lunes, 9 de febrero de 2015

EL AUTOR INVITADO: Laura Ponce



LUNES
La ciudad allá abajo es un caos que se aplaca. Al principio hubo saqueos, histeria, gente tratando de irse del centro como fuera. Gritos, choques, incendios, tiros, sirenas de ambulancias y de policía, un estallido tras otro en una sucesión demasiado alucinada como para poder creerla. Ahora, desde que amaneció, hay un silencio que mete miedo. Porque es un silencio enfermo, sucio. Hay algo que se arrastra en él, algo que gruñe.
Desde la terraza puedo ver sus movimientos.
Las pantallas del cuarto de monitoreo me dan una buena vista de las dos calles, del estacionamiento y del frente del edificio; suficientemente buena como para saber que no es seguro salir por ninguno de esos dos lugares.
Sé que están ahí afuera, esperando.
Primero hubo corridas, se multiplicaron las matanzas; después comenzaron a disputarse las presas, despedazándolas; al final parecían hordas lentas patrullando la 9 de Julio, moviéndose con torpeza, persiguiendo el rastro de algunos perros. Cada tanto levantaban sus ojos muertos, como si supieran que estoy acá arriba, en el edificio del BaPro.
Ahora todo parece detenido. No se ve ningún movimiento, sólo restos y algunos cuerpos tirados.
Pero esos cuerpos a veces se mueven. Como si algo los sacara de su sueño, pero no fuera suficiente para hacer que se levanten.
Es tonto seguir esperando. ¿Esperando qué?
No puedo quedarme acá para siempre.
Además tengo que volver a casa, Ana y la nena me esperan, no las puedo abandonar.
Tengo que bajar y salir de una vez.
Lo mejor es usar las escaleras. Márquez siempre le desconfiaba al ascensor y decía que en momentos de verdadera necesidad no hay que depender de nada que pueda fallar.
Márquez... Qué tipo pelotudo...

Las primeras noticias aparecieron entre el jueves y el viernes; hablaban de ataques y crímenes bestiales. El sábado a la mañana se le aconsejaba a la gente que no saliera de su casa y para la noche habían decretado estado de sitio, pero ya no hubo nada que detuviera la locura.
Al otro día no llegó nuestro relevo; cuando llamé a la empresa me dijeron que nos mandarían gente en cuanto pudieran pero que era domingo y que ya sabíamos cómo era la cosa, que Márquez y yo teníamos que quedarnos acá hasta que se presentaran, que si llegábamos a abandonar el puesto nos diéramos por despedidos.
A Márquez, que tenía franco al otro día, le daba lo mismo; decía que qué me quejaba, que en el buffet había galletitas, sánguches, lo que quisiera comer, que ahí estábamos más seguros que afuera; pero a mí me rompió bastante las pelotas tener que quedarme.
Y encima en la tele se veía que las cosas se ponían cada vez más jodidas.
Él se quedó abajo, en el hall. Había estado de servicio en el 2001 cuando fueron los saqueos y los cacerolazos; no parecía preocupado. Se había puesto el chaleco y tenía a mano la itaka que usábamos cuando nos tocaba custodiar la carga de los blindados (“por precaución”, me dijo; “este país no cambia más”). Nos manteníamos comunicados todo el tiempo.
A eso de las seis se supo que la Organización Mundial de la Salud había pedido el cierre de los aeropuertos.
Estaba por hablarle de eso cuando me avisó por el handy que pasaba algo afuera. Me dijo “¿La ves? Viene hacia la puerta”. La encontré en una de las pantallas: una mina joven, bien vestida pero toda manchada de sangre, arrastraba algo con el gesto ido.
Como le adiviné la intención, le grité: “Tené cuidado. No abrás. Esperá que bajo”.
Corrí al ascensor y nunca se me hizo tan largo bajar estos once pisos.
Ya estaba llegando cuando escucho que grita: “¿Dónde estás, boludo? ¡Ayudame!”
Lo encontré agarrado a la itaka, con los ojos desorbitados.
 —¡Me mordió! ¡Esa loca de mierda me mordió! ¡Me quería comer! ¡Le tuve que aplastar la cabeza para que dejara de tirárseme encima!
Un poco más allá estaba el cuerpo de la mina. La cabeza era una masa sanguinolenta. Parecía que Márquez le había dado con la culata hasta cansarse. Cerca de la entrada estaba lo que había traído arrastrando; era el cuerpo destripado de un chico.
Mi primera reacción fue correr hacia la puerta y asegurarme de que estuviera cerrada. No sé si la seguían a ella, si venían atraídos por el griterío o si ya se dirigían hacia el edificio desde antes, pero unos cuantos se acercaban por la avenida.
No hizo falta mirarlos demasiado para darse cuenta que estaban igual que ella.
Márquez sangraba mucho. Lo había mordido en el brazo y también en la pierna, ahí le había arrancado un pedazo. Traté de hacerle un torniquete en el muslo, pero estos cintos con abrojo del uniforme no sirven para una mierda.
Cuando lo subí al ascensor ya empezaban a golpear el vidrio.
Termino de bajar las escaleras hasta el primer subsuelo, busco el Falcon y tiro el bolso adentro. En el estacionamiento vacío, acelero a fondo y empiezo a subir por la rampa, cuando veo el portón ya lo tengo encima. Lo arranco casi completo. Agarro la 9 de Julio y voy hacia la autopista.
Está nublado y en cualquier momento se larga a llover.
La ciudad está más silenciosa que nunca.
Por todos lados hay destrozos. Los pocos autos que cruzo parecen haber sido atacados.
Cada tanto veo grupitos que deambulan arrastrando los pies...
Cada tanto veo a alguien parado en una vereda, que tuerce la cabeza o gruñe cuando  paso cerca...
Ya había visto muchas de esas cosas en el noticiero pero es raro verlas así, en vivo.
¿Todo esto está pasando? ¿Es real?
La cabeza me funciona raro...
Por momentos me parece ver a gente conocida...
Me parece verlo a Omar, el cafetero, empujando su carrito, pero además de los termos lleva colgando el brazo de alguien...
Me parece ver a mi cuñada, Patricia, inclinada sobre un hombre en un banco de la plazoleta. Parece que se están besando, pero ella levanta la cabeza cuando paso y veo que le estaba comiendo la cara...
¿Me estaré volviendo loco?
¿Será que hace casi dos días que no duermo?
Después que lo ayudé a recostarse en un sillón, Márquez estuvo quejándose durante toda la noche, puteando por el dolor, puteando a la suerte, puteándose a sí mismo por pelotudo...
Me volví loco tratando de hablar con la empresa, tratando de llamar a una ambulancia o a la policía. No contestaba nadie.
Al último levantó mucha fiebre y se puso cada vez más pálido. Hasta que en un momento no habló más, se quedó quieto, y ya no pude encontrarle el pulso ni escucharle el corazón.
Le bajé los párpados y lo cubrí con mi campera. Sin saber bien qué hacer, me senté enfrente de él. Nunca fui muy religioso, pero me esforcé por recordar el Padre Nuestro.
Todavía estaba rezando cuando se levantó.
Al tomar la autopista todo se me hace más fácil.
Llamo al celular de Ana y vuelve a darme apagado. Me repito que no quiere decir nada, que seguro están bien, que seguro se le quedó sin batería otra vez y están sin luz y no lo puede cargar; en la zona donde está la quinta la luz se corta seguido... Aunque me cuesta marcar, lo hago otra vez. Parece que se me hinchó la  mano lastimada y me duele mover los dedos.
Estoy medio mareado, debería bajar un poco la velocidad, no vaya a ser que me dé contra algo... ¿Comí ayer? No me puedo acordar si comí... Las cosas se me mezclan en la memoria... Márquez jodía con las galletitas y las cosas del buffet... Parece que al final el que tenía un hambre mortal era él, je.
Márquez se enderezó con el cuerpo rígido.
Casi me dio un infarto.
Hizo un ruido con la garganta, un quejido. Parecía que trataba de decirme algo y me acerqué al sillón donde lo había recostado. Me acerqué con vergüenza, pensado en cómo explicarle, en cómo decirle que en realidad yo no había querido darlo por muerto ni nada...
Entonces abrió los ojos. Unos ojos vacíos, atroces. Y se me vino encima. Se me tiró al cuello tratando de clavarme los dientes. Caímos sobre la mesita de vidrio y la hicimos pedazos. Forcejeamos en el piso, pero tenía una fuerza impresionante, no podía sacármelo de encima. Agarré un pedazo de vidrio y se lo clavé como si fuera un cuchillo. Apenas sangró. Una sangre negra y espesa que me cayó en la cara, sobre la boca. Me desesperé por limpiármela y me di cuenta que me estaba embadurnando con mi propia sangre. En ese momento me mordió. Enloquecido, busqué alrededor. Vi la itaka. La alcancé como pude, la metí entre nosotros y disparé.

Cuando doblo en la calle de tierra se larga a llover con todo. Menos mal que ya estoy en casa. Paro el auto y abro la puerta para bajar, para ir a abrir la cerca, y ahí me doy cuenta que no puedo moverme. ¿Qué me pasa? Es como si me hubieran dado una paliza. Me cuesta una barbaridad apartar los pies de los pedales y me doy cuenta de que no paré de pisarlos desde que subí en el BaPro, me doy cuenta de la fuerza con la que venía agarrando el volante. Por Dios, cómo me duele la mano... El brazo me hormiguea... Es como si ya no fuera mío, como si tratara de separarse de mí... Voy a quedarme un momentito acá, en el auto, con la puerta abierta... A ver si la lluvia me calma un poco el calor que tengo... Parece que me estuviera quemando por dentro... Por ahí, si duermo un rato, me despierto sintiéndome como nuevo...
© Laura Ponce

LAURA PONCE








Laura Ponce (Buenos Aires, 1972) Escritora y editora, se especializa en Ciencia Ficción y ha colaborado con diferentes publicaciones electrónicas y de papel. Sus cuentos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España, Cuba y Perú. Pertenece al Centro de Ciencia Ficción y Filosofía. Dirige Revista PROXIMA y Ediciones Ayarmanot.


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