lunes, 10 de noviembre de 2014

EL AUTOR INVITADO: MARISA VICENTINI



LA BÓVEDA

Aurelia bajó del tren a los tumbos. El manojo de llaves entre sus manos transpiradas se le resbalaba y estuvo a punto de caérsele varias veces. Las ponía en el bolsillo derecho, las pasaba al izquierdo y luego a la cartera. Cruzó la avenida Federico Lacroze, bordeó los paredones, caminó por Garmendia y entró por una puertita lateral que tenía helechos silvestres crecidos entre los ladrillos húmedos formando un arco vegetal cuyo perfume mustio, como si hubiera llovido, a ella le gustó. Un hombre que vendía flores le ofreció un ramo pero Aurelia no le hizo caso y continuó caminando hacia la bóveda. Tenía esas calles angostas de adoquines y estatuas colgadas apenas de un hilo en la memoria ya que un mes había pasado desde la última vez que estuvo allí, cuando la familia dispuso que el cuerpo de la señora Helvecia fuera acompañado por los que la habían servido toda la vida y ella se vio obligada a participar del cortejo fúnebre con los demás empleados, aunque era prácticamente nueva. La señorita le dijo esa mañana, “Aurelia, vaya a la bóveda y tire las flores que ya deben estar muy marchitas.”, y siguió como siempre, dando todo tipo de órdenes y trabajos para hacer y a ella la satisfacción de ser la elegida para el mandado y salir un rato. La señora Helvecia, a diferencia de su hija, era una mujer  que  hablaba lo indispensable y observaba todo con ojos de águila desde su rincón en la sala. Andaba encorvada  al punto de mirarse los pies apoyando el peso de su espalda sobre un bastón que le costaba mucho sostener con la mano huesuda y ampollada que siempre tenía las uñas de impecable colorado. Se peinaba con un rodete tirante aunque a veces llevaba el pelo suelto, entonces no se le veía la cara detrás de las hebras finas de pelo gris. Aurelia pensaba que la señora se sentía humillada por andar como una rama torcida entre su hija y las otras empleadas que se plantaban a esperar con impaciencia, suspiros y revoleos de ojos a que la mujer hiciera su corto recorrido del sillón al baño o del sillón a su cuarto, siempre en algún momento inoportuno, estorbando en el medio del ajetreo de la limpieza diaria. Se le ocurrió tener la consideración de esperar en otro lugar a que ella hiciera sus desplazamientos y se ubicara en el sillón y sólo cuando la veía cómoda se acercaba a  preguntar si necesitaba algo o le llevaba un té. El día que la señora apareció muerta en su habitación, entre el murmurar de la gente  que entraba y salía, escuchó que la señorita decía que porqué lo había hecho, había hecho qué cosa, se preguntaba Aurelia. “Se colgó”, “Se colgó” le respondieron los cuchicheos de pasillo una y otra vez.
Al rato de caminar y perderse  terminó viendo las espigas de bronce del templete de mármol negro sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Las llaves se le cayeron al suelo. Una voz distorsionada resonaba en su cabeza  “Los que se matan no mueren del todo, se quedan en las tinieblas. El castigo de la soberbia es no tener descanso eterno.”. La llave indicada era la más grande, pero Aurelia, que no podía controlar los temblores, las veía todas iguales. Probó con  las cinco llaves y por fin pudo entrar con la última. La pesada puerta de hierro cedió con llamativa y silenciosa facilidad. Aurelia, dejó el llavero sobre el mantel de encaje junto a las viejas fotografías húmedas y manchadas de los muertos de la familia y al reciente portarretratos de la señora  Helvecia. Le causó cierta gracia reconocerse fuera de foco detrás de la difunta y se concentró en no respirar toda la pestilencia de las flores podridas que metía dentro de la bolsa que en instantes estuvo toda agujereada por los tallos leñosos y las espinas de las rosas. No mirar los cajones, sólo las flores, no pensar en nada, sólo un poco. Mientras limpiaba, de pronto, recordó esa tarde caminando de la mano de  su madre que le había dicho aquella frase complicada al pasar frente a una pequeña cruz de madera, rota y chingada, a un costado de las vías, “Ah, cuánta superstición en el norte”, pensaba ella que ahora era una mujer citadina y se le inflamaba el pecho de la satisfacción de no estar como sus hermanas viviendo en pisos de tierra con los nenes colgados de la teta. Vio que había una escalerilla que descendía a la oscuridad de un subsuelo y se quedó paralizada porque no lo había notado hasta que una corriente de aire  helado se le metió por debajo de la pollera. Pensó en la señora, tan seria, sentada y sonriéndole con disimulo cuando ella le traía el tecito con bay biscuit y apelando a la piedad de su memoria se forzó a bajar. Era una escalera muy angosta, que giraba bruscamente, apenas iluminada  por los pálidos reflejos verdosos  de una claraboya en lo alto de la cúpula de venecitas doradas. Aurelia sabía que abajo había otro florero, porque le llegaba el perfume hediondo de las flores arrastrado por el aire  húmedo de la tumba que estaba allí abajo. En el preciso instante en que su pie descendía el segundo escalón, las ojotas que siempre se le desenganchaban hicieron lo propio e inmediatamente, y como en una secuencia encadenada, escuchó abajo el estruendo de unos vidrios rotos seguido de un agónico chillido, mientras ella, que ya había perdido el equilibrio, caía sin remedio hasta la oscuridad del final de la escalera. Aturdida y con un dolor agobiante en las costillas, estaba tendida en el piso del subsuelo desde donde sólo veía aquel fulgor verde. Consiguió arrodillarse. Antes de que pudiera ponerse de pie, tuvo la clara percepción de que allí en la oscuridad más negra del universo, algo se arrastraba hacia ella, cuando eso le rozó un tobillo, trepó escalones arriba a los gritos, sin pensar más que en la seguridad de la luz salió jadeando como un soldado que consigue llegar a la trinchera en medio de un bombardeo. Cuando puso suficiente distancia de la bóveda intentó calmarse: “¡Qué tonta soy, seguro que una rata tiró el florero!”, pensó.
Esa noche tuvo palpitaciones. Se acostó agobiada, sintiéndose mal, le costaba respirar. En la cama, tapada hasta las orejas imploraba que no la mandaran de nuevo a recuperar las llaves que sólo Dios sabe en qué lugar de la bóveda habían quedado, porque enseguida recordó que tiró todo, portarretratos, floreros, llaves y mantel en medio de su fuga desesperada, así como recordaba las palabras que le susurraba la memoria de su madre que desgraciadamente no se callaba nunca, ni años después de muerta. En la madrugada la despertó una vibración del otro lado de la puerta de su pequeña habitación, afuera en el pasillo que llevaba a los fondos de la casona. Un tintineo metálico sonó cerca del picaporte. Aurelia se sentó en la cama al ver que la puerta se abría. Aurelia se ahogaba. Y la puerta se abrió; eso se movió, una forma gris delineada en la oscuridad que pronto era una mujer parada a los pies de la cama. Aurelia desfallecía. Una silueta amortajada que extendía una mano lívida hacia su ella. “¿Quién está ahí?”, alcanzó a decir Aurelia.
Que tuvo un infarto la pobrecita, le habían dicho a la nueva empleada mientras le mostraban el camino hacia su nueva habitación. La chica entró y sintió un olor rancio, como a flores podridas. Limpió todo a fondo pero el olor persistía. Movió los pequeños muebles, levantó la alfombra apelmazada. Corrió a un costado la cama y escuchó que algo metálico caía al piso. En ese momento la llamó la señorita. La muchacha levantó el pesado manojo de llaves y fue a ver qué quería la patrona.
© Marisa Vicentini

MARISA VICENTINI



Cuando a los 10 años se fue a vivir a Canadá, Marisa Vicentini (1971) se encontró ante un mundo de diferencias idiomáticas y culturales. Sin amigos y con mucho tiempo libre frecuentó la biblioteca de Town Mount Royal, en Montreal. Descubrió los clásicos de la literatura fantástica y su pasión por lo sobrenatural, el terror y el folklore de tradición anglosajona. De regreso en Buenos Aires estudió Turismo y trabajó en empresas del rubro. Comenzó a escribir cuentos cortos durante las horas de insomnio de una licencia por maternidad y luego a participar de distintos talleres literarios. El fantasma del rosario fue seleccionada para participar de la Clínica de Novela dictada en el Centro Cultural Ricardo Rojas, a cargo de Matías Serra Bradford en 2011, y es su primera novela publicada. Vive en Bella Vista, San Miguel, provincia de Buenos Aires.


Para conocerla mejor, aquí una entrevista que le hizo la Revista Insomnia: El mundo de Marisa Vicentini.

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