viernes, 16 de noviembre de 2018

EL AUTOR INVITADO: Alejandro Leibowich


LA VICTORIOSA Y EL BUSCADOR DE ESTRELLAS
(fragmento)
“Un astrolabio es un antiguo instrumento astronómico que permite determinar la posición y altura de las estrellas sobre el cielo.”
“El sufrimiento y la sensibilidad del ser humano están sujetos y condicionados directamente a su verdad. Su verdad es lo mismo que decir su raza, su sexo, su edad. (...) Podía entender atendiendo a tantos padecientes, leprosos del alma, que el dolor “exquisito”, ese que no se puede tolerar pero tampoco comprender, localizado y focalizado es el más certero e inevitable, es la no vida.”
Imhotep (aprox. 2690 - 2610 a.c)- Tratado médico de las sombras reales
El Cairo, Al-Qāhira “la fuerte”, “la victoriosa”.
La arrugada mano abre el adminículo, se extiende, busca una guía. Pero hay un norte, un sur, un este y un oeste. Cierta geografía, la cartografía de las estrellas, debería aprender que toda subjetividad marca un curso válido.
El calor era insoportable por lo recurrente. Se generaba estática en todo lo que era transmisor de energía. Recibí un golpe eléctrico al entrar al taxi central. No señor, no nos quedan más esos cigarrillos, y acá esto no se consigue, no es Jordania. Sophie estaba en la esquina, el bar de Safí se aseguraba clientes. Pero si algo bueno produce el estímulo de la belleza, es que asegura la capacidad de asombro. Esa manera de seguir siendo niños sin ser tan niños. Ella ya estaba entrada en años, por las quejas, por ciertos abusos, por el saberlo todo. Tenía 24 años y no podía evitar sentir el olor de la habitación especial. La de invitados, humedad, y su amnesia voluntaria. ¿Cuántas veces habrá visto Abubakar esa misma película? En la calle el sol quemaba con sus ojos impiadosos y, los ojos de una forma de tiempo, los siniestros de un tipo de diálogo y una cotidianeidad hecha fuego. Estás leyendo un gran incendio, y todavía no lo notaste, sí, a vos te hablo. “El jeque blanco” se proyectaba en la pared, y ésta le agregaba todo: grietas, inercias y mancillados a las tomas originales. La muerte del autor no existe, pensó Abubakar. Fellini se reproducía por enésima vez desde 1952. Alberto Sordi actuó sin su voluntad en todas las reproducciones. Porque esa película hace tiempo que no pertenecía a Fellini, y hacía tiempo que Sordi no pertenecía ni a sí mismo. Sin embargo, ahí estaban. Es la película preferida de Eti y Abubakar, pero a ella mucho como que no la quieren por ser extranjera. Por lo tanto, su opinión y su juicio tampoco valen gran cosa. Te decía que la muerte del autor es un error de concepción en una época en que deseaban la muerte de todo, en un país culpable, con conciencia no visible. Su lado oscuro, el lado oscuro de su culpa, tenía mucho lodo y sangre. El lado oscuro de su Luna. París es siempre bello, por eso es París, donde las luces siempre brillan. El mismo lugar que tiene a los Champs Elyseés y un vasto cementerio romano que le hace de suelo a un ingenuo paseante comprador de croissant, su perro Toto y a la dinámica de la vida burguesa. Te hablaba a vos, Sophie, no te había olvidado, y dejaste la pava silbadora para medir el tiempo. ¿Qué tiempo? ¿Qué entendés por tiempo, Sophie, si él parece que no te entiende a vos? Tome dos de esas pastillas y lea el prospecto. Dicen que construirán más altos esos dos edificios. La ciudad vieja, la ciudad museo se muere. Se repite mucho algo cuando es una especie de sufrimiento. La queja alivia. El obrero dio tres martillazos y se pegó en un dedo, insultó en árabe. Habría que tomar en cuenta el ritmo circadiano mi amigo. Mis colegas europeos traen las nuevas. Lo suyo no es nada grave. Tómese un descanso. Me tomaré varios descansos al mismo tiempo. Te volvía a hablar de la muerte del autor. En una obra el autor nunca muere, hay una cuestión semiótica ahí. Barthes estaba equivocado. Los signos, cambian por el intérprete, cambia el mensaje, cambian las vistas y relecturas. Todo cambia en toda aproximación a algo. Sobre todo a lo hecho por un ser humano. Pero eso no necesariamente implica la muerte. La semiótica es el estudio de los signos.
Pero en un momento, Abubakar, entre tabaco, un narguile importado y tres vasos de agua, se sintió mal. Empezó a caminar por la habitación a paso de sonámbulo.
—Me duelen los brazos, me duelen los brazos y no tengo fuerza…
Se sentó cerca del teléfono sin saber bien qué hacer ni a quién llamar. ¿El médico? “La medicina es el arte de acompañar al sepulcro con palabras griegas y latinas.” pensó. ¿Eso cambió mucho desde el iluminismo? Se recostó, en esas camas que parecen para gente mucho más baja que la que tiene estatura normal. Es que son camas antiguas, de cuando la gente, era realmente más baja. La nueva mañana no se encontró con él. Abubakar tenía un gesto vago, la mirada ausente, los párpados crispados. Sería bueno pensar y sería justo, que lo último que tuve en mente fue una imagen de Eti. ¿Qué es una idea o recuerdo, sino una imagen? Eti desde lo onírico habrá sonreído, se iluminaba más cuando lo hacía. Le daba sentido a…bueno, no todo tiene que esperar un sentido. Él ya está cruzando el río, las monedas del piadoso suelen ponerse sobre los ojos asegurando un buen viaje. Isis, Osiris, ¿qué importa? Nada.
“Parte de la medicina que estudia los síntomas de las enfermedades, los cuales constituyen el instrumento de trabajo que permite apreciar la situación clínica de un enfermo y establecer un diagnóstico.”
Nada, signos, translitera los sueños.
Un oasis es una ausencia de estado. Ayer estuve en el mercado, pero la ciudad estaba desierta. Lo que se busca y no es encuentra, yo estaba, pero yo en mí o sea lo que soy, era no presencia.
— ¿Ahora me entendés? —dijo Sophie— mostrando una síntesis de elocuencia.
Safí se rascaba la cabeza. Pensaba en las ganancias de la noche, y en que tal vez las prostitutas eran grandes filósofas. Empezando por Cleopatra. Safí se golpeaba el vientre, satisfecho de sabe quién qué cosa. Mientras Sophie siga siendo atractiva, tengo asegurada esa entrada. Los valores, ¿qué son los valores? ¿cuáles valores? Salgan de acá mugrosos, vayan a jugar a otro lado, tengo que cuidar la puerta. Paso acelerado, y los cuatro amigos ya estaban a dos cuadras, se corre muy rápido cuando tenés 14 años o menos.
© Alejandro Leibowich



Alejandro Leibowich, músico y escritor platense. Estudió composición y música en la UNLP, Gilardo Gilardi y estudios particulares. Tiene a cargo un blog llamado ANECDOTARIO URBANO. Se lo puede encontrar en las redes sociales y su email es: alljazz@hotmail.com.


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