lunes, 22 de diciembre de 2014

EL AUTOR INVITADO: Juan Pablo Cozzi





LUDO MATIC




Atari

Encontrar en los juegos de tablero la sinopsis de algunas situaciones en las que me veo implicado es un ejercicio de sanación poética. Hacer de cuenta que tal cosa es posible me devuelve una sensación de alivio comparable al éxito de una buena jugada. 

El go es un juego de territorio. Una partida empezada, con sus cuentas blancas y negras formando nubes, líneas y cuadros, representa la lucha por capturar el espacio neutral. Sus dos estrategias básicas (agrupar o dispersar) son indudablemente espaciales y tienen su génesis en el concepto de la neutralidad como un imposible. No hay forma de jugar al equilibrio. Sólo la inestabilidad da lugar al movimiento. El deseo de ocupar más lugar que el otro obedece al impulso de mantenerse vivo.

Atari no es una jugada, es una señal de alarma. Mi oponente me está avisando que en el próximo movimiento puede capturar una porción del tablero que me pertenecía. No lo hace para advertirme del peligro, sino para obligarme a jugar como él quiere. Señalar la obviedad de que hay una sola libertad posible: la que favorece al adversario. Todo lo demás es dependencia; toda otra opción está sujeta a la continuidad del esquema, a la reproducción de la fórmula inquieta que me impone borrar al otro del mapa.

Coronación

El ajedrez no es un juego y mucho menos un deporte: es un esquema. Una representación simbólica, cuya dinámica radica en una lucha de fuerzas equivalentes: la Ley y el deseo. La Ley, por ponerle nombre a una de las fuerzas, es en realidad el conjunto de limitaciones y permisos propios de cada elemento del esquema.

Un tablero, con sus piezas en posición inicial, nunca es algo quieto. Sólo puede decirse que está a la espera de un desequilibrio, ya que todas las fuerzas están en juego aunque no haya jugadores. Las leyes residen ahí, luchando unas con otras en la más extrema de las equivalencias. Sin embargo, en esa estática están implicadas todas las jugadas posibles. 

Desde la posición inicial hasta el jaque mate o tablas, el esquema se subdivide en instancias. Ante cada movimiento, el Todo adopta una configuración nueva que sólo se distingue del instante anterior por el cambio de posición de uno de sus elementos. En la mayoría de los manuales de ajedrez, aparece expresado el jaque mate como el objetivo del juego, lo cual no puede ser más falso. El objetivo de un esquema no es vencer al rival, porque el rival es también parte de la representación. El objetivo es simbolizar.

En términos de duración de la instancia “ajedrez” entre dos participantes, podríamos hablar ya no de objetivo propiamente dicho sino de cierre de la representación: el jaque mate o las tablas. Luego de lo cual, todo el esquema es devuelto a la posición inicial, pero ninguna de las leyes y las fuerzas quedará debilitada ni modificada.

De todas las limitaciones y los permisos del ajedrez (sus reglas propiamente dichas), hay una excepcional que quiebra cabalmente con la equidad de las leyes: la coronación de un peón. Este evento implica el despropósito de la resurrección de una pieza eliminada, o lo que es peor, su reduplicación. Importa un desequilibrio más inquietante, una fantástica superstición que tiene de revolucionaria lo que los jugadores tienen de conservadores. 

Lo que el peón no advierte ni advertirá nunca (incluso sabiéndose sujeto de los caprichos de la representación) es que su coronamiento nunca será una metamorfosis, sino algo más parecido a un enroque metafísico: ya que su cuerpo glorioso, adornado de falsos laureles, será desplazado al margen del esquema para ser sustituido por el maldito zombi que vendrá a imponer su fe en el sistema nobiliario.

Y mientras la segunda reina o el tercer caballo ejercen la potestad del jaque, el marginado fantasea con alguna vez resucitar al compañero muerto y abolir la monarquía.

Casa de puertas impares

Siempre pensé que el concepto de piedra papel o tijera era una de las cosas más asombrosas que haya sido capaz de idear la mente humana. Se entiende que la tijera corta el papel que envuelve la piedra que rompe la tijera. Las acciones básicas a las que reduce la existencia éste juego infantil, aunque no ingenuo, son: cortar- envolver- romper. Pecando de ilustrativos, podríamos canjearlo fácilmente por: dividir- contener-destruir. Y así entregarnos a la loca carrera hacia el delirio, que nos hace ver en esto el ciclo mismo de la vida: penetrar, albergar, arruinar.

Sin embargo, cuando quise adaptar el juego a los estados de la materia tuve una alucinación de lo más metafísica (valga infinitas veces la redundancia). La nieve se vuelve agua, que se vuelve vapor, que se congela y nieva.

Al comprimirse un gas, éste se enfría. Al enfriarse el agua, ésta se expande. Hay algo de rueda en ese triángulo. Por lo tanto, una leve aunque engañosa sospecha de reversibilidad.

Me encontré frente al espejo del baño ensayando la competencia rebautizada. El puño cerrado representa la solidez (piedra-hielo), la mano abierta es la fluidez (papel-agua), los dedos en V simbolizan la volatilidad (tijeras-vapor). Ahí, mi mano en un 60 por ciento cerrada, mira a la melliza del espejo, que está abierta en un 40 por ciento, y se contradicen la una a la otra. Mi mano cree gobernar metales, ser espadas cruzadas, pija que se abre camino. Pero la otra dice ser la fuerza volátil, la expansión extrema y la levedad. No hay equilibrio, como no hay mitad del vaso. 40-60 sigue sin ser negocio para nadie. Tal vez porque no sabemos si queremos tener la mano abierta o cerrada del todo, o porque es imposible cerrar a medias una casa que tiene cinco puertas.

Tanteo mi capacidad de sorpresa. –¡Piedra, papel o tijera! –Digo pensando en nieve, agua y nubes. Y cada vez que suelto el gesto con la mano, mi réplica en el espejo me contesta con el mismo signo. Es obvio, ya sé. Debería probar con otra persona. Pero vos estás muy lejos de mí ahora. Yo soy piedra pesada al pie de la montaña. Y vos, humo negro que se eleva rápidamente a un precipicio vertical. Un río de magma hirviente envuelve mis pies y me trae tu olor, indistinguible del perfume de los volcanes.


© Juan Pablo Cozzi



JUAN PABLO COZZI







Juan Pablo Cozzi nació en Moreno en 1980, se crió en Saladillo y estudió en la Ciudad de Buenos Aires profesorado de Castellano, Literatura y Latín. Durante los últimos 15 años se empecinó en la música, las artes plásticas y la literatura sin destacarse en ninguna de ellas. No obstante alcanzó a publicar en las antologías Voz Hispana I, Mundos en Tinieblas III, Alte Killer y Otros cuentos, Buenos Aires Próxima y Trabajo Incompleto. Publicó reseñas en la revista Tela de Rayón, suplemento cultural del Diario Jornada, y colaboró en dos ocasiones en la revista Próxima así como también revistas digitales como Ágora, Axxón, Cinosargo, La Comunidad Inconfesable, Mi Natura, Exégesis, Kundra, y en varios blogs.

Actualmente escribe su segundo guión para miniserie de tv mientras espera la publicación de su primera novela cuyo título no estamos autorizados a difundir.

Se considera un apóstol de la Verdad de la Milanesa, aunque reza bajo el signo protestante de la Napolitana.


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