martes, 26 de noviembre de 2013

OCIO TERMINAL

                                                       
                                           Necesitamos desafiarnos todo el tiempo a fin de
                                                    fortalecer el carácter y aumentar la inteligencia.

                                                                       H. G. Wells, La máquina del tiempo



El ocio nunca fue buen consejero. La filosofía y las religiones, más tarde la literatura y las películas abundaron en prevenciones. No obstante, el progreso tecnológico permitió la despoblación de fábricas y servicios. Luego, la robótica suplantó oficios y profesiones y ya no fue necesario esfuerzo alguno para procurarse el pan. Con millones sin nada que hacer estalló la industria del entretenimiento. Las consolas tradicionales incorporaron juegos con algoritmos de una sofisticación inusitada. Pero fue insuficiente. Se adicionaron ilusiones holográficas, imprimaciones sensoriales, pero tampoco alcanzó. Urgidos por el clamor popular, los científicos transmutaron drogas que suscitaban alucinaciones colectivas para los juegos de rol pero el furor por lo nuevo duró poco. La población reclamaba emociones más intensas. Finalmente, llegó algo innovador: los viajes en el tiempo. Pese a la poca cordura imperante, por ley se prohibió viajar al pasado. Con una multitud de turistas desbordando las estaciones de trasbordo, la probabilidad de provocar una paradoja era muy grande. Pero aunque las penas eran de una severidad extrema, sucedió lo peor. Improvisación, venalidad, indolencia, lo mismo da. Un grupo de siete viajó al pasado y alteró la historia. De regreso, los pocos sobrevivientes sufrieron la drástica modificación de todo el entorno planetario y quedaron atrapados en un vórtice a punto de colapsar. Desahuciados, intentaron enviar una señal de auxilio. Eligieron transmitir en la frecuencia del hidrógeno neutro por ser el elemento más abundante del universo. Si existiera una civilización inteligente, si elevaran sus ojos al cielo, si dispusieran de naves interestelares... No estuvieron del todo errados y en un diminuto planeta azul de un no menos diminuto sistema solar se captó una señal de origen desconocido. Fueron sólo 72 segundos. Los intentos posteriores de rastreo fracasaron y quedó como el enigma WOW. El radio-telescopio del Programa SETI fue incapaz de distinguir que en el extremo oriental de la constelación de Sagitario un tifón temporal se había devorado a los alienígenas buscadores de emociones.



© Pablo Martínez Burkett, 2013

El presente relato fue publicado en el #131 de la Revista digital miNatura dedicada al Universo Bradbury