martes, 31 de enero de 2012

"Los habitantes de Cerro Colorado", apertura sobre Atahualpa Yupanki




LOS HABITANTES DE CERRO COLORADO






La población anda más bien tirando a escasa. Hoy no seremos ni trescientos. Algunos porfían que somos más, porque cuentan las ánimas de los comechingones que dicen, todavía, se aparecen por entre las piedras donde pintaron sus dibujos. Para mí es cosa de viejos, porque yo nunca los vi, pero hay quienes juran haber escuchado en el viento el susurro de sus voces, antiguas como el cielo. Otros, dicen haber presenciado sus bailes y sus coplas, sus silencios y su magia. Habladurías de gente mal entretenida, deseosa de sacarle un peso al turista.

Cerro Colorado es una típica localidad del norte cordobés, donde el color de los cerros nos ha dado el nombre. El color de la tierra, el color de nuestra gente. Será por eso que don Ata eligió este pueblo para construirse su casa.

No importa por qué confín lo llevara su guitarra andariega, siempre estaba volviendo.

En la Aguada Escondida, que así se llama la casa, hicieron un museo y ahí quedaron sus cosas. Está un piano que todavía suena, las guitarras, sus libros, un roperito de roble, unas cuantas valijas, el smoking que usaba en sus conciertos, los premios, un montón de afiches con las presentaciones por los teatros del mundo, fotos, cuadros y retratos, los puñales de su abuelo, unos cuantos ponchos, los regalos que le daba la gente, objetos de todas partes, que uno no sabe ni que son, pero que son hermosos.

Al museo viene gente de todos lados. Se sacan fotos, señalan, se ríen. Se meten en el dormitorio y se descubren como quien entra en una iglesia. Algunos hasta lloran. El Danielito que se hace el entendido y parlotea con los gringos, alardea con que hay algunos que conocen más de don Ata que nosotros mismos. Cada tanto se allega uno a filmar una película. Todos hacemos fila para hablar en el micrófono. ¡Mirá si nos la vamos a perder! Prometen que van a volver para que nos veamos, pero que yo sepa, no volvió ninguno.

Una vez una japonesita se costeó hasta acá. Era así de chiquitita. Sacó una guitarra más grande que ella, se acomodó de zurda en una silla petisa y se puso a tocar y cantar. Qué clarito que entonaba el cristiano. Fue cosa digna de ver. Me acuerdo que cantó la Chacarera de las Piedras, que don Ata nos dedicó. A mí siempre me gustó mucho como la interpretaba Mercedes Sosa, pero lo de esa china fue sensacional. Cuando la oí cantar: “Caminiaga, Santa Elena, el Churqui, Rayo Cortado, no hay pago como mi pago, viva el Cerro Colorado”, palabra que se me estrujó el corazón.

Cada cual se ha inventado una historia con el prócer del pueblo. Que don Ata esto, que don Ata lo otro. Que le ganaron al truco, que le convidaron unos mates, que lo acompañaron a caminar por el arroyo de los Molles, que le resolvieron la letra que le estaba faltando o le tararearon una melodía que después el hombre hizo famosa. Y locuras así. Y no falta el desvergonzado que declara solemnemente ser el protagonista de alguna de sus canciones. De esos hay muchos.

Sin ir más lejos, mi propia abuela, cuando empinaba un poco en alguna fiesta se le daba por contar que la mocita que andaba debajo de los talas y que en un de repente don Ata escuchó decir: “sosiegue que viene gente”, era ella mismita.

Mi papá, paz descanse, que era criollo viejo se enojaba y le decía: - ¡Pero mama, que no son cosas de andar diciendo y menos en una mujer de su edad! La abuela le hacía caso, pero en cuanti se iba, me miraba y sonreía y los ojos se le ponían pícaros, como si volviera a ser una muchacha. Yo era chico y mucho no entendía pero vaya uno a saber si no era cierto.

Mismamente, ahí tiene, los habitantes de Cerro Colorado. Que cada vez somos menos. Bueno, siempre que no contemos las ánimas de nuestros paisanos los indios. Hay quien dice que todavía se empeñan en pintar las historias que don Ata supo descifrar y poner en canciones que ya son de todos. Capaz que sea así nomás.



El 31 de enero de 1908 nació don Atahualpa Yupanqui, uno de los autores y compositores más importantes del folklore argentino. Lo anotaron como Héctor Roberto Chavero, pero quiso que lo conocieran por un nombre quechua, que significa “el que viene de lejanas tierras para decir algo”.



© Pablo Martínez Burkett, 2012