martes, 7 de mayo de 2013

MITOLOGÍA DEFICIENTE - FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES - ZONA FUTURO




MITOLOGÍA DEFICIENTE


“Canta, oh diosa, la determinación de Fatua,      
hija de Hermes; determinación que le ocasionó  
 infinitos males y la precipitó al Hades para luego
 resucitar llena de colorido fulgor, enervando la   
envidia de náyades y ninfas”.                            

Ilíada apócrifa – Fragmento hallado en un friso


Los antiguos dioses griegos se habían resignado. Si no fuera por alguna transitoria resurrección hollywoodense, ya nadie los recordaba. Habitualmente se consolaban haciendo bromas sobre los dioses asirios y caldeos: esos sí que estaban arrumbados en la bruma del olvido. Y si los antidepresivos no habían sido del todo eficaces, se daban ánimos paladeando el infortunio del panteón mexicano: ¡Qué escándalo! ¡Los dioses de los vencidos, convertidos en demonios de los vencedores! Así pasaban las jornadas, en la cínica apatía de saber que silogismos tan frágiles no podían disimular la caída. Porque a nadie se le escapaba que la declinación no era de ahora. El primer expolio fue a manos de los pérfidos romanos que directamente se apropiaron del Olimpo. En principio, no era algo para quejarse, salvo porque les cambiaron todos los nombres. Es como si a usted, que se llama Rodolfo, en lo sucesivo lo conozcan por Ricardo. Incómodo, pero por lo menos, seguían siendo los mismos. Después llegó la infamia de la cruz y la media luna y ahí sí la cosa se puso espesa: cristianos y musulmanes les robaron la poca clientela que quedaba. Más tarde, por culpa del racionalismo de la Ilustración, el saqueo fue masivo y ya no se respetó credo alguno. Y desde algo menos de dos siglos, con el ateísmo marxista fue el acabose. Pobres dioses griegos, tan faltos de devoción. Tan escarnecidos de cariño.

Pero cuando el ocaso se abismaba por una grieta vertiginosa, sucedió lo inverosímil. O tal vez, quién sabe…

En este aspecto, los cronistas metidos a hagiógrafos no terminan de ponerse de acuerdo. Unos dicen que fue un signo de fastidio. Otros, la más cabal demostración de poderes apolillados. Los menos arriesgan que fue un acto deliberado. Pero como nunca sabremos qué guía el designio de los dioses, sólo nos queda sumariar los hechos y que cada quien saque su conclusión sobre la insondable voluntad divina. He aquí lo que creemos pasó.

El dios Pan (llamado Fauno por los pérfidos romanos), el mitad hombre y mitad macho cabrío, el dios de la fertilidad y del sexo salvaje, el de la flauta, hacía rato que reclamaba su jubilación. Ya no estaba para andar correteando ninfas por los bosques. Tras el reverdecer medieval que le significó la adoración de brujas y otras mujeres igualmente lascivas, ningún aquelarre le parecía suficiente. Los dioses concertaron su relevo y convocaron a Hermes para que pecara una vez más con la hija del rey Dríope a fin de engendrar a un juvenil fauno. Guiados por la desesperación de llegar a un público más numeroso, el concilio divino decretó que el flamante integrante del Olimpo se suscitara en el Nuevo Mundo, más precisamente, en estas pampas australes. Y fue así que el retoño de la divinidad nació en Buenos Aires.

Quizás no se observaron los ritos propicios o quizás los dioses no le prestaron demasiada atención a esa abominable modernidad del ADN, el caso es que en lugar de un rozagante y brioso fauno, salió… bueno…lo que ven aquí. 




Las ninfas de este lado del Río de la Plata, tan dadas a la maledicencia, enseguida la bautizaron. Le pusieron “La Gorcha”, porque era gorda y groncha. Y la discriminaron a más no poder. Los faunos subalternos y sus hermanos, los sátiros, tampoco la quisieron. Y no obstante los agravios fueron en aumento ninguna plegaria de la semibestia recién nacida pudo torcer el favor de los dioses, quienes como de costumbre, se desentendieron del asunto. Después se quejan de la falta de prosélitos: si así hacen con su simiente, qué dejaremos para nosotros…

Frente a panorama tan desolador, la Gorcha, quiero decir, la pobre Fatua, que así se llamaba, quiso ser otra, quiso ser enteramente humana. Pero no cualquier humana: quería ser alguien importante en la vida de los hombres. Acomplejada por su deformidad mitológica, los ensayos y experimentos fueron por demás de feroces, sin miedo al ridículo ni resguardo de su porte robusto. La mayoría de los detalles se han olvidado, unos pocos perduran como testimonio de su extravío.

Evoquemos aquí cuando se le ocurrió rebanarse una de sus patas de fauno con una motosierra y se disfrazó de Anne Bonny, una pirata del Caribe que desplegó sus correrías hacia 1700. 



Engalanada tal como aquí la ven se apareció a finales de los 60’ en una vernissage de la Galería del Este. Y aunque para los dioses unas cuantas centurias no son sino una brisa, para los mortales el anacronismo fue harto elocuente. Es que la presencia de una bucanera del Siglo XVIII era un absurdo por donde se lo mire, aún para los hippies atorados con drogas psicodélicas. Para mayor desgracia, el vestidito de encaje y moñitos apenas si podía contener la aglomeración de rotundidades y las medias de red le daban un aspecto de salchichón decadente. Pintada como una puerta, un parche había reducido sus ojos celestes a una mirada de cíclope. Y por más que entre los asistentes se paseaban otros con análogo derroche de esnobismo, el tricornio era demasiado, aún, para la turbamulta que esa noche se peleaba por un ínfimo canapé y todos, todos, se burlaron de la pobre Fatua y su berretín por ser alguien verdaderamente importante en la vida de los hombres.

Y si bien se llamó al orden por un tiempo, no era de rendirse fácilmente. Además, el médico de un barco sueco, cuyo fervor supo aquietar una siesta, le remendó la pata y con un castellano defectuoso la persuadió de que mediante prueba y error se construye el avance de la ciencia. En una mente un poco menos peculiar hubiera sido una exhortación a obrar con prudencia. En la Gorcha, fue una invitación al desborde.


Y ya que hablamos de desborde, es menester saltearse algunas imágenes del recuerdo para focalizarnos en un evento que casi resultó fatal. Bueno, fue fatal. Si hasta la cargaron en una ambulancia y la llevaron a la morgue. Los forenses no sabían qué hacer con eso que yacía descangallado sobre la mesa de acero inoxidable y de no ser por una intervención del piadoso Zeus, la pobrecita hubiera terminado flotando en formol, embutida en un frasco gigante del Museo Forense de la calle Junín. Las ninfas tuvieron la culpa. Con aquella injuria temprana labraron la tragedia. Ella no era groncha: cultivaba una estética alternativa. Y no era gorda: era entradita en carnes. La necesidad de demostrarle a esas traidoras de cuerpos gráciles y cabellos espumosos que también podía, la encontró subida a la rama de un árbol mientras tomaba coraje. En el colmo del delirio, creyó que una Pelopincho desierta era la pileta olímpica de Londres 2012 y con la gracia de un hipopótamo, se tiró un clavado que terminó con una onda expansiva que dejó el natatorio destrozado, los vidrios rotos y a la malograda aprendiz de ninfa con el cuello roto. 




Sí, la Gorcha se desnucó. Abrupto final para el sueño de ser importante en la vida de los hombres.

Zeus, el padre de los dioses, consideró oportuno alterar el orden natural y ofició el milagro de traerla nuevamente a la vida. Y ya que estaba, padre al fin, hizo un poco de trampa y la devolvió bastante más agraciada. Pronto se arrepintió. A esta altura resulta ocioso distinguir si fue falta de oxígeno en el cerebro, resentimiento o mera fatalidad: Fatua había enloquecido y la determinación de ser alguien importante en la vida de los hombres se volvió una obsesión excluyente. Dicen que finalmente encontró su destino. Dicen que la vieron hace poco por la Avenida de Mayo. 




Anda recolectando clientes con los mismos colores estrafalarios que solía usar pero con un mejorado composé. El vestidito le queda espectacular con piernas tan humanas, tan glorificadas por unas medias de red homicidas. Completando el atuendo, sale a la calle con un antifaz, un paragüitas irisado y unos zapatos de plataforma en reemplazo de las botas corsarias. Ahora que digo reemplazar, creo que omití mencionarlo: igual que en su momento el dios Pan, la sarmentosa Átropos (Morta, según la llaman los pérfidos romanos) se había jubilado. Anoticiada del retiro, nuestra heroína hizo valer su derecho y reclamó el puesto. Hartos de plegarias insatisfechas, los dioses se lo concedieron. La Gorcha estaba feliz con su nuevo empleo. Eso sí, para ir a trabajar nada del preceptivo negro, ni la guadaña ni la sonrisa desdentada. La Gorcha estaba inmensamente feliz con su nuevo empleo. Porque la Gorcha se había convertido en la Parca. Finalmente, había logrado su cometido. Finalmente, era alguien importante en la vida de los hombres. 


© Pablo Martínez Burkett, 2013


Este es el texto que leí en la Feria del Libro de Buenos Aires, el 30/04/2013, en Las mil y una miradas - Breves historias fantásticas de la Zona Futuro. Las dos primeras imágenes son de Adriana Dos Santos y las dos segundas, de Mica Hernández. Ambas artistas las han cedido gentilmente para publicarlas en este blog.