lunes, 3 de diciembre de 2012

"En el Club de Mr. Hyde", apertura dedicada a Robert Louis Stevenson




EN EL CLUB DE MR. HYDE
Aunque mi novia me diga que soy un bipolar que ha perdido el seso trabajando en la prensa amarilla, en realidad, soy un periodista de investigación.
Me acuerdo perfectamente de mis comienzos. Mientras estaba haciendo una pasantía en el diario, el responsable del área se suicidó. Se corrió el rumor de que no aguantaba más. Sea como fuere, nadie quería ocuparse del asunto y me mandaron a cubrir la misteriosa aparición de una imagen en la pared de un baldío. Yo no veía más que una gran mancha de humedad que nada tenía de sobrenatural. Sin embargo, luego de interrogar a los vecinos comprobé que las opiniones estaban divididas: unos decían que era una manifestación sagrada; otros, un clarísimo mensaje de seres extraterrestres.
Supongo que fue la imprudencia juvenil, pero escribí una nota que me dejó efectivo Y a partir de allí… ¡Qué entrevistas! El florista que de noche se convertía en el Elvis Presley de la Chacarita… el maestro de William Morris, líder de una secta que se preparaba para el holocausto maya. Y sin dudas, el mejor reportaje de todos los tiempos: Miranda Romero, el sodero que terminó siendo “El Sátiro de Los Polvorines”. Con ellos me siento un pez en el agua. Son personas con algunos problemitas, no lo voy negar, pero en el fondo, es gente igual a los demás.
¡He visto cada cosa! No obstante, presiento que la de esta tarde será una experiencia sin precedentes. No sé cómo convencí al secretario de redacción. Por primera vez, le tuve que levantar la voz. Pero él también estuvo mal. Me dijo “te convertiste en un loco de miércoles”, o algo parecido, pero con más olor…
Es que me corroe la ansiedad. Una tía de mi novia, que es enfermera en el Instituto Neuro-siquiátrico José Pedro Esdomber, me contó que allí se aplicaba una novedosa terapia en pacientes con desdoblamiento de personalidad. En la jerga interna es el “Club de Mr. Hyde”. Y no sólo eso, me consiguió una cita con los médicos.
Tengo que admitir que los trastornos de personalidad múltiple han sido siempre un tema fascinante para mí. La culpa la tiene la novela, que leí de chico.
¿Cómo que no se acuerda de “El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”? El Dr. Jekyll era un médico que buscaba profundizar la investigación sobre el bien y el mal, esa doble naturaleza que reside en el interior de cada uno de nosotros. Para ello, había creado una poción destinada a sacar lo peor de sí, que no era otro que su alter ego, el perverso, maléfico y horripilante Mr. Hyde, una joyita de persona que comete una tracalada de maldades inconcebibles. Al final, el médico no puede ser hallado mientras que el monstruo aparece muerto en el laboratorio. No obstante, por unas cartas se puede armar el rompecabezas de la tragedia.
En el afán de investigación, el malogrado científico no vaciló en inyectarse el suero que suscitaba la maligna transformación. Y aunque al principio, los efectos de la poción eran temporarios, la cosa se salió de madre y no sólo que el antídoto duraba cada vez menos sino que, en el último tiempo, Mr. Hyde sustituía “espontáneamente” al atribulado Dr. Jekyll, ya sin necesidad de poción alguna.
Esa es más o menos, la trama de la novela que transcurría en la Inglaterra de la doble moral victoriana. ¿Se acordó? Mejor, porque más de cien años después, la historia está por repetirse.
Sí, sí. Cuando la tía enfermera me confesó que el éxito de la terapia consiste en una nueva droga que invierte el proceso de doble personalidad, no pude esperar a la cita y me contacté con los médicos. Me informaron que la droga convierte a seres retorcidos, antisociales y peligrosos en individuos racionales y totalmente adaptados a su entorno. Además, supe de muy buena fuente que el Director del Hospital estaba tramitando la autorización para probarla fuera del loquero. Y que era necesario ensayarla en personas normales. Como yo.
Sí, claro, me ofrecí de conejito de Indias. No hizo falta que adularan diciendo que por mis características era la persona ideal. Y por más que mi novia amenazó con dejarme, esta tarde me voy a prestar voluntariamente al experimento. Le voy a demostrar a esa pérfida lo que es un verdadero periodista de investigación.
En un día como hoy, pero de 1894, fallecía Robert Louis Stevenson, novelista escocés que pese a sus 44 años, dejó grandes clásicos de la literatura universal, como “La Isla del Tesoro” y “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, obras que han sido llevadas al cine y la televisión en reiteradas oportunidades y que, definitivamente, han quedado incorporadas al imaginario colectivo y la cultura popular.
© Pablo Martínez Burkett, 2012