lunes, 11 de junio de 2012

"Una de coboy", apertura sobre John Wayne





John Wayne



No sé cómo no salí primero. Me parece que me demoré demasiado practicando en el espejo del baño. Quería asegurarme esa mirada entrecerrada e impasible. O quizás fue el último retoque al sombrero. Si iba a morir, que fuera con estilo. Llevaba además un pañuelo al cuello, con el pico un poco ladeado para adelante, una camisa azul grisácea y un chaleco de gamuza. Un cinturón canana del que colgaba la pistolera, atada con un cordón a la pierna derecha. Y un guardapolvo hasta los tobillos, con los faldones pasados a la espalda. Las botas las había heredado de mi padre.

Mientras recorría el zaguán, en el tintinear de las espuelas encontré un poco del coraje que me venía faltando. Justamente mi padre siempre me decía: “No hay que evitar el miedo, el asunto es poder dominarlo”. Y no es que no me tuviera fe. Sabía que sacaba más rápido que cualquiera. Todos lo sabían. Malhechores, apaches y renegados. Era el más veloz del Lejano Oeste. Y no tenía rival haciendo fantasías antes de enfundar. Pero con todo, no me podía quitar esa sensación de vacío en el estómago.

Soy el más rápido, sí, pero por las dudas, desde que se anunció el duelo, había estado haciendo flexiones de brazo con un ladrillo para mejorar la velocidad. Cuidé todos los detalles que aprendí imitando a los grandes maestros. Si hasta había limado un poquito la mira, para que no se trabara en la funda. ¡Mi revólver! La posesión de arma tan real me ha traído mayor fama. Es un Colt Navy calibre 36, con siete marcas en las cachas de madera. Sí, siete. Cuatro de un lado y tres del otro. En un rato, espero poder emparejar la cuenta. No creo que haga falta aclarar que todas esas muertes fueron en legítima defensa. No es algo de lo que esté particularmente orgulloso. Pero en la Frontera un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. No hay lugar para los débiles.

Mi rival, el “Manco”, me remueve de mis pensamientos con un grito impaciente: ¡Hondo, te estoy esperando! Siempre fue un estafador. No tiene honor. Lo detesto. Nunca debí aceptar el reto. ¿Pero cómo negarme? Uno goza de una reputación que hay que cuidar.

Llegó el momento, salgo a afrontar mi destino. El viento caliente de la siesta me recibe como un sopapo. Como me demoré, el otro ya eligió lado y me da el sol en la cara. Estoy seguro de que lo hizo de puro bruto. De esto no sabe nada. Pero igual debo ser cuidadoso, no sólo para no encandilarme sino porque a esta hora, las distancias parecen más largas 

Voy caminando con estudiado movimiento de caderas. Le paso al lado casi sin mirarlo, y a propósito, taconeo más fuerte como en una marcha fúnebre. Cuento los treinta pasos de rigor y me doy vuelta, altivo, íntegro, desafiante.

El “Manco” me aguarda con su cara de gato. Está mal vestido. Ese sombrerito ridículo no sé de donde lo sacó. Y el revólver… es una porquería, parece de juguete. Sin embargo, se da aires de suficiencia porque trajo la barra para alentarlo. Seguro que va a hacer trampa.

Alcanzo a ver unos movimientos inquietantes en el tejado. Creo que es la sombra de un Winchester 44-40. Sí, sí, es un rifle. Pero no puedo distraerme y vuelvo la atención a mi contrincante. Estamos en el medio de la calle, frente a frente. El gentío prudentemente se guarece en las casas. El “Manco” intenta una mueca de desprecio pero lo conozco, está asustado. Tiene la boca seca. Abre las piernas al compás y lleva la mano cerca de la pistola. Mueve los dedos como si tocara la guitarra.

Me cuesta respirar. Bajo lentamente mi brazo. Desde algún lado creo escuchar la melodía de una trompeta triste. Miro a mi retador con recelo y trato de atisbar la traición tras las cortinas. Pronto habrá olor a pólvora en el aire y uno de nosotros se habrá ido para siempre.

Los minutos de espera se hacen interminables. Por fin, el reloj de la plaza empieza a sonar. Es la señal convenida. Con la última campanada de las cuatro de la tarde todo habrá terminado.

Una… dos… tres…

¡Auto, auto¡ grita algún comedido y a las apuradas, tenemos que subirnos a la vereda. En ninguna de las películas que mi abuelo me llevaba a ver en el Cine Garay sucedía cosa semejante. Y en los Sábados de Cines y Series, menos. ¡Qué frustración! Lo que esperé el tren para aplastar las tapitas con las que me hice las espuelas. Los sándwiches que dejé de comer en el recreo para comprarme en la juguetería mi revólver de “fierro”, igualito a los de verdad.

El mejor duelo en mis diez años de vida, arruinado por un auto ¡Qué fracaso! Esto, esto, a John Guaine seguro que no le pasaba.


Un día como hoy, pero de 1979 fallecía John Wayne, un ícono para toda una generación que disfrutó la edad de oro de las películas del Oeste. Siempre hizo de hombre rudo, y con su forma de caminar característica y el inconfundible tono de voz, participó en cintas memorables como La Diligencia, Fuerte Apache, Centauros del Desierto; Río Bravo, El Álamo, Temple de Acero y El último Pistolero, entre tantas otras.


© Pablo Martínez Burkett, 2012