viernes, 20 de junio de 2014

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XXIX): Un sordo clarín llamando a batalla


¿De qué venganza está hablando?
Sheridan La Fanu
La desgracia de Milena tuvo un efecto catártico para todos, pero fundamentalmente para Luana que logró recuperarse del estado de postración en el que había quedado luego de horadarle el cuello a su amado John Gillan. Era tiempo de despertar. Era tiempo de atacar.
Luana se reunió con Madre. El plan que tramaba tenía que contar con su bendición porque implicaba movilizar a toda la Hermanad de la Noche. Proponía ir a una guerra total con la mafia china. Exterminar a la mayoría y convertir a un mínimo remanente para tareas menores. Planeaba apoderarse de sus negocios. Aspiraba a desplazarlos en el control subterráneo del mundo. 



Madre rápidamente aprobó quitarles la falsificación y venta de toda clase de productos, los servicios financieros, las prestaciones de salud, las obras de infraestructura y conectividad, el entretenimiento, las drogas legales y sobre todo, arrebatarles la seguridad de los ciudadanos. Madre siempre había pregonado una convivencia pacífica pero sabía que en la medida que se perfeccionaran las armas, los medios de detección y la furia humana, las chances de sobrevivir eran mínimas. No obstante, Madre no se mostraba muy permeable a involucrarse en las redes de prostitución, el tráfico de personas, las drogas ilegales, el lavado de dinero y los trasplantes de órganos. Luana la persuadió de que la mejor manera de dominar a un pueblo era sumirlo en la dependencia y la molicie de los placeres, efímeros pero administrados en dosis continua. Al final de cuentas, solo era ganado.

Además, la moral de los Hijos del Sol Negro reclamaba una cacería en manada, para restaurar la unidad, para solidificar los vínculos entregándose al rito ancestral de compartir la sangre. 

El primer ataque tenía que ser inesperado, repentino, brutal. Y ejemplificador. Luana, con su gusto por la grandilocuencia, decidió que el ataque fuera en el Barrio Chino, para demostrarles la consecuencia de ayudar a la pequeña Ikito en su búsqueda de la moxibustión que incinere a los vampiros. Y para amplificar el efecto, ordenó un raid nocturno. Siempre la noche se carga de miedos. La orden fue precisa: sin conversiones. Solo muertos. Todos muertos. No fue una matanza, fue una devastación. Y la música incidental de esta ópera siniestra fueron los gritos, las carreras, los llantos, las súplicas inútiles, los gruñidos satisfechos, el borbotar de la sangre, los espasmos postreros. 

Al día siguiente, en postes de alumbrados, ventanas y mástiles, quedaron colgados cabeza abajo cientos de cadáveres, desangrados. Flameando como lívidas banderas de la barbarie homicida, hombres, mujeres, niños y aún las mascotas domésticas. Los curtidos hombres de la División Roja asistían aterrorizados al macabro espectáculo. El DCI Nakasawa supo que contemplaba la batalla inicial. La guerra había comenzado.


© Pablo Martínez Burkett, 2014