplegó como una sábana, abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba solo. Intentó incorporarse pero no logró mover las piernas. Su cuerpo estaba torpe y pesado. Así y todo, había salvado su vida. O mejor dicho, se la habían perdonado.
Una mueca de sonrisa se derrumbó en su cara lastimada.
Al cabo de unos minutos sintió náuseas y fiebre.
El sol de otoño estaba cayendo por encima de las copas de los árboles y, en esa luz que se filtraba por las apretujadas ramas, se dibujó sobre su hinchado vientre un movimiento escurridizo.
El hombre bajo la cabeza y se miró el estómago. A través de la carne tumefacta, vio unas enormes larvas que se retorcían perezosas.
© Ariel S. Tenorio

ARIEL S. TENORIO  (Garín, provincia de Buenos Aires, Argentina). Escritor de Ciencia Ficción y Terror. Muchas de sus historias han sido publicadas en revistas especializadas y antologías. Entre ellas: Axxón, Sensación!, Próxima, Lilith, Insomnia y CruzDiablo. En 2015 su relato Plasmatrón  fue traducido al francés para la antología de Ciencia Ficción "Hola Babel" dedicada exclusivamente a autores noveles latinoamericanos. Otro de sus cuentos,  La razón de las estatuas fue publicado en la antología Española “Fabricantes de Sueños”.  Recientemente  participó en el tomo 13 de la colección de terror “Pelos de Punta” con un relato llamado La sombra en el faro. También es miembro fundador del grupo de horror experimental The Wax.  Se lo puede contactar en el siguiente mail: soyteno@gmail.com

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