domingo, 29 de julio de 2012

De conventos, iglesias, noviciados. De seminaristas y casas solariegas del Barrio Sur santafesino







DE CONVENTOS, IGLESIAS, NOVICIADOS. 
DE SEMINARISTAS y CASAS SOLARIEGAS
DEL BARRIO SUR SANTAFESINO
A pocas cuadras de la polvorienta y larga calle del Saladero, las matronas tras los visillos al crochet, curiosean el paso de caminantes al amparo de sus ventanas. Un grupo de Hermanos de La Salle pasa con andar firme y militar, los manteos al viento y el blanco rabat característico que refulge sobre el negro del santo hábito. Llevan fajas en las cinturas y sombrero tricornio. Vienen de un paseo recreativo por la ribera del río y los acompaña el Hermano Director de Novicios.






También pasa otro grupo de seminarista, de sotanas negras, dejando ver el cuello eclesiástico de algodón blanco que asoma debajo de las gruesas capas con detalles de terciopelo y finos broches que los cubren. Las fajas de raso violeta los identifican como del clero secular. En sus cabezas siempre la teja o sombrero de salida. Van musitando las letanías a Nuestra Señora de Loreto a coro:"Mater amabilis... ora pro nobis...", y con paso raudo trasponen el umbral del Convento de los Padres Domínicos (Orden de los Predicadores) para reunirse en el Refractario y preparar el Triduo en honor de Santo Domingo, fundador de la Orden. Sobre la tosca mesa conventual están distribuidos los tazones en los que se servirá el refrigerio frugal junto con pan casero. Y para bajarlo, agua del pozo en los jarros. Ya el Prefecto Fray Andrés (O.P), ordena los libros congregacionales, el tintero y la pluma que servirán, más luego, para las labores en el scriptorium.




En el arco ojival de nervadas góticas de esta estancia, se distinguen cinco figuras monacales y casi estatuarias, son los las de los Frailes Menores Ludovico, Quintino, Ruperto, Toribio y Demetrio. Visten amplias túnicas blancas y en sus cinturas es visible una gruesa correa de cuero negro de la que pende un largo rosario; el escapulario les cae hasta los tobillos, una esclavina a manera de capa pequeña cubre sus hombros, rematado por una amplia capucha o capillo típico de toda orden conventual. Sobre la pared de la galería derecha del claustro, a pocos metros de la puerta de entrada al Camarín de la Virgen del Rosario, se destaca un enorme cuadro con un marco de madera del curupay, finamente trabajado con formas de hojarascas, ángeles y santos, todo como si fuera un tapiz de follaje. Contiene una pintura sobre lienzo con el rostro seráfico de Santo Domingo, de tres cuarto de tamaño visto de perfil con postura orante, dejando ver su tosco sayal. Obra con un buen manejo del color y respeto académico de las formas, en cuyo tercio inferior se lee “Escuela cusqueña de Cristóbal Lozano”. Además, con delicada caligrafía, tiene por rúbrica un pensamiento de del Santo Padre Fundador de la Orden Domínica: “Tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”.

En el patio conventual, se escucha el trinar de unos pájaros cerca del aljibe, y el perfume del naranjo en flor embriaga el aire. Bajo el sol, las sombras imponentes de las siluetas de los campanarios se dibujan en el pasto. Saliendo de su celda, Fray Eusebio, Prior del convento, pasa raudamente cubierto con su capucha, resonando los pasos que da con sus sandalias en las relucientes baldosas rojas, junto al tintineo de su largo rosario. Se encamina diligente al templo al escuchar el sonido de la campana de llamada a confesión de alguna beata dama.







Ha comenzado la reunión entre el Prefecto, los frailes menores y los seminaristas; voces angelicales resuenan en el amplio recinto al canto del “Benedictus Deus y donis suis”.








Por su parte y sobre la vereda de la Iglesia Matriz, el deán catedralicio, canónigo Dn Justo Estanislao Marcial López, sacerdote de silueta voluminosa, se recorta sobre el atrio entre las pesadas hojas de sus puertas de hierro. Una tenue luz que se filtra del templo y el olor de los ciriales apagados por el oficio y devociones inunda los altares laterales. Su Beatitud terminaba la ceremonia de Exposición del Santísimo revestido aún con la fastuosa capa pluvial de notable hechura, bordada con hilos de oro y recamada de pedrería, con herrajes de fina plata boliviana. Sobre su pecho, sostenía el bonete de cuatro picos con la borla negra, símbolo de su dignidad eclesiástica. Debajo, se deja ver la sotana y cuando gesticula, asoma el sobrepelliz de gasa entramada con detalles de puntillería artesanal sobre puños de color púrpura.


Toda la nave está impregnada aún del fuerte olor a incienso que en espiraladas formas se pierden entre las cúpulas y artesonado. Los últimos feligreses se retiraban saludando ceremoniosamente al deán con un beso en su mano derecha por las damas y los caballeros, con sus sombreros en las manos, inclinando las cabezas. Un grupo de chiquilines con trajes de marineritos, jugueteaba en la vereda, bajo la atenta mirada de las criadas. Al retirarse los últimos parroquianos don Justo cierra la sacristía mientras se entrega a una amena conversación con el boticario don Clemente Aberesturri Ecarri, un vasco afincado en estos lares, cuya Botica está ubicada a pocos metros de la calle Comercio. La droguería es un primor, con el severo mostrador de madera noble con su mármol de Carrara de color azul, unas estanterías hasta el techo, con vitrinas de vidrios biselados que lucen las iniciales del boticario, que dejan ver los frascos de porcelanas de herboristería importada. Unos sillones regentes de pana verde ornamentaban esta estancia curativa.

La conversación discurría en la cantidad de enfermos que don Clemente visitaba en este tiempo. De vez en cuando, pasaba a pie un parroquiano que se descubre y los saludaba muy respetuosamente. Entre otros temas, el señor deán aceptó gustoso la invitación del boticario para probar un vinito de La Rioja y saborear una riquísima comida vasca.


Raudamente por la calle pasa una berlina tirada por caballos de reluciente azabache. El conductor lleva un traje corto y sombrero. Por entre las cortinas de raso oscuro, se divisa una mano femenina cubierta con guante de terciopelo negro que, con un pañuelo de hilo de Damasco, saluda a su Merced y contertulio. Es doña Manuela Gertrudis Tobal, viuda del General de Fronteras, Coronel Dn Evaristo Sañudo Leiva, familia tradicional santafesina y presidenta de la Cofradía del Niño Jesús. Iba a su trabajo apostólico, al Hospital de Caridad en su visita casi a diario. También hay otra manita que saluda, y es la de su nieto Carmelo de cinco años, hijo de su hija mayor La Niña Concepción Sañudo Leiva de Inchauspe Soler, casada, con el destacado letrado, Doctor, don Gabriel de la Dolorosa Inchauspe Soler.

Las campanas anuncian la hora del crepúsculo. Algunas carretas continúan su andar cansino para tomar el Camino Real y se cruzan con gauchos de a caballo. Un pescador pasa con su cosecha de bagres y sábalos. Varios candiles se encienden, una brisa suave de río, trae el rasgueado de una vidala campera. Se anuncia la hora del descanso.

Las matronas, ya entornaron sus persianas y los quehaceres de la cena cobran intensidad.  En uno de los fogones de la cocina, ‘ña María, viaja criada del Señor Cabildante Notario don José Manuel Monasterio Aldao, prepara en la olla de barro un humeante guiso criollo. Numeroso personal doméstico. ordena sobre la larga mesa del comedor, un fino y blanco mantel de Manila bordado, platos de porcelanas china, cubiertos de plata y copas de cristal francés, los botellones haciendo juego con las copas, contienen el rico vino en pequeños cascos de roble de Nancy importado de la cava familiar.




Al concluir la cena la cena, don José Manuel se marcha al salón de fumar y da lumbre a un largo cigarro de hoja cuyo aroma impregna todo el ambiente. Entre pitada y pitadas, hojea distraído sus papeles cabildantes. El joven criado Luciano, nieto de ‘ña María, golpea suavemente con sus nodillos en el marco de la puerta y con una leve inclinación deposita sobre la pequeña mesita de nogal una bandeja pequeña de plata con una copa de licor de menta. Las puertas del zaguán y de la entrada se cierran diligentemente con una enorme llave, por Filemón, el mayordomo principal, también criado desde pequeño por los padres de don José Manuel. Mientras todo esto sucede, las mujeres, ancianas, niños y criadas se reúnen en la habitación que da a la calle, las ventanas piadosamente cubiertas con las cortinas de ñanduti paraguayo. A la luz de los candelabros musitan el rezo de sus devociones, sentadas las mayores en mullidos sillones y arrodilladas las jóvenes sobre una gran alfombre persa, todas en torno a una imagen de la Virgen y el Niño, talla del Alto Perú, ricamente vestida y encerrada en una campana de cristal de Baccarat, sobre un sólido pedestal de madera labrada en cuyo en frente lleva tallada una corona de estrellas sobre un refulgente “Mater Dei”. Y a los pies de Nuestra Señora, un ramillete de flores coloridas.






Declina el día en la vieja Santa Fe, el croar de las ranas rompe el silencio. Un jesuita llega al portón del Convento de la Compañía con su pequeño atado de prendas y un báculo, golpea la aldaba y el hermano hospedero lo recibe. El visitante llega extenuado de su viaje misional en tierras de la costa de indios chúcaros y gauchos matreros. En su rostro, se enseñorea el cansancio de la jornada, su sotana negra polvorienta a media pierna, su faja y zapatos abotinados desgastados, el solideo un poco ladeado; en la otra mano el bonete congregacional. La conversación declina hacia el esfuerzo de caminar por los villorios perdidos, no importa qué inclemencia del tiempo se presente.

En las calles, vacías y lúgubres, se dibujan figuras fantasmales, ladridos de perros a los lejos y solo la silueta conventual se refleja sobre la Plaza Mayor. Un farol se sacude en la penumbra. La voz del sereno anuncia la primera hora de la madrugada.

Todo a la Mayor Gloria de Dios y bien de las almas de los fieles.
© Pepe Martínez  (o sea, mi papá), 2012