miércoles, 10 de abril de 2013

"Un barbero de manos temblorosas", apertura sobre Miguel de Molina








Durante años, tuve la fantasía de hacerme afeitar a la navaja. Supongo que el berretín me quedó de tanto ver películas de cowboys. Cosas de chico que siguen ahí, incluso cuando uno se hace grande. El caso es que un sábado, que andaba de cacería libresca por la Avenida de Mayo, me topé con un prometedor: “se afeita a la navaja”. El cilindro giratorio, rojo y blanco, era una invitación a viajar a la historia. Entré a la peluquería como preso de un hechizo. Los sillones eran blancos y verdes. En las vitrinas había frascos antiguos, de color caramelo. La “bocha” de los fomentos, coronada por un águila rampante, era increíble. En el aire, había olor a eucalipto.

Un viejito estaba de espaldas asentando la navaja en una correa de cuero, mientras un cliente, con la cara enjabonada y los ojos cerrados, aguardaba la celebración del rito. Cuando el barbero sintió la campanilla de la puerta, me relojeó desde el espejo y con acento castizo, me dijo: “Enseguida lo atiendo, joven”. Me senté a esperar, admirando los detalles. El local estaba atestado de cuadros con fotos, carteles de cine y teatro. Hasta donde pude ver, eran sobre alguna cosa de flamenco. Finalmente, llegó mi turno.

Mientras me aplicaba unas compresas húmedas y calientes para “abrir los poros”, don Calixto, que así se llamaba, se encargó que aclararme que no era gallego sino de Málaga. Que en la Guerra Civil española se había batido del lado republicano. Después, me pasó la brocha con un jabón aromático: Las manos temblorosas en la navaja, me hicieron dudar pero con movimiento experto fue dando cuenta de mi barba. Al mismo tiempo, emprendió un monólogo que sin dudas había repetido infinitas veces. Empezó a señalar las fotos. Todas pertenecían al cantor Miguel de Molina. Que esa de allí, está con el jopito bajo el sombrero y las camisas estrafalarias; que en esta acá, está saludando en el Teatro Avenida; que en aquella de allá, está recibiendo la Orden de Isabel La Católica. Juraba que eran del mismo pueblo, que habían crecido juntos. Que mientras él aprendía el oficio de barbero, “Miguelillo” hacía los mandados en un burdel. Como si fuera el mejor de los secretos, bajo la voz para revelarme que ya por entonces al chavalillo no le interesaban las mujeres. Y prosiguió, imparable. Que lo había visto debutar con El amor brujo, de don Manuel de Falla. Que por esas cosas de la vida, se fueron encontrando en Madrid y en Valencia, donde Miguel se labró gran fama como coplista, con éxitos como “Ojos Verdes, “La bien pagá”, “Te lo juro yo” o “Triniá”. Previsiblemente, me canturreó un poco de cada una. Que lo había socorrido cuando tres matones lo dejaron casi muerto de tanto pegarle por republicano y “mariquita”. Que se vinieron juntos a la Argentina. Que nunca entendió su retiro, tan temprano. Que lo afeitaba siempre, en este mismo sillón donde yo estaba sentado. Me contó tantas cosas más, que ahora, no puedo recordar.

Me puso agua de colonia y sonrió satisfecho. “Lisito como culo de bebé”, festejó con acento andaluz. “Así me decía siempre Miguel”, me dijo y repentinamente, se llamó al silencio, absorto vaya a saber en qué recuerdo. Le pagué y me fui. No sólo que había cumplido mi fantasía de niño: sin querer, me había sumergido en un pedazo de la historia de España, guiado por las manos temblorosas de un barbero.
En un día como hoy, pero de 1908, nacía en Málaga, Miguel de Molina, cantante que en su tiempo fue el artista de variedades más famoso de toda España. Por sus simpatías con el bando republicano y su orientación sexual, fue perseguido, golpeado y torturado por el régimen franquista. Era amigo de las cantaoras Pastora Imperio y Antonia Mercé "La Argentina", los poetas Federico García Lorca y Jacinto Benvavente, el torero Manolete y la propia Evita. La película “Las cosas del querer” está basada en su vida. Se exilió en la Argentina, México, Nueva York y nuevamente la Argentina, donde murió.
© Pablo Martínez Burkett, 2013