viernes, 13 de diciembre de 2013

ALGUNOS APUNTES SOBRE LO OMINOSO A PARTIR DE FREUD
























Este 11/12/2013 estuvimos con Carlos Marcos y Marcelo Gabriel Guerreri, dos de los hermanos Muerde Muertos, departiendo en amable tertulia en el Centro de Salud Mental N° 1 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (de este lado del chaleco de fuerza, claro).

El tema de la convocatoria fue "Freud diestro y siniestro: la peste literaria de regreso", ocasión en la que discutimos nuestra aproximación un paper de Tito Freud de 1919: "Lo ominoso (lo siniestro)".

Fue una experiencia maravillosa (salvo el intento de institucionalizarnos ahí mismo con pronóstico reservado e indicación de inmediata terapia electroconvulsiva -vulgo, electroshock-).

Hete aquí (como decía mi abuela) el resumen de las reflexiones que me suscitara leer al padre del psicoanálisis metido a crítico literario.





ALGUNOS APUNTES SOBRE LO OMINOSO 

A PARTIR DE FREUD


Mientras empezaba a desandar el texto de Freud, primero como un eco indistinguible pero luego con una progresiva nitidez, empezó a resonar en la voz de Mercedes Sosa aquella canción cuyo estribillo termina con “lo cotidiano se vuelve mágico”.
Lo cotidiano se vuelve mágico, hoy diríamos, conforme una de las acepciones del DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), lo cotidiano se vuelve maravilloso, estupendo. Y sin dudas que sí, porque en la actualidad, gracias a la ciencia y al psicoanálisis, la magia ha quedada relegada a una mera atracción circense, a un voluptuoso espectáculo de salón, a cumpleaños infantil. En nuestros días, cuando calificamos a algo como mágico, estamos diciendo que es algo que puede maravillarnos como a niños.
Pero hasta no hace mucho la magia podía ser buena, la llamada magia blanca; o mala, la tremebunda magia negra, aquella que pretendía dominar o dañar a una persona (o al mundo entero, que simplemente es cuestión de escala), a cuyos fines no vacilaba en valerse de hechizos y conjuros y aún, invocar a los espíritus de los muertos, en el caso de los temibles necromantes. Y aunque en este sentido lo mágico tiene que ver con la intención de dañar (o proteger, en el caso de la magia blanca) y por lo tanto, con un acto volitivo, es fácil advertir que una misma palabra tenía como mínimo, dos connotaciones, dos significados.
Y ello no puede extrañarnos pues hace más de dos mil años, cuenta la historia que un mercader griego tenía un esclavo llamado Esopo, a quien le solicitó fuera a la feria a buscar el mejor ingrediente para dar un banquete. Nuestro (futuro) fabulista vuelve con una lengua y a través de abundantes ejemplos compone una elegía para explicar por qué era el plato más excelso. Luego su amo le ordenó que trajera el ingrediente más abyecto y regresó Esopo con una lengua. A riesgo de ser azotado, el sirviente se apresuró en enumerar las miserias y vilezas que se perpetran con la lengua. 
Una misma palabra, dos significados posibles que ponen en evidencia la claudicación del idioma para aprehender la realidad.
Porque no siempre se puedan establecer los límites entre el lenguaje, el pensamiento y el mundo de la realidad. Es muy probable que no nos pongamos de acuerdo sobre ese colectivo multipropósito que llamamos “realidad”. No sabemos qué es. Cada quien le dará un significado. Y ese extrañamiento de lo cotidiano, que vuelve irreal los contornos, operará en forma diferente para cada cual. No sabemos qué es la realidad, trastabillan los significados, se nos escurren las palabras. Y es imposible no recordar a otro alemán, Ludwig Wittgenstein, y la frase del Tratactus: “De lo que no se puede hablar, mejor callar”.
Y esa multiplicidad de significados es la consecuencia directa de la multiplicidad de representaciones. El ser aristotélico-tomista, el ser conocido como verdadero y querido como bueno pierde unicidad y desde el Obispo Berkeley para acá, se transforma en una progresión de sensaciones subjetivas que disocian al “este de acá”, el que percibe; con “aquel de allá”, el percibido, generando al mismo tiempo la paradoja de que el estatuto óntico de cada quien depende de la mirada del otro. Algunos siglos después, vendrá la física cuántica a recordarnos que tan determinante es la mirada del otro…
Pero así como es necesario sortear el engaño de los sentidos para no caer en el solipsismo también es necesario encontrar palabras que remitan a un mínimo común. Y como las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida (la cita es de Borges), Freud se entretiene buceando en el alemán para construir una teoría en torno a “esto” que es terrorífico y que suscita angustia y horror. Y para ello, sea por al conocimiento que se allega mediante la abstracción o por sumatoria de ejemplos, recoge testimonios y esboza una teoría unificadora en torno a ese alter que asusta, esa conjunción de lo no familiar más un “algo” que desorienta, que extravía. Este binomio “haimlich-unhaimlich” es de alguna manera la manifestación de lo doméstico, hogareño o sustraído del conocimiento de terceros, que sale a la luz y provoca una alteración, un extravío. Se descorre el velo de Maya pero lo que se revela engendra extrañeza, angustia. Y ya sabemos que la angustia es ese peculiar temple del ánimo mediante el cual se manifiesta la nada, en palabras de Søren Kierkagaard.
Freud utiliza “El hombre de arena”, el cuento de Ernesto Teodoro Amadeus Hoffman como plataforma de análisis (queremos destacar que la literatura llega en subsidio y auxilia al psicoanálisis). Una cuestión menor que no deja de causarme alguna perplejidad es que Freud habla de los personajes del cuento como si en verdad fueran sujetos reales, cuestión que más allá del pacto de ficción ya enunciado por Samuel Coleridge, halla justificación en, por un lado, la necesidad de articular la realidad oscilante entre el hombre primordial y el hombre moderno y por el otro, proponer una teoría en torno a la aparición en lo real de algo que recuerda lo más íntimo pero resignificado por algún elemento que lo torna novedoso, amenazador, extraño.
Porque este sentimiento de extrañeza ante un ser u objeto sin embargo familiar, que provoca una fuerte ansiedad, que altera la resonancia afectiva habitual; suscita una alteración, una alienación que reclama en no pocos casos la asistencia terapéutica. Y a tales fines, el psicoterapeuta como el cabalista, trabaja con las percepciones para poder remover los sucesivos velos que impiden que la verdad emerja diáfana o, al menos, pueda ser sospechada. Sin olvidarnos de la pregunta artera de Pilatos: “¿Quid es veritas?” (Juan 18:38), baste concluir que la verdad será aquello que pacifique el espíritu del consultante.
Afortunadamente, los que trabajamos con al tráfico de las palabras podemos sustraernos de tales disquisiciones y sacar provecho de este (la más de las veces) repentino cambio de foco para asustar, para reflexionar, para entretener, porque como decía G. K. Chesterton: “La imaginación sirve no para hacer común lo extraño sino para hacer extraño lo común”, punto de convergencia donde la porción del psicoanálisis que venimos glosando se emparenta con la materia prima de la que nos surtimos los que nos dedicamos al terror, el miedo, lo sobrenatural, en fin, lo fantástico.
© Pablo Martínez Burkett, 2013