lunes, 22 de junio de 2015

EL AUTOR INVITADO: Gerardo Noseda


LAS CHICAS DE ANASTASIO


Anastasio tenía un secreto que no revelaba a nadie, pero que alimentaba las más intrincadas fantasías. Sus amigos respetaban ese silencio, aunque cada tanto, en las peñas, medio en broma medio en serio, tanto chicas como varones ironizaban sobre su buena suerte con las mujeres.
Porque Anastasio, desde hacía unos años, se aparecía en las peñas con una amiga nueva. Todas extranjeras, todas bellas y muy simpáticas. Decía que eran estudiantes de intercambio a las que daba albergue en su pequeño departamento, y que llegaban a él gracias a los contactos surgidos durante sus numerosos viajes por el mundo. Viajes de los que hablaba poco y de los que no había ningún registro fotográfico.
Durante cinco años la rutina fue la misma. Recibía a una muchacha en su departamento, la presentaba en las peñas, y durante doce meses se convertía en una más de la barra hasta que volvía a su país y Anastasio aparecía con una nueva.
De esta manera fueron presentadas Ane, Zwoe, Tine, Tésera y Tinti, todas muchachas que hablaban con un ligero acento el español, y que coincidían en el pálido semblante, sonrisa enorme y unos ojos oscuros pequeños pero penetrantes.
Tal era el parecido entre ellas que podrían haber sido hermanas, aunque nunca dieron indicios de conocerse entre sí.
Lo que no pasaba desapercibido para el grupo era que la salud de Anastasio, con cada nueva estudiante que presentaba, desmejoraba notablemente. Era un joven alto, de nariz ancha, ojos claros y mandíbula firme. Cuando trajo a la primera chica, lucía sobre su cabeza una abundante cabellera castaña y músculos marcados, objeto de las furtivas miradas masculinas y femeninas. Cinco años después se había convertido en un vegetariano militante, ya no tenía cabello, su comportamiento era cada vez más distante, y se le veía muy delgado y demacrado. Nadie asoció este deterioro con la aparición de las mujeres que además, con cada arribo, terminaban provocando notorias alteraciones en las costumbres del grupo.
Los primeros meses la manada se revolucionaba y las hormonas desencadenaban comportamientos inverosímiles, hasta que un macho dominante se hacía con la atención exclusiva de la muchacha y comenzaban a salir con ella por fuera del grupo.
De a poco el muchacho dejaba de frecuentar las peñas. No así la joven, que continuaba participando de las tertulias aunque con una frecuencia menor a la inicial, pero manteniendo intacta la complicidad con las chicas y la admiración de los hombres.
A medida que transcurría el tiempo, la joven tomaba mejor color, sus formas se volvían más sensuales y su simpatía el doble de arrasadora. En cambio el muchacho iba cayendo en el olvido, y ya nadie reclamaba su presencia durante las salidas semanales ni en las redes sociales. Para noviembre no recordaban su nombre, y para diciembre era como si no hubiese existido nunca.
Cuando los peñistas repasaban las fotos del año, en su lugar veían sólo una mancha borrosa, y la justificaban hablando de fallos de la cámara o culpando de impericia al fotógrafo. En cambio la muchacha lucía radiante en todas ellas, sonriendo con su boca enorme, atestada de dientes blancos, y con los ojos fijos en la cámara. Resultaba difícil sustraerse a esa mirada que parecía trascender las luces y las sombras del mundo, que lanzaba ganchos invisibles a la cara de quien osara mirarla fijo, obligándolo a no apartar la vista, a no respirar, a entregarse a su misteriosa voluntad.

Un día Anastasio desapareció, y a nadie pareció importarle. Víctimas de un brusco desinterés, las reuniones fueron espaciándose en el tiempo y finalmente el grupo se disolvió. Cada cual hizo su vida, forjando nuevas amistades o simplemente volcándose de lleno a sus familias y olvidándose del resto.
Lo único que permaneció, atestiguando un pasado ilusorio, fueron una serie de fotos cubiertas de manchas. Y la incómoda sensación de conocer de algún lado a aquella muchacha que, en un restaurante cualquiera, hablaba con un gracioso tono extranjero, concentrando la atención de toda la mesa, sonriendo con esa enorme boca repleta de dientes blancos como la luna llena, mientras un joven calvo de ojos claros, nariz ancha y extrema delgadez miraba en todas direcciones, angustiado, como buscando ayuda.

© Gerardo Noseda






Gerardo Noseda (Santa Fe, 1969) escribe desde la adolescencia para sí mismo y para quienes quieran leerlo. Integró el taller literario de la Escuela Industrial Superior, allá por los lejanos 80s. Nunca publicó. Luego de una pausa de décadas donde se dedicó a estudiar ciencias informáticas, decidió retomar la escritura apoyado por un grupo de amigos con los mismos intereses. En estos momentos se encuentra embarcado en la escritura de varios cuentos para adultos y una novela de fantasía dirigida al público adolescente (sin niños magos ni elfos ni dragones).


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