lunes, 2 de julio de 2012

"Por el cante de un gallego en las pampas", apertura sobre Camarón de la Isla




POR EL CANTE DE UN “GALLEGO” EN LAS PAMPAS

La crónica ha extraviado de dónde era. El acento y la música, lo certifican español. Aunque no se salvó del consabido apodo, me gusta imaginar que no sólo era de Sevilla sino, mejor, de Triana. Sé que caigo en el estereotipo, pero se me hace que llevaba pobladas las patillas, una sombra de barba hasta los pómulos y el cabello bastante largo en la nuca. Así, antes que verlo, lo siento a “El gallego”, el ordenanza de mi abuelo.

Mi abuelo se jactaba de haber entrado en la fábrica de “muchacho de pantalón corto”. En un cursus honorum impensable en esta vertiginosa modernidad, décadas de partirse el lomo le valieron la gerencia de la sucursal en esa capital de provincia donde el rigor del verano acobarda aún a las iguanas suicidas. Y tal como sucedía en ese entonces, la casa del gerente estaba pegada al banco o la fábrica. En este caso, en los altos, al fondo, después de la cuadra por donde entraban los camiones. Allí nació quien luego sería mi padre.

Ya muchachito, el autor de mis días y la gata Chuchi, entretenían la siesta pateando una pelota contra el paredón de la cuadra, el único lugar con sombra. Y le hacían compañía a “El Gallego”, que vivía ahí mismo, en una piecita asfixiante. Para escaparle al bochorno, sacaba una silla y se sentaba a ahorcajadas, apoyando los brazos sobre el respaldar. Y escuchaba flamenco, una y otra vez, en discos de pasta que pasaba en algo apenas más moderno que un fonógrafo, su único lujo. No es difícil arriesgar que las voces de Manolo Caracol, Antonio Chacón, Manuel Torre, Pepe Marchena o La Niña de los Peines, perfumaban con su queja la quietud pueblerina.

“El Gallego”, le enseñaba a mi padre sobre los palos del cante jondo: esto es una rumbita, esto otro un taranto… Presta atención a la seguiriya, ¡olé con esta alegría…! Y ahora viene lo mejor, una sevillana… mientras sus manos se hacían pájaros en el aire, evocando con nostalgia los bailes de su tierra, a la que siempre, por la Virgen de la Macarena, prometía volver.

“Cuando gane la lotería te voy a llevar” - le decía a mi padre – y nos la vamos a pasar en grande”.

Como muchos, había venido huyendo de los estragos de la Guerra Civil. Emigró pensando en hacerse un capitalito para regresar a darse una buena vida y finalmente, yacer un día a la vera de un olivo o un limonero. Como muchos, jamás volvió. No le alcanzó más que para unos palmos de tierra en esta distante pampa austral. No, no dejó hijos. Pero sí dejó semilla: los azahares de su música florecieron en el pecho de mi padre, que como suele suceder, se hizo hombre y formó una familia.

Y así llegué yo, su primogénito. Alguna nebulosa memoria aún conservo de la fábrica y la escalera de fierro verde por la que se subía a la casa de mi abuelo. “El Gallego”, ya viejito, alcanzó a conocerme. Siempre cuentan que cantaba cuando mi abuela me cambiaba los pañales arriba del mostrador. No es lo único que llevo bordado en el alma. Mi padre me inoculó su pasión musical. Ni mi madre ni mis hermanos entienden de este amor.

Para mis 30 años, pudimos cumplir el sueño trunco del pobre ordenanza. Con mi padre nos fuimos los dos solos a recorrer España. Fue una peregrinación, un emocionado homenaje a quien le debemos tanto. Recorrimos cuanto pueblito nos deparaban los caminos de la luminosa Andalucía. Íbamos sin mapa, sin otra brújula que nuestro deseo de estar allí. No dejamos colmao ni mesón por visitar. Nos atiborramos del aire y del sol, del vino y las tapas, en fin, del flamenco, arte si los hay.

En Cádiz, nos fuimos hasta San Fernando, la tierra de Camarón de la Isla. En el Cementerio, una estatua lo inmortaliza cantando sentado en una silla de paja, como hacía “El Gallego”, a la siesta. Con lagrimas de emoción, le dedicamos un “tanguillo”. Le cantábamos al gitano rubio, sí, pero también, le cantábamos a ese otro, que por obra de la música, finalmente descansaba en paz en su tierra.

En un día como hoy pero de 1992, un cáncer de pulmón se llevaba a José Monge Cruz, mejor conocido como Camarón de la Isla, cantaor mítico por su arte y su personalidad, que no sólo significó una auténtica revolución en el mundo del flamenco sino en la música contemporánea toda.

© Pablo Martínez Burkett, 2012