lunes, 10 de octubre de 2016

EL AUTOR INVITADO: Esteban Dilo



Pétrelar

Verano de 1925.

Los muebles de la habitación eran tan añejos como sus pensamientos, pero no tanto como su espíritu indómito. Las páginas que lo rodeaban eran todo para él. La biblioteca era su vida.

Casi noventa años lo separaban de su primer día en la tierra y sabía muy bien que faltaban pocas horas para su despedida terrenal. Angell era un bibliotecario de las afueras de Arkham, había más de una institución en las calles de esa ciudad, pero él era el único real… y lo sabía. Tan real como su experiencia. A simple vista, cuando veía los estantes de madera curvados por sostener los libros, sabía que en su interior estaba igual. Si las lecturas tuvieran un peso dentro suyo, su alma estaría tan curvada como el roble que alimentaba el aliento de la habitación, y cuando pensaba en esas pequeñeces sonreía. Y a esa edad sonreír era un privilegio.

Además de esos lujos, se dedicaba a coleccionar libros. Envidiaba la universidad Miskatonik; cuando a uno le cierran las puertas en el apogeo de la vida, siempre se recuerda en el último tramo. Desde hacía diez años, a la misma hora y el mismo día, aparecía un vendedor sin nombre ni dirección. Dejaba el pedido de la semana y se llevaba en un sobre lo que debería conseguir para el lunes siguiente.

Había llegado el día y la campana de la puerta frontal sonó, al mismo tiempo que Angell sonrió.

—Permiso, Angell.

—Adelante, señor. Lo estaba esperando. Por un momento me preocupé por la lluvia que lo acompaña.

El hombre de rostro cansado hizo una mueca parecida a una sonrisa y dejó el paquete sobre el mostrador.

—Usted sabe que yo nunca fallo. Aunque me pise una carreta haría lo posible por hacer que el paquete llegue a sus manos.

—Nunca está de más recordármelo. Estoy optando por escribir mis años en números romanos para hacerlo más rápido. —Angell lanzó una carcajada que siguió con una tos seca.

—Si sigue con ese sentido del humor no va a llegar.

Diez años dialogando de esa manera los había enlazado en un trámite que los hermanaba. Angell no sabía el nombre del señor y el señor no sabía para qué quería sus paquetes. O, tal vez sí lo sabían, pero no hacía falta aclararlo.

—Bueno, bueno, bueno. Poniéndonos en un tono más serio. ¿Cuánto le debo por este libro?

—Siendo esta una biblia especial… deberían ser unos cincuenta mil dólares, señor Angell.

Escuchó la suma y sin quejarse ni mirar lo que estaba haciendo sacó de debajo del mostrador una caja de metal. Metió la mano y agarró dos fajos de billetes, que dejó sobre la mesa para que el vendedor los agarrara.

Angell se quedó contando el dinero que le quedaba y al levantar la vista se encontró con la mirada extrañada del señor.

—Tengo setenta mil para el último encargo y no sé si llego.

—¿Puedo saber cuál será?

—Siendo este el último libro no creo que haya problemas —dijo el viejo y le alcanzó un papel amarillento— No sé pronunciarlo bien, pero es ese.

—Creo que nadie sabe pronunciarlo como se debe —respondió el hombre—, el mal llamado “Libro de los muertos”.

—¿Podrás conseguirlo por ese precio?

—¿Para el lunes?

—Sí

—Lo conseguiré en una suma más elevada, pero va por mi cuenta. Nunca le hice precio. No se preocupe.

—Se lo agradezco. Entonces será la semana que viene.

—Que tenga un buen día.

Al sonar la campana que acompañaba la salida del señor, Angell ya estaba cerrando. Así eran los lunes. Todo lo que le quedaba del día era para su afición.

Se condujo hasta su biblioteca personal y dejó la biblia en un hueco que la esperaba. La pintura dorada y las costuras de los lomos construían un alba soñada. Cada libro era especial y entre todos hacían una colección hermosa. Pero Angell sabía que era mucho más que eso. Apagó la luz y se fue a descansar.



El sábado antes de acostarse se tomó varias pastillas para dormir. El domingo se lo pasó tumbado en la cama. Se levantó a las once de la noche y ni siquiera se preocupó por cenar o desayunar, que al caso era lo mismo. Fue hasta la persiana de la biblioteca y abrió el local como si fuera una mañana más. El chirrido de la cortina rebotó por toda la calle, pero al ser Arkham la ciudad en cuestión nadie salió a ver qué pasaba. Todos estaban ocupados con sus cosas. Tomó una lapicera y anotó en un sobre marrón:

«Su paga está dentro, por favor deje el libro en el hueco de la habitación que lo enfrenta».

Dentro de él puso todo el dinero que tenía y lo dejó sobre el mostrador. Apagó la luz.

Fue hasta la estantería donde los libros de reyes, nobles, cristianos y satánicos lo esperaban.

—Hoy será el día —murmuró.

Uno a uno fue dejando sobre el suelo su colección. Algunos con su portada a la vista, otros de revés y ciertas obras con el lomo hacia arriba. Acomodó, buscó y rebuscó la forma que le parecía hasta que la luz del amanecer lo empujó a levantarse. Había quedado satisfecho. Diez años esperando ese momento y solo quedaba unir los últimos eslabones.

Todas esas piezas del rompecabezas de Angell habían quedado rodeando una silla central. El viejo esquivó y salteó sus cosas hasta pararse sobre ella. Se sacó los zapatos y los revoleó lejos de su vista. Se desabrochó el cinto y lo dejó encima del respaldo; antes de tirar el pantalón sacó del bolsillo trasero una hoja de afeitar. Sus piernas esqueléticas y lampiñas daban tristeza. Se sacó el calzoncillo y con el pie lo lanzó por ahí. Solo quedaba la parte superior de rombos morados. Con algunos quejidos y varios huesos sonando pudo sacarse todo. Esa nueva piel desnuda no daba tristeza, daba miedo. Desde el ombligo hasta su cuello la tinta negra embarraba sus arrugas. Símbolos, tentáculos y caras. Números, huesos y cosas irreproducibles se amontonaban en los recovecos de Angell. Por un momento parecían moverse.

El viejo se tapó los ojos con las palmas de sus manos y pronunció unas frases que reverberaron en las sombras que quedaban vivas. Solo el escuchó su eco, obtuvo la respuesta y con un ademán inclinó su cabeza dejando en silencio la habitación. Agarró el cinto y lo pasó por el caño de la lámpara que lo coronaba. Tomó la hoja de afeitar y pasó la cabeza por el ojal de cuero curtido que abrazó el cuero vivo. Y así, ese cuerpo desnudo quedó adornado con un collar cuarteado. Giró sobre sus pies, una y otra vez como hacía de niño con las hamacas de la plaza para marearse. El cinto no lo dejó avanzar más, se quedó unos segundos mirando los libros en el piso. Sonrió y se cortó las venas de la mano libre al mismo tiempo que se dejaba caer de la silla. Gruñía, giraba y pulsaba su sangre sobre el decorado del suelo. Dio todas las vueltas posibles para volver hacia el otro lado, hasta que quedó estático.

El espiral de sangre era perfecto. No era magia ni brujería. El estudio de Angell lo había llevado a esa perfección.

Solo quedaba un eslabón.



Dos horas después, la campana volvió a sonar. El vendedor entró y se dirigió al mostrador. La luz del sol lo empujaba hacia adentro.

—Permiso… —dijo y se topó con el sobre. Leyó lo que le sentenciaba y al buscar la habitación que lo enfrentaba —como el viejo había puesto— se encontró con la puerta abierta. Ni siquiera miró si la plata estaba dentro de su paquete. La incertidumbre era uno de sus vicios. Apretó el libro que llevaba en sus manos y pasó por el umbral de la puerta. Un paso más, solo un paso más para que el olor a muerte le golpeara el alma.

Ahí estaba. La primera vez que veía un muerto. Nunca se le había cruzado por la cabeza cómo reaccionaría ante tal situación, y de haberlo hecho no hubiese creído que seguiría caminando. Un sendero de ida. Pasó entre los libros que él mismo le había entregado en mano al viejo, hasta quedar frente a la cara, ya azulada y con la lengua afuera de su comprador. Algunas gotas caían sobre sus zapatos y ahí fue cuando se corrió hacia atrás, chapoteando entre los restos del coleccionista. Se giró para salir y desde el centro de la habitación notó el dibujo sangriento del espiral. Todo era armonioso, menos un hueco. Ya lo decía el sobre: «deje el libro en el hueco de la habitación que lo enfrenta». Se quedó quieto, sin saber qué hacer, pero la voluntad de un muerto, era la voluntad de un muerto. Caminó hasta ese lugar y dejó el último libro. Se alejó, dándole la espalda al cadáver, pero la puerta de salida se cerró. Miró sobre su hombro y solo pudo gritar. Golpeó y pateó la puerta sin lograr nada. Se apoyó con su espalda en ella y se dejó caer, sentándose en el suelo.

El espiral de sangre y las demás manchas se elevaron en silencio, y una a una se fue chocando y sumando en el centro de los libros, hasta que una forma corpórea se creó en la habitación. No tenía piel, sus tendones y sus huesos estaban a la vista. Más de dos metros de altura. Su mirada sin párpados se clavó en el vendedor que se estaba ahogando en su congoja. Lo señaló, pero no tenía dedos, lo acusaba un tentáculo blanco, como si fuera un garfio albino.

—Yo soy Pétrelar y tú serás el próximo —su voz gutural era una armonía oscura. Se acercó caminando hacia su víctima. El llanto no le permitía suplicar, solo hacía fuerza con sus talones para irse para atrás, aunque no se movía. La aparición lo tomó por sus piernas y lo arrastró hasta el centro de la habitación. Corriendo los libros y la sangre junto con él y sus lamentos. Con una de sus tentáculos levantó al vendedor por la garganta y con el otro por la frente, haciendo de su boca un hoyo, donde dejó caer las gotas de sangre que Angell aún derramaba.

—El inicio del ciclo. Él era mi profeta y tú serás mi puerta de salida. —El hombre estaba en trance, no parecía que estuviese escuchando— ¡Llevarás a mi lacayo en tu piel como lo hizo él y te perderás junto a la profecía!

Terminó de gritar. Los libros vibraron, algunos se prendieron fuego y los demás salieron volando por las ventanas, entre ellos el Libro de los muertos. Una niebla espesa se encargó de enceguecer a cualquiera que pasara por la cercanía. El último hálito de su grito terminó en un temblor que invadió las calles.

—Ese temblor, humano. Cada vez que sientas ese temblor piensa en R’leyh, que poco a poco alzará a nuestro dios. —El hombre no entendía lo que le quería decirle.



El vendedor se despertó adolorido como si una borrachera lo hubiese puesto en ese lugar, con la diferencia que recordaba todo. Se levantó de un salto y fue a buscar a Angell. Ahí estaba, colgado, pero notó que su piel solo llevaba los años de vida y nada de tinta. Era un cuerpo sano, muerto… pero sano.

Caminó hasta la salida que se mantenía abierta y al pasar por el mostrador tomó el sobre con su dinero. Salió, dejando sonar la campana y miró al cielo. Notó una nube en forma de espiral, se le puso la piel de gallina y con ella, un ardor le invadió el pecho. Se levantó la camisa y lamentó haber conocido al viejo bibliotecario.

Estaba embebido en tinta.

Alcanzó a ver los símbolos, las parcas y las caras. Sintió otro temblor y con él una visión de la isla bajo el agua. Eso le bastó para conocer su destino… y seguir con la profecía.

© Esteban Dilo

Esteban Dilo nació en Godoy Cruz, Mendoza, en 1984. Vive en Berisso y es alumno del escritor Leo Batic. Sus relatos forman parte de antologías españolas, mexicanas, colombianas y argentinas. La facultad platense de Bellas Artes eligió cuatro de sus cuentos para la producción de libros ilustrados con fines solidarios, la misma facultad realizó un cortometraje con una de sus obras. También integra la antología "Adoradores de Chtulhu" (Edge, 2016) compilada por Rubén Serrano. La revista Próxima fue la encargada de publicar su último cuento. Actualmente escribe para su blog y trabaja en la coordinación de una antología benéfica. La corrección de su primera novela está en marcha. Aquí puede leer su  blog: EL BLOG DEL DILO.


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