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viernes, 23 de noviembre de 2018

LA EDAD DE LAS TINIEBLAS


LA EDAD DE LAS TINIEBLAS
dedicado a la querida memoria de Violeta Balián
Las estrellas, el sol, la luna, todo huye. Un vasto desierto sin límites y no queda nada de comer o beber y alrededor solo el desierto blanco.
                    William Blake -El viajero mental
Esta es la historia de nuestro mundo conocido, nuestras tres islas: la Primera, la Segunda y la Tercera, la Isla Continente. Siempre estuvimos solos, incontaminados, protegidos por el Mar de los Tormentos, ese que se abisma a una luna de navegación. Nunca se supo de embarcación alguna que hubiera sobrevivido a las trombas y demás furias que oscurecen el horizonte. Sin embargo, la bruma otoñal trajo una armada de velas negras que vomitó una horda de monstruos recamados en púas. Al viento flameaban sus banderas con una serpiente astada por divisa. Las leyendas ancestrales eran ciertas: los bárbaros del otro lado existían. Fueron metódicos con la invasión, fueron inmisericordes con el exterminio. Nuestros ejércitos, veteranos de desfiles y aniversarios, parecían figuritas de papel. Pero lo que más nos aterraba era que los conquistadores perpetraban la carnicería en el más perfecto silencio. Después supimos que les cortaban la lengua. Antes del invierno, el pérfido Sukur-Lamak se autoproclamó sátrapa de la Tercera Isla y desposó a Urka, la reina viuda. En las calles florecieron los empalamientos y torturas varias. No quedó mujer o niña sin violar. Esclavizaron a jóvenes y viejos en las minas de óxido de hierro. Se marchitaron los frutos, se pudrieron los sembrados. Los libros la llamaron luego como “La edad de las tinieblas”. Soy Irukamis, el mago real y debo admitir que ninguno de mis conjuros surtió efecto. Tenía que encontrar la forma de liberar a mi gente. No hay peor tragedia para un pueblo que vivir sin esperanza. Leí los antiguos tratados de la guerra y comprendí que una victoria no siempre se gana en el campo de batalla. Así fue como eché a rodar la leyenda de una espada engendrada en una fragua maldita, forjada con el metal negro de un meteorito y el fuego de los volcanes, mientras los nigromantes cantaban sus endechas. En ferias y caminos se murmuraban las hazañas de “La Bermeja”, llamada así por el baño de sangre que dejaba a su paso. Era el momento de crear al titán capaz de alzar tan fabulosa espada. Entre los oprimidos, el nombre de Askalion de Tamaria se volvió un salmo y una bendición. La restauración había comenzado. Pero esa ya es otra historia.
© Pablo Martínez Burkett, 2018
(*) El presente cuento fue publicado en el #163 de la Revista miNatura, dossier dedicado al Universo de Robert E. Howard, amigo dilecto de H. P. Lovecraft y creador de "Conan".

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THE AGE OF DARKNESS

THE AGE OF DARKNESS
In beloved memory of Violeta Balián
                                        

               
The Stars, Sun, Moon all shrink away. A desert vast without a bound. And nothing left to eat or drink. And a dark desert all around.
William Blake - The mental traveler
This is the story of our known world, our three islands: The First, the Second and the Third one, the Continent-Island. We were always alone, uncontaminated, protected by the Sea of Storms, which abysses itself at a moon of navigation far. It was never known of a ship that survived the waterspouts and other furies darkening our horizon. However, the autumn mist brought an armada of black vessels that puked a horde of monsters embroidered in iron spikes. The wind flapped their flags which carried a horned serpent as badge. The ancient legends were true: the barbarians from the other side did exist.  And they were methodical with the invasion as well as merciless with the extermination. Our armies, veterans of parades and anniversaries, looked like paper figurines. But what terrified us the most was that the conquerors perpetrated the carnage in the most perfect silence. Later, we learned they had their tongues cut. Before winter, the insidious Sukur-Lamak proclaimed himself the satrap of the Third Island and married Urka, the widowed queen. The streets flowered with impaled bodies and all types of tortures. There was no woman or little girl left without being raped.  Men, young and old were enslaved and used in the iron oxide mines. Fruits withered, and crops rotted. In time, history books called this sinister time, "The Age of Darkness". I am Irukamis, the royal magician and I must admit none of my spells worked. I had to find the way to set my people free. There is no worse tragedy than living without hope. I read the old treaties of war and realized that you do not win not all victories on the battlefield. That is how I crafted the legend of a sword born in a cursed forge, made with the dark metal of a meteorite and the fire of volcanoes, while the necromancers sang their sad songs and lamentations. And soon, in fairs and roads peasants began to whisper the triumphs of "The russet one," so called by the bloodbath that left in its path. It was time to create the Titan able to rise such a legendary sword. Among the oppressed, the name of Askalion of Tamaria became both a psalm and a blessing. Then, restoration began. But that is another story.
© Pablo Martínez Burkett, 2018
(*) This short story has been published in #161 of Revista miNatura, issue devoted to the Universe of Robert E. Howard .

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jueves, 10 de septiembre de 2015

EL PAYÉ - UNA ANTIGUA HECHICERÍA INDIA


EL PAYÉ
“Sabrán los interesados
en embrujos de amorío,
cuál tiene más poderío
para hacer un buen payé”.
Caburé payé - Chamamé
Soy de Itá Ibaté, una pequeña ciudad sobre el Río Paraná, en la Provincia de Corrientes. Del otro lado del río ya es la República del Paraguay. Con los paraguayos tenemos mucho en común: el idioma atravesado por el guaraní, las costumbres, las creencias. Una de esas creencias populares, una de las más arraigadas, es confiar en el poder de un payé[1], un hechizo. Hay para todo. Se hacen para evitar los peligros, lograr la felicidad, prevenir enfermedades (o causarlas), tener suerte en el juego o en el amor. Justamente, suerte en el amor es lo que me falta. Me enamoré perdidamente de mi Braulio, un muchacho bueno, trabajador, de su casa. Me hizo promesa de amor y le entregué mi virtud. Pero no tuvimos suerte. La vida nos separó. Por eso me vine hasta Ituzaingó, sesenta y tantos kilómetros al norte. Todos en la zona saben que Doña Irupé es una kuñá payé[2] muy poderosa, que sus embrujos nunca fallan. Me dijo que trajera una prenda del Braulio, si era íntima mejor. El rancho era destartalado y metía miedo. Fumaba tabaco del fuerte. Cuando llegué ni me miró. Estiro una mano como zarpa. Le entregué el dinero convenido. Se fue y ahí no más regresó con un kururu[3]. Dijo que era macho. Volvió a estirar la mano y le di el calzoncillo, que lo usó para atar al sapo. Después, le cosió los ojos con un hilo de seda verde. Apenas si pude mirar. Enseguida masculló algo. Entendí que tenía que desvestirme y dejar que me pasara el sapo por mis partes. Cinco veces. Me dio un asco tremendo pero igual dejé que lo hiciera. Cada vez, ella repetía: “Sapo, por el poder de Añá[4], Lucifer y Belcebú; por el poder de toda la milicia satánica, te ordenó que así como sin descanso te paso por la takor[5] de esta guaina[6], así el Braulio no descanse ni tenga paz hasta regresar en cuerpo y alma a sus brazos”. Después puso el sapo en una olla con agua y lo tapó. No me animé a preguntar si iba a cocinarlo. Me volví al pueblo. Sé que esta noche mi hombre vendrá a buscarme. No hay cadena que pueda detener a tan vigoroso payé. Me bajé cerca del cementerio. Lo que no me animé a decirle a la bruja es que al Braulio me lo mataron en una pelea.

© Pablo Martínez Burkett, 2015



El presente relato fue publicado en el #144 de la Revista digital miNatura dedicado a "EL DIABLO".




[1] Hechizo, brujería.
[2] Bruja.
[3] Sapo macho.
[4] El diablo en la cosmogonía guaraní.
[5] Vulva.
[6] Jovencita, doncella.

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