miércoles, 4 de junio de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXVII): Gambito


Se dejó caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresión amorosa y melancólica.
Sheridan Le Fanu
Ikito se sintió orgullosa de su maquinación. Se encargó de dejar rastros evidentes de la mudanza del equipo científico a una fábrica abandonada. Milena se confió. Después de un rato de acecho, entró por unas ventanillas en el techo para demostrar, como siempre, que era absurdo eludirla. No obstante, el galpón estaba en penumbras. La vista superlativa no detectaba ningún movimiento. Pero el sentido afinado la alertó de un impreciso peligro. En las oficinas del fondo, percibió movimiento y unos reflejos naranjas por debajo de la puerta. Aguzó el oído. Unas voces pedían auxilio. Irrumpió con violencia. Toda la estancia estaba en llamas. En medio de la humareda, una mujer arrodillada se afanaba sobre otra que estaba tendida en el piso. Para que pudiera respirar, le había abierto la blusa, dejando al descubierto unos formidables pechos que se bamboleaban exuberantes con cada sacudida.
Sí, claro, la mujer inconsciente y semidesnuda era Lursa, la de los pechos de miel. Esos pechos que Milena anhelaba en secreto. Esos pechos que tanto la hostigaban en silencio. Betor le rogó que la ayudara, que le diera aire, respiración boca a boca, mientras ella le hacía masaje cardíaco. Milena se acercó. Lursa respiraba con dificultad y jadeaba de una forma animal. Pero también de una forma que recordaba a una mujer entregada al placer. Tenía la boca entreabierta. Los labios rojos eran una invitación. Una llamada carnal. Milena se abismó sobre esa boca ansiada. Se sorprendió cuando la lengua de Lursa se entremezcló con la suya. Al mismo tiempo, Betor le guió la mano hacia un pecho de su hermana melliza. Milena opuso resistencia. Una resistencia leve, ínfima. Porque el apetito le inflamaba la sangre. Devolvió el beso que la despellejaba y su mano repasó el contorno del paraíso. Pronto las tres mujeres se prodigaron en caricias, besos, abrazos y suspiros.
El tiempo se detuvo. Milena, con inusual delicadeza, atendía a ambas hermanas que se entregaban en deliberado festín. Habiendo gozado abundantemente, ahora era el turno de devolver el placer. Ambas dieron lo mejor de sí. No quedó porción de piel sin acariciar ni concavidad sin explorar. Milena estaba en un estado de éxtasis continuo, sacudida por sucesivos orgasmos, cada vez más fuertes, cada vez más intensos.
Entre las algodonadas brumas de la lujuria alcanzó a escuchar que una de las hermanas le musitaba al oído: -¡Y ahora te daremos algo aún mejor!
Quizás fue el tono, quizás el instinto. Quizás fue la huella de las infinitas vejaciones que sufrió en las mazmorras de las SS pero la advertencia le sonó muy mal. Milena levantó el rostro justo para ver que Betor blandía una estaca. Si bien Lursa la sujetaba firmemente por los hombros, alcanzó a zafar y giró con vértigo para evitar la estocada mortal que le lastimó el hombro. Milena enloqueció. Atacó con toda la furia, todo el odio, toda la certeza del engaño. Betor quiso rematar la faena y levantó la estaca. En una pirueta inverosímil, el cancerbero de Madre le atajó el brazo, giró sobre sí y clavó a la melliza. Sin tiempo para comprobar que la había herido de muerte, fue por Lursa que al ver a su hermana agonizando dio un alarido. Fue lo último que hizo. Milena saltó y con toda la fuerza de su porte robusto la arrastró hasta un perchero y la incrustó por la nuca. Lursa se sacudió un poco y murió si siquiera poder maldecirla. La percha le atravesaba la boca.
Milena temblaba. Ni siquiera cuando fue objeto de los vejámenes del Dr. Mengele se sintió tan mancillada. Entonces era una prisionera, ahora se había rendido voluntariamente. Y para peor, sabía que ya no podría encontrar a Ikito.
La pequeña se había salido con la suya. Había tenido que entregar a las mellizas pero el laboratorio del Dr. Wong estaba a salvo en su nuevo emplazamiento.

© Pablo Martínez Burkett, 2014