lunes, 18 de junio de 2012

"Juego de niños", apertura sobre la Batalla de Waterloo





JUEGO DE NIÑOS

Honestamente no sé muy bien cómo pudo suceder. Escribo esta carta por si alguien la encuentra y se puede organizar el rescate. Lo hago a las apuradas, porque presiento que está por engullirme otro remolino.
Mili, mi hija, tiene tres años. Le encanta andar con su triciclo. Cuando llego de trabajar quiere que la persiga alrededor de la mesa. Los espacios en el departamento son mínimos así que más que una persecución, parece una carrera de obstáculos. Mi mujer protesta porque rayamos los muebles, pero es el único momento del día que tengo para estar con ella. La nena pedalea y ríe feliz. Y yo, en cámara lenta cual “Hombre Nuclear”, finjo que le doy alcance.

Una de estas noches, mientras representábamos nuestro numerito, se frenó y me dijo: - ¡‘perá papi, que hay que abrir la puerta! Y haciendo que giraba un picaporte invisible, pasó el triciclo ... yo le seguí la corriente y crucé con sigilo.

En los días siguientes, el carnaval familiar se repitió exactamente igual. Bueno, igual lo que se dice igual, hasta principio de semana. Después, no sé qué decir.

El lunes, me esmeré haciendo ruidito de gozne herrumbrado. Tras abrir la puerta imaginaria iba a retomar la cacería, pero Mili me dijo: -¡No, papi, cerrá antes de que se escape el gato! Me disculpé por desconocer esta regla y continuamos. Sin embargo, algo extraño empezó a ofuscar mi mente. Una vez había leído sobre un experimento con un gato que permanece en una superposición de estados posibles. Para saber si el felino está vivo o muerto, es preciso abrir la caja. Es un problema de la física cuántica que este humilde oficinista no puede resolver: Por suerte, la legítima nos llamó a comer y me olvidé del asunto. ¡Qué error!



Porque hoy estábamos con la nena en medio de nuestro ritual. A la tercera vuelta, pasé a través de la abertura invisible y de repente, fui sumergido en un relámpago de luz. Con una nausea feroz aparecí en medio un paisaje desconocido. El aire atronaba a puro cañonazo. Soldados atacaban con bayonetas y sables ensangrentados. Hasta donde me llegaba la vista, estaba dentro de una batalla gigantesca. Todo alrededor era humo, descargas de fusiles y retazos carmín que florecían el pecho de los combatientes. Pensé que me había golpeado la cabeza y estaba alucinando. Pero cuando un infante malherido cayó a mis pies, el sueño se hizo demasiado real. En el colmo de mi locura, el pobre hombre hablaba en francés pero yo era capaz de entenderlo. Así supe que pertenecía a la Guardia Imperial de Napoleón Bonaparte.





Paralizado por el miedo, no atinaba qué hacer. Pero la batalla no se detenía y la tierra empezó a temblar. Alcancé a ver que todo un ejército se nos venía encima al galope tendido. El pobre franchute se abrazó a mis tobillos y consiguió a musitar que “la Guardia muere, pero no se rinde” y entregó su espíritu. No era el momento para averiguar por qué podía comprender el idioma así que, desesperado, busqué guarecerme de la carga de la caballería prusiana. No podía creer lo que me estaba pasando. Me arrastré entre el barro hasta una edificación derrumbada. Empujé la puerta arrasada por la metralla y aparecí otra vez en mi casa, gateando bajo la mesa. MI hijita me miraba con ojos de asombro. Justo entraba mi esposa para reclamar que fuéramos a comer de una buena vez y al verme así, se le atragantó el reto: Igual no perdió la oportunidad y me recriminó: ¡mirá cómo te ensuciaste por jugar con la chica. Ya no tenés edad! Y anticipando una ronda extra de lavarropas se fue hecha una furia.

Por eso escribo esta carta. No es un pedido de auxilio, es una advertencia sobre el vórtice maligno que se ha adueñado de mi living. Ojalá alguien sepa cómo cerrar el portal y rescatarme. Sospecho que es inminente otra zambullida en el torbellino de los universos paralelos. Voy a extrañar mucho a mi hija. Me aguarda el horror. Quizás ya sea uno de mis futuros.




En un día como hoy, pero de 1815 tuvo lugar en Bélgica, la Batalla de Waterloo, combate entre las fuerzas francesas al mando de Napoleón Bonaparte y una coalición de tropas británicas, holandesas y alemanas, comandada por el Duque de Wellington. Poco faltó para que el Gran Corso se llevara la victoria, pero finalmente, fue derrotado, perseguido y deportado a la isla de Santa Helena, donde murió seis años después.


© Pablo Martínez Burkett, 2012