miércoles, 25 de julio de 2018

LA SAGRADA IRA DE JOHN BALTIMORE


LA SAGRADA IRA DE JOHN BALTIMORE
Tengo un mensaje de Dios para ti. ¡En su nombre, te advierto que huyas de la ira por venir!
John Wesley, Discurso 3
John Baltimore nació en Cowbridge, Gales del sur. Era un entusiasta predicador de la Iglesia Metodista, que tras sobrellevar los horrores de la Segunda Guerra Mundial sirviendo como capellán del 12° Regimiento de Lanceros Reales del Príncipe de Gales, solicitó ser enviado como misionero a Oceanía. Creía que la inocencia de los nativos lograría restaurar su fe en el género humano. Así obtuvo por destino las Islas Marshall, donde se estableció en 1947. Aunque establecerse sea quizás una palabra de excesiva latitud: su congregación mantenía el férreo esquema impuesto por el fundador, que implicaba una vida trashumante dedicada a anunciar que el Señor “vendrá en sus carros como torbellino, para descargar con furor su ira y su reprensión con llamas de fuego”.
En 1952 los americanos hicieron estallar la primera bomba H en el atolón de Eniwetok, alcanzando una fuerza destructora semejante a la del núcleo del sol, al punto que vaporizó a la pequeña isla. Al principio, el reverendo Baltimore sintió una ligera descompostura que no le impidió continuar con su ministerio apostólico pero virulentos escalofríos lo estremecieron hasta los huesos y con las manos debilitadas y las rodillas vacilantes, fue admitido en un hospital de campaña. Como un nuevo Job, un día amaneció recubierto de úlceras malignas desde la planta de los pies hasta la coronilla. Lo interpretó como una represalia del Averno por las injurias que le causaba el celo religioso de su prédica, que por entonces se tornó flamígera. Aunque no pocos aún se muestran escépticos, cierto es que muchos pudimos constatar la sucesión de episodios de piroquinesis. John se incorporaba en la cama y a medida que demandaba el arrepentimiento y la conversión de los pecadores, entraba en una suerte de éxtasis místico y las cosas empezaban a arder. Muchas conversiones se suscitaron entre sus compañeros de infortunio. La versión oficial confiere el incendio del hospital a un cortocircuito. Acreditados testigos juran, sin embargo, que un halo de fuego envolvió su cuerpo descompuesto por la radiación. Otros dicen que el reverendo John sonrió con deleite. Nunca lo sabremos. Nadie, salvo yo, ha sobrevivido para contarlo.

© Pablo Martínez Burkett, Mondo Cane, Editorial Muerde Muertos, Buenos Aires, Argentina, 2016.

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