miércoles, 3 de febrero de 2010

EL SUEÑO DE OTRO

Tantas voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo:
-¡Callad! Que lo vais a despertar como sigáis haciendo tanto
ruido.  -Eso habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría
hablar de despertarlo -dijo Tweedledum-- cuando no eres más
que un objeto de su sueño.  Sabes perfectamente que no tienes
ninguna realidad.
Lewis CARROL  -A través del espejo y lo que Alicia encontró allí





EL DESPERTADOR ANUNCIO que había llegado el día. El noticiero presagiaba que la niebla iba a seguir usurpando el paisaje hasta bien entrada la mañana. La carretera, que habitualmente es una pesadilla, hoy es además garantía de tragedia. Trastornados conductores desafían con porfiada imprudencia al destino, y pronto sus luces se convierten en fantasmas, engullidos por la brumosa humedad. Increíblemente llego al centro mucho antes de lo previsto. La ciudad que elegí. O la que me eligió hace ya tantos años. Fue amor a primera vista. Busco un estacionamiento. La dirección me lleva por calles detenidas en el tiempo, en las que se desperezan gentes tan diferentes. Una risotada me sobresalta. El sisear de una bicicleta en el pavimento me reconforta. Es aquí. Antes de entrar, alcanzo a escuchar como un viejito saluda con familiaridad a un transeúnte que se esmera por treparse a un microbus. Me pregunto qué hace una persona de su edad caminando tan temprano por la calle.


Entro en el edificio. Me sorprendo haciendo mansamente una cola para que me atiendan. El castellano que se habla en derredor me resulta más arduo que el inglés del Brave New World que estoy leyendo. Menos entiendo los tópicos en los que entretienen. Parecen conocerse todos entre sí. Seguramente por las muestras de genuina alegría, ser ascendido a boletero de la Estación Catedral de la Línea D de subterráneos debe ser algo de significativa importancia. Es mi turno.


La administrativa detrás del mostrador pone los ojos en blanco frente al membrete en el papel que le estiro y se espanta al advertir que aguardé pacientemente mezclado como el que más. Nerviosa, musita unas palabras al teléfono y me aparta por pasillos y ascensores. Finalmente me deposita en otro sector, reiterando las disculpas. Pronto me sacan sangre y me dan un frasquito donde debo entregar el fruto de mis riñones. Me acuestan en una camilla, retorcidos cables fluyen hacia un expectante aparato. Yo ya pasé por esto. Ahora la mujer de blanco va a empezar a gritar que me estoy infartando y un batallón de médicos y enfermeras vendrá a rescatarme.

Curiosamente no dice nada. Sigue leyendo inmutable el borbotar sobre el papel de un alfabeto ininteligible. Empiezo a creer que algo anómalo está interfiriendo con el recuerdo. Me invade otra vez esa sensación de expatriado desdoblamiento. No me siento muy bien. Diversos planos temporales comienzan a superponerse. Veo a mi padre llorar en un rincón, mientras mi tía grita mi nombre tratando en vano de reanimarme. Ahora me veo frente al altar, esperando a una novia que avanza majestuosa por la nave central. En otro plano, un médico se rinde junto a una mesa de cirugía, mirando con frustración y pena a un occiso que lleva mi rostro. Un nuevo vértigo y me dan a tener en brazos a mi primera hija.

Otro quiebre temporal y mientras me doy una ducha recuerdo haber recordado todo esto. Me palpo dudando si realmente me encuentro aquí. Sin embargo, aunque no descarto haber fallecido, estoy seguro de que nunca me casé. Y cuando entré en este lugar, no tenía hijos. Una nausea, gigante como una ola, empieza a invadirme. Me vuelve a asaltar la idea de no ser sino el sueño de un muerto. La proyección de una voluntad que se niega a perecer. Necesito recobrar mi identidad, allegarme hasta un momento de indubitable confluencia.

Entre las brumas de la memoria, el titilante ondular de un globo me hipnotiza. Es de esos brillantes, de color azul acaramelado, como un Saturno doméstico, con un anillo rojo furioso que lo circunvala. En el ardiente verano de mi infancia, hace mucho calor. Es algún recital en el Parque Sur, que está atestado de gente. Sé que lo organiza mi padre, por eso no está con nosotros. Mi madre carga a mi tercer hermano, que es un bebé de brazos. Deduzco que no debe llegar al año. Mi otro hermano andará por los dos añitos. Consecuentemente, yo estoy por cumplir los cuatro. Puede que a mi cálculo le falte un año, pero no más, porque mi hermano más pequeño no había nacido y todavía le sigo llevando cinco años. El globo sigue acercándose. Todos los contornos comienzan a borronearse, no hay otra cosa que el globo azul. Mi madre parlamenta con mi hermano del medio. El globero se aproxima fatalmente. Mi madre, con devota solicitud , abre la billetera y compra un globo.

Por suerte es uno de los baratos, no es el mío. Los globos cautivos recobran su moroso deambular. Mi globo se recorta, perfecto, alejándose junto con sus compañeros de cautiverio. Desde mi diminuta estatura me esfuerzo hasta verlo perderse entre la muchedumbre. Me carcome la angustia. Mi hermano, ausente a mi desdicha, sale corriendo a buscar a mi padre para mostrarle su regalo. Mi madre recién baja la vista y se topa con la imagen de la desolación. El reproche todavía me duele: -Pero cómo, ¿también querías un globo? Si ya eres grande...

Cuatro o cinco años y ya debía ser grande. Cuatro o cinco años y ya debía acomodar el deseo a lo que se debe, que no es sino lo esperado. Hacer lo esperado. Ser lo esperado. Otra reverberación y me resbalo en el baño, quedo exánime. La perra me lame la espalda. Cuando llegan los paramédicos dictaminan que no hay nada que hacer. Otra vez muerto. Un aplauso cerrado me obliga a cerrar los ojos, la toga y el birrete me quedan tan bien. Si no veo mal, es el diploma de honor lo que el Magnífico Rector me otorga.


Soy todas las posibles trayectorias, cruzando por el vario presente. Soy todos los vertiginosos pasados pero también, la combinación de todos los futuros simultáneos. Soy todos y ninguno. Soy el gato de Schrödinger esperando que un observador venga a rescatarme de la incesante cadena de estados indistinguibles, donde la identidad, la diferencia y la contradicción no son percepciones excluyentes porque ni siquiera son conceptos. Me visto y retorno a la calle. No me extraña que todos los rostros me resulten familiares. El aroma a panadería me devuelve la sonrisa del niño que fui. A punto estuve de abismarme en los diversos tiempos que reclaman mi herencia, por poco no me perdí en los múltiples universos que se jactan de mi existencia. El recuerdo de un globo ha desenmascarado al Otro que me sueña.




© Pablo Martínez Burkett, 2008




El presente texto ha sido publicado en el # 74 de la Revista Proa ( mar/abr 2009).