lunes, 15 de diciembre de 2014

EL AUTOR INVITADO: GUSTAVO DI PACE



PERSECUCIONES

“El móvil es un Citroën fucsia 3CV Tomás Caminó Oscuro 282 con dos masculinos adentro, cambio”.
Lacunza no lo podía creer. ¿A qué idiotas se les ocurriría escapar en un auto como ése? Enseguida lo localizaron, en la 9 de Julio, rumbo al microcentro. El vehículo llevaba ruedas patonas, la carrocería estaba levantada varios centímetros. Los policías se rieron del automóvil y de la bocina que, además, simulaba el croar de una rana. Para completar el concierto, ellos hicieron sonar la sirena, entonces el Citroën aceleró. Lacunza, de rasgos duros y piel cobriza, supuso esto como una ofensa personal a su uniforme, a sus años de instrucción, y las palabras del comisario, en ese preciso instante, volvieron a retumbar en sus oídos: “Yo creo que deberían ser más exigentes en la Escuela de Policía, para que no le den trabajo a mantequitas como usted”. Herido en su orgullo, Lacunza se había prometido ser el más eficiente, y no le temblaría la mano ante una decisión difícil. Demostraría a quien lo había humillado que sus juicios eran equivocados.
Afuera de sus pensamientos, el patrullero siguió esquivando automóviles. Lacunza pensó que la persecución que protagonizaba se parecía a una que lo hostigaba por las noches, con forma de pesadilla, de manera recurrente. En ella, un delincuente al que había perseguido y estaba a punto de detener, levantaba las manos y, en un descuido de Lacunza, descubría un revólver (por capricho del sueño sabía que la marca era Detective) para apuntarle al abdomen. Después del tiro, con el ardor y la pólvora esparciéndose en las tripas, Lacunza se desplomaba sobre el asfalto. Y esta era la parte en donde la vigilia, por suerte, venía por él.
Se sorprendió con la mano en el estómago. Habría asegurado que le dolía. Nerviosísimo, chilló:
—¡Dale, dale que los tenemos!
El otro, cuyos brazos y pies maltrataban los controles del auto, lo miró sorprendido.
—¡Eh, pará, no me grités!
Lacunza lo miró inquisitivo. Vio que ahora pasaban la Avenida de Mayo. Palpó su arma. A esa altura, comprobaron que el Citroën incrementaba la velocidad.
—¡Pero es más rápido que esta lancha! —se quejó el otro.
Entonces, como esperando su turno, volvieron los recuerdos, esta vez, personificados en “el Rubio”, cuando Lacunza todavía estaba del otro lado y los equivocados eran “los otros”. Mestizo, de cabeza grande y piernas cortas, al Rubio lo había baleado la policía; sus cómplices, apurados, lo habían llevado a un centro asistencial. “Es que si te llevamos a un hospital caés adentro seguro”, le había dicho él mismo, ensangrentándose las manos con el cuerpo chorreante de su amigo. El médico que lo atendió, por suerte, no vino con eso de que “claro, yo te curo y mañana me sacás hasta lo que no tengo”. El problema fue otro: no había anestesia. Apenas contaban con los implementos mínimos, de modo que mientras el Rubio estaba que se moría, los de la banda lo llenaron de porro y whisky para dormirlo y dejarlo inconsciente. El médico, Lacunza aún lo recordaba, hizo lo que pudo. También ensangrentado, el doctor no tardó en asegurar que lo mejor era llevarlo urgente a un hospital, que si no el Rubio se iba. Lacunza, en un instante, vio otra vez las ruedas patonas del Citroën y luego volvió al recuerdo: “A un hospital no te llevamos. Hasta acá llegamos, viejo”, le había dicho Faure, el capo, bello, siniestro, acostumbrado a despreciar a los otros. Tal vez por eso, años más tarde, Lacunza tenía una cachiporra en el cinto. Y se había muerto ahí nomás el Rubio: en sus brazos, drogado, chupado y con un agujero más grande que sus vómitos. No, él no quería terminar así, y ahora, ahí estaba, persiguiendo a unos delirantes que salían a robar con un Citroën fucsia, y maldiciendo a Faure, claro. Ahí estaba, como si el tiro de la pesadilla le doliese de veras, rezándole al San Jorge del reverso de la gorra, porque las estampitas de San La Muerte y el Gauchito Gil ya no tenían lugar en su fe. Hasta de santos había cambiado al entrar a la Policía.
De repente, como un bólido, vio al Citroën bordear el Obelisco y, debido a lo arriesgado de la maniobra, quedó inclinado en dos ruedas por unos segundos. Lacunza se maravilló ante aquella audacia. Y cuando parecía que el vehículo iba a apoyarse al fin sobre las cuatro ruedas, fugaz e inesperadamente, volcó. Un ruido seco, a vidrio que estalla, azotó la avenida, como si la ausencia de otros automóviles exaltase el estruendo.
Lacunza vio cómo los delincuentes salían del coche; parecían zombis, de movimientos morosos y atontados por el impacto. Una extraña inmovilidad se apoderó de los transeúntes en las veredas y en las plazoletas laterales.
—¡Alto, policía! —gritó Lacunza al bajar del patrullero junto con el otro.
Las palabras del comisario zumbaron de nuevo en su cabeza, como una música atonal: “¿Usted oyó hablar del comisario Meneses?”. Lacunza quería salirse de sus cavilaciones, pero no pudo. “Bueno, le cuento —agregó el comisario—. Usted nunca llegará a ser como él, ¿sabe por qué? Porque él fue policía para proteger al ciudadano, él quería el bien común; en cambio, usted es policía porque necesita el laburo y la obra social”. Lacunza abrió los ojos, los de adentro y los de afuera. “A mí me da mucha bronca tener a cargo gente como usted —continuó el comisario, desde el fondo del recuerdo—. Se creen que porque tienen un arma se van a llevar el mundo por delante, ni hablar de cuando se les escapa un tiro, aunque para mí que usted no mata ni una mosca. La institución se bastardeó, Lacunza, y es verdad que uno tiene que hacer alguna que otra cosita que antes no hacía, porque si le llega a pedir unos mangos a la Departamental para la luz o el teléfono, se le cagan de risa en la cara a uno. ¿Entiende? Usted es de los que no se la bancan, de los que manguean la pizza, el boleto del colectivo y se creen piolas; acá hay que pagar el precio, Lacunza, pero usted no tiene ni siquiera cambio en monedas.”
Los del Citroën fucsia, ahí afuera, levantaron las manos; uno de ellos era muy joven, parecía un adolescente; el otro, lo doblaba en edad. La gente, alrededor, comenzó a acercarse, como si estuviesen presenciando un espectáculo. Sólo llegaron a percibir el peligro de la situación cuando uno de los delincuentes, el mayor, hizo un movimiento similar al que hacía el hombre del sueño de Lacunza, con el revólver Detective. Lacunza no dudó: asió fuerte la Browning, apuntó al abdomen y disparó. Mientras la detonación lo tiraba para atrás, por un segundo le pareció ver la cara de Faure. Cuando se acercó, confirmó ese presentimiento, tan azarosa e increíble es la vida a veces.
Se quedó mirando el rostro de su ex compañero, abatido, como desmembrado en la calle, con un hilo de sangre en la boca y una inmensa aureola roja en el estómago. Si estuviese el Rubio, pensó, haría todo para salvarlo, hasta lo llevaría a un hospital, porque él no era de su calaña.
—Faure, hijo de mil putas, pudrite —le dijo.
—…
El compañero, que hablaba por handy, le dijo que cerrara la boca.
—¿No ves que ya está muerto? —agregó.
Al lado de Faure, o de lo que quedaba de él, el adolescente temblaba. Lacunza quería gritar su felicidad. Sin embargo, eligió la mesura, pensando para sus adentros que esta vez sí lo había logrado, y que había sido más que eficiente, porque con un solo tiro, con uno solo, había quebrado el asedio de la pesadilla, se había vengado del turro de Faure, y encima, quizá hasta se ganaba la aprobación del comisario.
Ya era hora, volvió a decirse Lacunza, mientras le daba un beso a la estampita de San Jorge y volvía a ponerse la gorra, satisfecho.


© Gustavo Di Pace

GUSTAVO DI PACE



Gustavo Di Pace (1969). Publicó Los patios interiores (cuentos), Libris de Longseller, 2003, Mi yo multiplicado y El chico del ataúd (cuentos), Alción Editora, 2011 y 2014 respectivamente, y cuentos en diversas antologías y revistas de Argentina, México y España. Escribió también Tuya es la sangre (novela policial-2007) de próxima publicación y Para entrar en estado literario (ensayos sobre literatura) aún inédito. 
Fue jurado en concursos literarios, dio charlas, talleres y cursos de Escritura Creativa y literatura en diversos ámbitos académicos y culturales del país. Desde 2002 coordina El Respiradero, su taller literario.


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