viernes, 15 de enero de 2010

FE DE ERRATAS

«Il y a d'autres mondes, mais ils sont en celui-ci »
Paul Éluard





PARA DESCRIBIR ESTE calidoscopio de sensaciones, no tengo más remedio que acudir a una sinestesia. Sí, es que yo inhalo la música con la misma felicidad con la que se percibe el perfume de la mujer amada durmiendo en la oscuridad. Hay melodías que me transbordan a estados de elocuente bienaventuranza. Veo las notas con la clarividencia de quien se demora en un paisaje, sólo para encontrarse formando parte de ese paisaje. Pero empecé a contar por el medio, mejor nos ordenamos.

Quizás convenga abrir el juego declarando que nunca me he detenido a discurrir en cuál resquicio de lo porvenir me hallo, no pienso si este era uno de mis futuros posibles. Entretenerse con tales artificios es menos productivo que constatar que Julio Cortázar nació el mismo año que mi abuelo o que Jimi Hendrix hubiera tenido solo tres años menos que mi padre. Admito que con esa baldía indolencia voy por la vida, cualquiera sea la tempestad que se avecine. Mentiría, claro, si dijera que uno no tiene sus días, pero siempre hay que saber encontrarle el lado positivo, o al menos, el consuelo. Por ejemplo, tomemos la ausencia de hijos. Para algunos puede significar nada, para otros el oscilante equilibrio entre una porosa cordura y la definitiva enajenación. Sin embargo, que no haya bulliciosas almitas correteando una pelota embarrada sobre la alfombra, me permitió seguir escribiendo hasta las tantas, bajar a las cuatro de la mañana a comer unos brownies caseros, descorchar una botella de champagne y quedarme dormido en el sillón hasta babearme y despertar sin preocupaciones para cuando el reloj avisa que son las once y media. Un cremoso café espresso ayuda a recomponer la conciencia y resultando un horario más que propicio para considerar celebrar el Día del Trabajador con un asado, me dedico a preparar los enseres y avíos. Encender el fuego siempre tendrá algo de rito ancestral, de comunión ontológica, no me extraña que desde antiguo se le haya otorgado virtudes divinas. Hago yacer en la parrilla una regia colita de cuadril. Después, mientras abordo el examen de un singular vino malbec, me entrego con pasión a la lectura. El libro es “Spinoza: Filosofía Práctica” de Gilles Deleuze. Aplacadas las conductas tabernarias, los viejos prejuicios retroceden claudicantes. Uno no se ha convertido en un provecto existencialista porque ha leído a Camus, Focault, Martin Heidegger o aún el mismo Sartre; simplemente repasa sus argumentos porque, de forma inadvertida, ha completado el tránsito desde un nihilismo juvenil a este pragmatismo experimental.

La carne empieza a asarse con ese aroma evocador a caverna primordial, a historias contadas en derredor de una pacificadora hoguera. Es cierto que la paz no consiste en la ausencia de guerras sino en la unión de los corazones. Me dejo embrujar por los acordes acústicos de Memphis La Blusera, acompañado por un emsemble de cuerdas. De cierta forma, siento que esa conjunción prefigura el Paraíso y en el deslizar de los arcos me voy sumergiendo en imágenes de Roldán entrando en el crematorio al ritmo de un “Dame Fuego” arreglado para cuarteto de cuerdas o del cazador de crepúsculos, en la apoteosis de su “Purple Rain” barroco. Descubro, agradecido y atónito como Borges, que los simulacros que creía propios no eran sino transliteración de fantasmas ajenos. Y mientras leo que somos atributos de una misma sustancia, me pongo a tararear “La Sirenita y el Lobo de Mar”, tal como solía hacer cuando soñaba que en su encierro nonalunario mi hijita era un delfín que daba saltos...








“Baila, baila, baila sirenita... Baila, para mi”.

Y me pongo a girar por la galería como si bailara, acunándola en mis brazos vacíos y todo se funde en el magma incandescente de la memoria. Empieza a llover, con uno de esos repentinos aguaceros del prorrogado estío. Hay un obstinado tapiz de agua, apenas si se puede ver, apenas si se puede respirar. De repente, acompañando una sección de vientos que sintoniza con mi estado de ánimo, un movimiento se recorta, anómalo. Un pájaro aletea desesperado en el níspero, tratando de evitar que el vendaval lo derribe. La dulzona corruptela que desprenden sus frutos en las siestas alguna vez me hizo concebir que el improbable Árbol del Bien y del Mal era un níspero como este que planté en medio del parque, una mañana en la que, con renovado placer infantil, hundí las manos en el barro cardinal. Casi sin pensar, me zambullo en el tifón y lentamente me acerco. La infortunada ave me escruta con evidente recelo. Las plumas empapadas ya casi no la dejan moverse y aguarda, expectante. Prefiero creer que es porque entiende que vengo en su auxilio, que es posible comunicarle mi propósito. Estiro la mano, la cobijo por unos instantes en el calor de mi pecho y la impulso a remontar este cielo de negritud.

Calado por la lluvia pero también por una curiosa beatitud, retomo la lectura de este Spinoza deleuzizado y me detengo en el párrafo que explica la ilusión teológica por la cual allí donde ya no es posible imaginarse ni la causa primera ni la causa organizadora de los fines, la conciencia tiende a invocar a un Dios dotado de entendimiento y de voluntad que, mediante causas finales o decretos libres, dispone para el hombre un mundo a la medida de su gloria y de sus castigos. El fraseo es tan profundo como el violín que rasga el majestuoso final del blues.

Empecé por el medio, seguí por el principio y todavía no tengo una conclusión. Puede ser que como enseñaba Freud, los sueños no sean imágenes irreales sino otra expresión de la realidad. Sabrán disculpar entonces el imperativo de confeccionar esta desmadejada profesión de fe.





© Pablo Martínez Burkett, 2007


A manera de requiem para una almita que desde ayer regresó a su condición primera de angelito.