viernes, 13 de enero de 2012

UN SUBMARINO DE LOCOS - APERTURA PARA "ACARICIA MI ENSUEÑO" DE RADIO AMERICA


UN SUBMARINO DE LOCOS






Las reuniones se realizaban invariablemente todos los sábados. Y eran por invitación. Se recomendaba asistir con vestimenta apropiada, código secreto que significaba: “siéntase libre de venir disfrazado”. Ah, sí, porque cada sábado los vecinos atestiguaban un desfile estrafalario de uniformes varios, atuendos de músicos, boxeadores, divas, escritores decimonónicos, mascaritas inespecíficas, en fin, un carnaval psicodélico donde todos los colores eran admisibles menos el pérfido azul. Se autodenominaban la Banda del Club de los Corazones Solitarios y se juramentaban defender a los ciudadanos de todos aquellos que quisieran encerrarlos paralizados en la burbuja de la rutina, la envidia, el odio, la codicia. Se juramentaban preservar la música como agente liberador de la dictadura de las corbatas. Eran un elenco estable de unos treinta, todos cursando su segunda juventud, con una edad promedio de unos cincuenta y tantos. ¿El lugar de reunión? En el “Yellow Submarine”, claro.


Robertito, el dueño, había heredado el bar de su padre. Era un zucucho que las urgencias de la vida cotidiana y otras ofertas gastronómicas más modernas, habían arrumbado en el tiempo. Su primera intención fue darlo a la picota. El lote daba para hacer un buen edificio y vivir de rentas. Pero pronto la idea le resultó una impiedad. Su difunta madre siempre decía que cuando era bebé, le cambiaba los pañales sobre el mostrador. No le tomó más que un par de noches decidirse.


Convocó a una prima segunda, recién recibida de arquitecta para encarar las reformas. Al principio, la chica intentó doblegarlo con argumentos no exentos de razonabilidad; pero a medida que miraba una y otra vez la película, escuchaba las canciones y sobrellevaba repasar las imágenes de los libros de su primo, se contagió de su hermosa locura. Se hicieron los planos y se fijó un plan de tareas. Y empezaron las obras. Se rediseñó todo el frente para que quedara acorde a la proa del submarino tutelar. La mampostería interior siguió hasta el mínimo detalle. Hubo lugar para el transeúnte Mar del Tiempo; también para el Mar de la Ciencia, el Mar de las Cabezas y el Mar de los Agujeros. Con no poco humor, el baño de caballeros se llamó Mar de los Monstruos y Mar de la Nada, al de damas.


Se dejaron espacios para exhibir toda la increíble colección que Robertito había acumulado a lo largo de más de cuarenta años. No sólo estaban los posters originales de la película (en varios idiomas), los long play, libros, tarjetas postales; muñequitos de indescifrable origen, fotogramas, y un sinnúmero de objetos inclasificables; también había unas aceptables réplicas de los uniformes de John, Paul, Ringo y George; con los que Doña Tota, la modista del barrio, se había lucido.


Y un sábado, se sacaron los andamios y los cobertores de obra y el anticuado “Bar Don Roberto”, cedió su lugar al “Yellow Submarine”.


Al principio, la gente oscilaba entre la curiosidad y la resistencia al cambio. Los augurios sobre la poca vida del reducto corrían parejos con los vaticinios sobre una prosperidad sin límites. Sin embargo, empezó a venir gente de otras latitudes a retratarse. Alguno hasta trajo algún detalle de su propiedad para añadir a las bien provistas vitrinas. La convocatoria superó aún la esperanza más febril.


Primero fue un reportaje en la radio zonal. Después una nota en el pasquín de la Asociación Vecinal. Los amigos multiplicaban blogs y páginas en las redes sociales. Una mañana apareció una periodista de la tele para hacer una nota de color en un verano que languidecía de aburrimiento. Después fueron las menciones, los premios. Algún comedido consiguió que el Concejo Deliberante lo nombrara “Personaje de la Cultura”. Para cada evento “beatle”, se convirtió en un referente obligado.


Fue preciso edificar una mitología, construir un relato que atendiera la consabida catarata de preguntas de parroquianos, circunstantes y periodistas. Robertito tuvo que bucear en su memoria. Recordó que sus padres lo llevaron al cine con un vecinito cuando se estrenó la película. El chico se aburrió (con una pierna sobre la butaca de enfrente, resoplaba y a cada rato preguntaba: ¿falta mucho?), él literalmente se volvió loco con ese paraíso musical bajo el agua, del que nunca salió. Su madre tuvo que comprarle el disco que pasaba una y otra vez en el Winco de su abuela. Mientras todos sus compañeritos del colegio llevaban sus cuadernos forrados con papel araña, los suyos estaban forrados con un papel alusivo película. ¡Si hasta tenía una camisa ilustrada con los motivos psicodélicos!


Después empezó a acumular pequeños objetos. El primero, un submarino amarillo de latón que su papá le compró en la Feria de San Telmo. Y luego una y otra cosa, al punto que tuvo que habilitar un cuarto especial para conservar cada uno de su tesoros que preservaba con afán de entomólogo. Su mujer solía hostigarlo diciendo que la diferencia entre un varón adulto y un varón niño, residía en el valor de sus juguetes. Cuando se separó, no se llevó más que una muda de ropa y la colección que unos amigos solícitos le ayudaron a cargar.


Hace unos días recibió un llamado inquietante. En un trabado español, alguien que se identificaba como productor de la BBC de Londres, le proponía hacer un especial sobre el bar y venir a filmar una de las fiestas de los Corazones Solitarios. Este sábado lo va a someter a votación.


El 13 de enero de 1969 se lanzó el álbum de Yellow Submarine de los Beatles.





© Pablo Martínez Burkett, 2012