sábado, 7 de enero de 2012

BIENVENIDOS A 2012, EL AÑO DEL JUICIO FINAL








El tiempo es un mero accidente de la eternidad, le gustaba alardear a Borges, con una cita que hospeda unos dos mil quinientos años de atareada filosofía. Los cabalistas postularon, con imaginativa poesía, que para hacer sitio a la creación, la Divinidad se contrajo, concentrando en un instante la luz divina que haría posible todas las cosas. El tzim-tzum, el grado cero del tiempo. Científicos de eones posteriores, creyeron inventar algo al llamarlo Big-Bang.
  
El tiempo. El tiempo que fluye, el tiempo, ese río en el que nunca habremos de bañarnos dos veces.
 
Y se terminara? Bueno sí, es probable, como dice la canción: "todo concluye al fin, nada puede escapar". No, no, si se terminara, digamos, a finales de 2012?
 
En la isla de Patmos, envejecía el más joven de los doce apóstoles. Juan, el discípulo amado. Y tuvo una revelación que en griego es Αποκάλυψις  y se pronuncia apocalipsis, quizás la más transitada de todas las profecías "apocalípticas". En lo que nos toca, no se cansa de advertir que el Cristo habrá de venir como un ladrón en la noche.
 
Profetas del Antiguo Testamento, monjes medievales, druidas celtas, sufíes, aspirantes a budas gordos, rusos de barba renegrida y mirada irascible, pastores protestantes devenidos en torpes matemáticos (como la señora White) , parados que hallaron salvación en leer la buena ventura en una plaza de pueblo, argentinos curiosos, en fin, el catálogo de predictores del holocausto final ha demostrado que, o se trata de una actividad redituable o el don de profecías no resulta tan infrecuente como nos gustaría creer.
 
Y están mis amigos, los mayas y su calendario trunco. Tirios y troyanos se alínean en capillas de crédulos y escépticos. Explicaciones científicas, maravilla de lo oculto. Lo mismo da.
 
Si usted tiene algo para decir, en un libro que juzga será la summo angulare lapide de una nueva teología, que sea pronto. Porque no vaya a ser que la ventana temporal se le esté acabando. Lo más probable es que el 2013 lo sorprenda con su libro en la mesa de saldos y usted, "recalculando", para sacar un nuevo libro que explique el involuntario fracaso del anterior (y preconstituyendo prueba para justifcar el resultado adverso del segundo, mientras le prende una vela a la estampita de Erich von Däniken). Pero podría ocurrir que de tanto errar, justo nos viene a tocar vivir en la época de los aciertos.
 
En fin. O el fin. Porque así como los mayas y todos sus increíbles vecinos, fueron certeros en tantas cosas, no debería causarnos  extrañeza que también lo fueran sobre el fin de los tiempos (entre las cosas realmente inexplicables está el famoso punto vernal y su cíclico paseo por la ecléctica, en un viajecito de unos 25.780 años, cuestión hoy que a fuerza de transitarla nos parece bastante "simple" salvo por el detalle, incidental, claro, de la vida promedio de un mesoamericano de entonces y de tener el sentido de la vista por todo recurso).
 
O sea, que podría suceder que hayamos empezado a transcurrir el último año de este lado del universo. O quizás, aún del universo mismo.
 
De modo que, si una máxima existencial indica que hay que vivir cada minuto como si fuera el último, por estos días, piénselo. Considérelo. Quizás sea cierto.
 
Gyllene Draken les desea un muy feliz 2012, el año del Juicio Final.
 
Salud !
 
 
 
 
 
© Pablo Martínez Burkett, 2012