viernes, 13 de junio de 2014

EL REGRESO DE LA CRISÁLIDA (XXVIII): El llanto de Milena


No se acerque a ella, señorita. En el estado en que se encuentra, no podría soportar más de una persona a la vez.
Sheridan Le Fanu
Milena, aquella incorruptible que debía vigilar todos los movimientos de la pequeña Ikito había fallado. Y de una manera estrepitosa. O peor aún, lasciva. Porque la Sombra de Madre había sucumbido al llamado de la carne. Las mellizas Lursa y Betor habían pagado con su vida el éxito de la celada pero el recuerdo del goce aún le erizaba la piel y eso era, en definitiva, lo que la llenaba de tristeza.
Podría haber inventado una coartada, una excusa razonable. Hasta podría haber huido. No quedaban testigos de su claudicación. Pero se presentó ante Madre y contó todo, tal cual como había sucedido. Sin ahorro de énfasis alguno, relató detalladamente la persecución, el fuego engañoso y el otro fuego... Madre escuchaba con espanto, Luana, con desinterés. Yo no podía dejar de imaginarme la escena, con las tres mujeres entregadas al desenfreno. Por un instante, añoré mis épocas como simple mortal.
La seca voz de Madre me sacó del lúbrico ensueño. Las palabras “decepción”, “responsabilidad”, “castigo” sonaban como latigazos y el eco amplificaba su íntima significación. Milena asentía sin siquiera levantar la cabeza. Tuve piedad por ella, su final ignominioso era inevitable. Madre llamó a algunos de los miembros más destacados de los Doce Clanes. No quería citar al Consiliul porque los Hijos del Sol Negro no estaban del todo pacificados y revelar que Ikito y sus experimentos con la moxibustión estaban fuera de control traería mayor disenso. Los cinco pater familae más sensatos acudieron de inmediato a la convocatoria. Luana ofició de fiscal. A mí me tocó esbozar una lábil defensa. La enunciación de las pruebas fue contundente. Milena declinó su derecho a tener la última palabra y el veredicto resultó unánime: debía ser decapitada y su cuerpo, quemado. El Cancerbero de Madre apenas si parpadeo al oír la resolución condenatoria.
Mientras se daban las órdenes finales Luana pidió hablar. En su condición de fiscal de la causa invocó un nebuloso derecho a pedir la conmutación de la pena. Se hizo un silencio siniestro. Los pater ya habían decidido por aclamación que debía ajusticiarse al reo pero la dejaron avanzar con su alegato. Con absoluto dominio de la situación, Luana consideró que no eran tiempos de sacrificar a un colaborador fidelísimo como Milena. Pero más importante aún, subrayó que cumplir con la ley de la Hermandad de la Noche sería amplificar los efectos del ardid de Ikito. Y que en vista de que se trataba de una cuestión urdida por la mafia china y la sagacidad nipona, proponía se aplicara un antiguo escarmiento oriental: el Yubitsume. Ante el desconcierto generalizado, explicó que era un ritual propio de los Yakuza, la mafia japonesa y que consistía en la autoamputación del dedo meñique, en señal de castigo y sincera disculpa.
Hasta a mí me pareció una permuta bastante irrisoria. Pero todavía quedaba lugar para el toque fastuoso: Luana planteó que Milena se rebanara un meñique y que, con la mano sangrando, desfilara por el medio de una doble fila de Criaturas de la Oscuridad. Los vampiros no bebemos la sangre de nuestros hermanos, pero la sangre es la sangre y su efusión puede provocar un ataque colectivo. Los jefes miraron a Madre, que se quedó un momento reflexionando. Finalmente, ordenó que así se sea y se requirió la presencia de una veintena de hermanos.
Alguien alcanzó un oportuno cuchillo. Milena se sentó y puso el meñique izquierdo sobre la mesa. Asentó el filo sobre la piel, sopesando su destino. El golpe fue certero. No hizo ni una mueca y con la mano chorreando sangre, se levantó y empezó a caminar por la calle de vampiros revolucionados que la aguardaba. Aunque hubo exhibiciones de colmillos, palabras hostiles y hasta acercamientos peligrosos, nadie agredió a la condenada, que llegó al final del patíbulo dejando un reguero pero íntegra.
Pronto todos se dispersaron. Madre también, no sé si enojada o aliviada. Milena se quedó en el centro de la estancia, sin saber qué hacer. Luana se acercó, la miró, le apoyó la mano en el hombro y se fue.

Y entonces Milena lloró desconsoladamente.
© Pablo Martínez Burkett, 2014



Este es el vigésimo octavo capítulo del folletín por entregas "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA", que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada" y (27) "Gambito".