lunes, 8 de diciembre de 2014

EL AUTOR INVITADO: CARMEN GUTIERREZ


Foto de Pablo Martínez Burkett

HONGOS



Cerré la puerta justo a tiempo, antes de que el florero con rosas rojas y blancas que había arreglado en la mañana, volara hacia mi cabeza, por suerte se estrelló en la madera blanca y no en mi sesera.

—La vieja tiene puntería – murmuró Rafael acercándose con la escoba listo para recoger los pedazos de jarrón del otro lado de la puerta.

Sí, si tiene puntería. Con el tiempo he aprendido a escapar antes de quedar descalabrado y más pendejo, como el pobre de José, quien en un descuido quedó babeando para siempre en las caballerizas. Doña Fernanda no se tienta el corazón para arrojar cosas a diestra y siniestra. Cuando da una orden y ésta no se cumple, hay que permanecer alerta, desconfiar del silencio o de su vocecita chillona, porque cuando menos te lo esperas, sale detrás de las puertas y al primero que ve le lanza lo que tenga a la mano. Pero ¿Qué podemos hacer? Sólo somos los sirvientes del diablo. 

Llegando a la cocina, aún escuchaba sus gritos mezclados con las respuestas tranquilas de Rafael, que con su voz de ruiseñor era el único que podía calmarla. “¡…a ese engendro de puta, que si no tengo el guisado de puerco con el caldo de hongos de luar, preparado como le dije, lo castraré!…”. Ni que decir que al escucharla mis pelotas se encogieron por instinto. 

Sin esperar más, monté al viejo “Estrella” y me dirigí al pueblo a buscar los mentados hongos de luar, preguntándome dónde los encontraría. Nunca había oído hablar de esos hongos y nunca había escuchado que hubiera un guisado de puerco preparado de esa manera. Pero cuando Doña Fernanda ordena, se hace. 

Bajé al pueblo sin entusiasmo, pero resignado a codearme con los lugareños. Evito siempre que puedo tener que bajar, pero con la amenaza hecha contra mi hombría, decidí poner buena cara y conseguir de una vez otro de sus caprichos. 

Afuera de la primera casa, encontré a un hombre enorme y gordo como una ballena. Limpiaba un montón de cerezas moradas con tanta paciencia que parecía que las acariciara una por una. 

—¡Buena mañana tenga usted, buen hombre que limpia frutas! — saludé quitándome el sombrero. 

Me miró con desconfianza, como si pensara robarle. Murmuró algo ininteligible y volvió a acariciar sus cerezas. 

—Doña Fernanda manda preguntar donde puedo encontrar hongos de luar —agregué tomando su jeringonza como un saludo. 

Contestó diciendo algo entre dientes y sin mirarme a los ojos. Cuando hice el intento de bajar del cuaco para escuchar mejor me gritó: 

—¡Puede decirle a la Doña que los busque en su trasero. Seguro encuentra hasta telarañas! — y soltó una carcajada que me heló la sangre. 

Me alejé maldiciendo en voz alta al tipo y a toda su descendencia mientas su risa me seguía por toda la calle. Al doblar la esquina me encontré con que la tienda de Catarino ya estaba abierta y entré a preguntar por los dichosos hongos. Ni que decir que salí a los pocos segundos maldiciendo a Catarino y toda su descendencia también. Podía ver lo mal que pintaba el día. 

Siempre es así, a los lugareños no les gusta nada relacionado con Doña Fernanda, no pueden entender que ellos tienen suerte de estar lejos de esa enorme casa llena de miedos. Con una locura tan contagiosa que algunos días es necesario cerrar los ojos y amarrarse las manos para no correr y estrangular a todo el mundo. 

Después de unas horas el calor era insoportable, me estaba cocinando en mis propios jugos y aún no encontraba a nadie que me diera razón de mi objetivo. En todos lados la gente esquivaba mi presencia o me ignoraba por completo. 

Sé que mi condición de servidor en casa de la Doña provoca que me traten mal de vez en cuando, pero siempre me sorprende. Siempre. En estos casos me siento con lagunas mentales. Recuerdo vagamente la sensación de haber hecho algo infame, pero lo peor que pude haber hecho es trabajar para Doña Fernanda y obedecerla. Aun así, creo que no es motivo para que la gente del pueblo me odie. ¿O si? 

Sumido en mis pensamientos, montado mi viejo caballo, llegué frente a una casita linda llena de flores, con un almendro plantado enfrente cuya sombra fue un alivio para mi asoleada persona. Bajé de “Estella” y lo até al tronco para que la sombra lo animara un poco. El pobre caballo estaba más cansado que yo. 

En el pasto amarillento, también refugiándose en la sombra, una pequeña jugaba con tacitas y platitos primorosos de cerámica. La niña levantó la vista cuando me acerqué y me sonrió de forma tan natural que no pude evitar acariciarle el dorado cabello. 

—¿Cómo te llamas, pequeña niña que juega? – le pregunté sentándome frente a ella. 

—Andrea – respondió sin mirarme 

—¡Ah! ¿Y qué haces? 

—Estoy haciendo comida — contesto sirviendo “aire” en una taza y me la dio. 

Bebí mi “aire” haciendo gestos de gusto y le agradecí con la mano en el corazón, como hacíamos en mi pueblo. 

—¿Encontraste los hongos? — preguntó. 

Ahora que lo pienso debería de haberme asombrado que lo preguntara, pero no fue así. De cierto modo sentí que nadie en el mundo me conocía como esa pequeña y fue reconfortante en el momento. 

—No, estoy sospechando que los hongos de luar no existen, me resignaré a vivir como pendejo en las caballerizas, o como eunuco — me reí nervioso. Entiendan que aprecio mucho mis joyas de la familia, pero no puedo hacer nada contra mi destino. 

—Yo tengo unos cuantos — dijo la niña sonriendo. 

Tomó un pequeño cuenco de cerámica, sacó una bolsa de aire, rellena de aire y vació el contenido de aire en el platito. Lo puso en mis manos y me miró con esos ojos de venado, enormes y profundos. Todo estaba bien, con ella todo estaba de maravilla. No quería irme, quería quedarme a su lado y jugar con ella, cantarle canciones, arrullarla y cuidarla toda la vida. Me parecía haberla visto antes, pero al igual que con los pueblerinos, no podía recordar dónde o cómo. De pronto me sentí sucio. 

Iba a levantarme para despedirme cuando la pequeña se acercó a mí, puso su cabecita en mi pecho pegando su oído a mi solapa. Se quedó así unos minutos y al separarse sus ojitos estaban llenos de lágrimas. 

—¿Qué sucede, pequeña niña que llora? — acaricie su carita y limpié sus mejillas. 

—¡Tú tampoco tienes! — tocó levemente mi pecho con su manita, lloraba desconsolada. — No hay ruido ahí adentro. No hay tum tum… yo tampoco tengo ruido. 

Deduje que se refería a los latidos del corazón, comencé a decirle que sí tenía, que no se asustara, cuando ocurrió. Recordé todo. Me puse de pie y caminé hasta donde el caballo espantaba moscas con la cola. Andrea me detuvo al tirar de mi casaca. Me dio el platito donde los hongos de luar brillaban de aire y se metió corriendo a la casita. 

Camino a casa, ignoré a los que me insultaban, a los que me gritaban y se burlaban de mí. Esquivé distraído un escupitajo que alguien lanzo desde una ventana. No tenia con que defenderme. No podía decir ni hacer nada. 

Al entrar al establo para desmontar a mi cuaco me sorprendí de ver que todo seguía igual. Al menos para el pueblo y para nosotros los habitantes de la enorme hacienda. Alguien me dijo una vez que el tiempo se detiene en la muerte, que los sentimientos se largan y nos dejan solos vagando en el corredor del olvido. Pero a diferencia de nosotros, los fantasmas de Doña Fernanda, los pueblerinos no olvidan que en un acto de locura, la vieja nos ordenó quemarlo todo, asesinar sin piedad a inocentes y culpables, que cumplimos sus órdenes como siempre lo hacíamos, que en medio de la noche, contagiados con la ira y la demencia de la Doña recorrimos las calles borrando todo vestigio de vida. Que enfermo del odio contagioso de esa mujer, maté sin remordimientos a mi pequeña Andrea. 

Ellos no olvidan. Nosotros si. Porque nosotros sucumbimos a la muerte agradecidos por la oportunidad de olvidar nuestros pecados, sin saber que estaríamos condenados a obedecer y temer a la Señora Fernanda por toda la eternidad. 

En la cocina preparé el puerco, hice el guisado y vacié el aire del platito de Andrea en el caldo que cocinaba lentamente la carne de aire, las cebollas de aire. El aroma picante de un platillo imaginario que nadie probaría. Deseé con lo que me quedaba de alma que los hongos de luar fueran venenosos, como el aire que no respiro. Al poner la mesa, he olvidado de nuevo. 

© Carmen Gutierrez


CARMEN GUTIERREZ



Luz del Carmen Gutiérrez Lara, nacida en México, madre de tres pequeños demonios que la hacen ver el futuro con buenos ojos. Con treinta y cinco años de edad, se autodenomina “Escritora de cajón” desde los ocho años. Busca con afán hacer su pequeña aportación al mundo literario. Se especializa en la redacción de cuentos, la mayoría publicados en blogs, acaba de iniciar un proyecto de novela publicado en De tintas y sangre blogspot.




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