lunes, 2 de febrero de 2015

EL AUTOR INVITADO: Néstor Darío Figueiras




LAS TRANSMIGRACIONES PRENATALES DE LUCIO
Lucio fue concebido el 15 de junio de 1976. Entonces la muerte rondaba por las calles de Buenos Aires, seguida por los bufones que la habían invocado para festejar su avance carnavalesco.
De todos modos, no está de más preguntarse por qué Mario y Elena Juárez iban a creer que los tiempos que corrían eran tan malos, por qué iban a pensar que entonces era una locura soñar con un hijo. Si es cierto que cada época entraña grandes peligros, que todas las eras amenazan con finalizar de manera apocalíptica, entonces es absurdo esperar el momento oportuno.
Con el mismo arrebato con el que se secuestraba, torturaba y asesinaba, Mario y Elena hicieron el amor durante esa fría noche de junio, sumidos en la penumbra: el cuarto sólo estaba iluminado por el débil resplandor de la estufa a kerosén. Era su primera noche en la casa nueva, ubicada a dos cuadras de la estación de Longchamps. Ésta era de material, no como la casilla que los había albergado durante los primeros tres años de matrimonio. Así habían decidido estrenar la morada: buscando un hijo.
Pero al amanecer Mario y Elena descubrieron que no sería acertado seguir creyendo que las perspectivas eran buenas.
Eran las siete menos cuarto de la mañana. Tomaron los últimos mates y se abrigaron. Saldrían juntos. Se besarían. Él caminaría hasta la parada y tomaría el colectivo que cada día lo acercaba a la fábrica. Ella tendría que subir a un tren y luego al subte para poder llegar a la casa de los Esquivel, en Barrio Norte, donde trabajaba como empleada doméstica los miércoles y los viernes.
Pero cuando él abrió la puerta de calle vio el Falcon verde, a medias montado sobre la vereda. Sintió miedo, pero también se disgustó al ver estropeados los rosales que tanto trabajo le habían dado a Elena. Qué necesidad había de aplastarlos. Amagó cerrar la puerta, aunque sospechó que sería inútil y preguntó, tratando de esbozar una sonrisa:
—¿Sí?
—¿Juárez? ¿Mario y Elena Juárez? —preguntó la cabeza con anteojos negros que asomaba por la ventanilla, casi sin mover los labios.
Ellos no conocían a Juan Estolber, sargento de la Federal. Nunca hubieran podido imaginar que su implacable faz era parte de un ente gestáltico en el que confluían muchos otros rostros semejantes, articulados bajo el mandato de unos pocos maniáticos. Ésa entelequia había dictaminado que ellos, por subversivos, constituían un peligro para la Nación. Al detenerlos, Estolber servía a la Patria. Muchas pruebas legitimaban su misión, surgidas de un interminable encadena-miento de hechos nimios y aislados que lo habían obligado a hacer numerosas pesquisas en el conurbano. El último eslabón había sido la mención de sus nombres.
—Sí, Mario y Elena Juárez. No le han mentido. ¿Qué se le ofrece, oficial?
La delación, arrancada el 10 de junio a Horacio Gabías —colaborador de Mario en la organización de una huelga que paró la producción de la fábrica durante dos días—, había sido escupida al boleo, entre convulsiones y gritos lastimeros. Gabías ya desvariaba de tanta picana en las pelotas, y estaba dispuesto a chivatear a cualquiera con tal de que no lo volvieran a mandar a ‘la parrilla’, con tal de no sentir más ese latigazo de fuego.

El 26 de agosto —dos meses y diez días después de su llegada al centro de detención—, Elena notó que el vientre se le estaba abultando. En un indeseado lapso de lucidez, recordó la primera —y única— noche en la casa nueva. El calor anaranjado de la estufa de kerosén. La pasión de Mario, que le había hecho palpitar la vulva, ahora magullada y supurante. Las lágrimas rodaron sobre su cara encostrada al suponer muerto a su esposo. Se acarició la panza y supuso horrorizada que los vómitos de los últimos días no sólo habían sido originados por los electrodos que le hacían tragar de tanto en tanto —ésos que parecían una ristra de bolitas— para picanearle las tripas.
Entonces decidió que, si realmente estaba embarazada, no quería que su hijo naciera allí. Pidió al cielo que una intervención milagrosa lo extrajera de sí y lo depositara en otro seno. En medio del dolor, su memoria expelió un nombre: Tamarita Esquivel, la hija menor de sus patrones.

En dos días, el 8 de septiembre, Tamara Esquivel cumpliría dieciocho años, y hacía cuentas. Pero no contaba cuántas horas faltaban para su fiesta, ni cuántos amigos asistirían a ella. Tampoco calculaba cuántos años demoraría en completar la carrera de Medicina si no lograba emular el ritmo de estudio de su padre, el prestigioso gastroenterólogo Romualdo Esquivel.
Ella trataba de precisar cuántos días de retraso llevaba… ¿Diez días? Por Dios. Hacía diez días que tendría que haberle venido la menstruación. Lo cual era desesperante, puesto que su período era regular, al igual que el de su hermana mayor, Stella. Las dos eran “un relojito”, como decía su madre.
Pero lo más terrible no era el miedo, aunque se le paraba el corazón de sólo pensar en cómo se lo diría a sus padres. Lo peor era la culpa: los Esquivel eran miembros activos de la Iglesia Bautista.
El día anterior, el domingo 5 de septiembre, ella y Santiago —que para sus padres apenas era un “filito”—, habían concurrido al culto matutino. Ambos escucharon con verdadera angustia la homilía del pastor Rogelio. El texto que sirvió de base a la prédica estaba en la Epístola a los Hebreos, capítulo 10, versos 26 al 31, y dejaba bien claro cuál era el futuro que acechaba a quienes pecaban deliberadamente: “una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”.
Santiago pensó que eso les tocaría por haber tenido relaciones dos o tres veces. Pero Tamara comenzó a sospechar que su transgresión había producido un fruto. La criatura que empezaba a crecer en sus entrañas estaba maldita, y los haría malditos a ambos.
Una anécdota que el pastor había relatado para enfatizar el contenido de su sermón había impactado profundamente a Tamara. El predicador contó cómo se había topado con algunos jóvenes descarriados que pretendían justificar sus conductas lascivas usando como pretexto el libre albedrío, lo cual había sucedido mucho antes de haber llegado a su actual condición de ministro de la Iglesia Bautista del Centro. En cierta ocasión, una arrepentida pareja de novios había acudido a él para confesar el pecado de fornicación y para que les aconsejase qué hacer.
—Es un poco tarde para pedir consejo, ¿no les parece? No sé si Dios pueda perdonarlos. Lo que sí sé es que no retirará las consecuencias de su falta. Ése hijo será una afrenta. ¿Qué hacer? Lo único que se me ocurre es pedirle al Padre celestial que, en su infinita misericordia, deshaga a su bebé en el vientre.
Y visiblemente orgulloso de su exhortación, refirió que les había hecho repetir tal oración, alegando que el Evangelio de Mateo promete que a dos que se ponen de acuerdo, todo lo que pidieren al Padre les será dado.
El mismo domingo por la tarde, en un café, Tamara le dijo a Santiago que creía estar embarazada. Entre llantos disimulados y discusiones cuchicheadas acordaron que no hacía falta hablar con el pastor Rogelio, porque ya sabían qué les diría; y que, por si la oración fallaba, averiguarían dónde ella podía someterse a un aborto. Santiago usaría sus ahorros. Luego verían cómo tapar todo el asunto.
Pero ahora, faltando cuarenta y ocho horas para celebrar sus cumpleaños, ella empezaba a pensar que no quería que su bebé fuera despedazado, ni por la cureta y los fórceps —de los cuáles había visto fotos en los libros de su padre—, ni por Dios.
Fue entonces cuando escuchó conversar a su madre y a su hermana:
—¿Podés creer que hasta ahora ninguna de las hermanas de la Sociedad Femenil quiso recomendarme una nueva criada? Qué egoístas, Señor. ¡Ya hace más de dos meses que Elena no aparece! Ni un llamado hizo. No sé cómo voy a hacer con la fiesta de Tamarita.
—Le habrá pasado algo. Viste cómo están las cosas.
—¿Qué? ¿Vos decís que la detuvieron? ¿En qué andaría?
—Vaya uno a saber, mamá. Por ahí es zurdita y nunca te lo dijo. ¿El esposo no trabaja en una fábrica? Tal vez el tipo estaba metido en el sindicalismo y se los llevaron.
—Cierto, Stellita. La pastora hoy nos enseñó que las palabras que Rogelio habló el último domingo pueden interpretarse de muchas formas. “El fuego de Dios que devora a los adversarios” es una metáfora de la lucha antisubversiva… ¡Ah! Hablando de eso: todas las hermanas vamos a hacer una cadena de oración por Ana.
—¡Ana! ¿Cómo está la pobre?
—Y, viste… Sólo hace una semana del atentado. Perder a tu esposo de esa forma debe ser terrible. ¡Padre del cielo, protejéme a Romualdo!
—¡Ay, mami! Qué fatalista que sos. A papá no le va a pasar nada: él es un hombre de bien.
—¿Y eso qué? Si el esposo de Ana era policía. ¡E igual terminó así… todo quemado! ¡Qué horror! Ahora Anita quedó tan sola. Viste que ellos no tenían hijos.
Mientras oía la charla, Tamara pensó que a esa mujer le hacía falta un bebé. Que ella y Santiago podrían darle el suyo cuando naciera. Pero imaginó que todo sería más sencillo si Dios, en lugar de desmenuzarlo, lo trasplantara en el vientre de Ana. Decidió entonces que ella se sumaría a la cadena de oración, pero pidiendo este otro prodigio.

El 27 de octubre, Ana Souza de Estolber bajó del avión en el aeropuerto de Barajas. Atrás quedaban quienes le habían preguntado una y otra vez por qué se iba, si ella, la viuda de un sargento de la Policía Federal, no tenía nada que temer. También quedaban quienes la habían reconvenido, argumentando que el exilio era para los culpables y los cobardes. Ella se escapaba de los sucesos espantosos que entrevió al escuchar las palabras que su esposo decía estando dormido. Huía de la bomba con la que le habían retribuido. Evitaba a los santurrones que la hostigarían sin descanso, exigiéndole que explicara cómo llevaba un hijo en las entrañas, una maravilla que ella misma no podía comprender.
Lucio Souza —porque ya le había dado un nombre, el de su propio padre— nacería lejos del carnaval de muerte.

© Néstor Darío Figueiras

NESTOR DARIO FIGUEIRAS


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires el 18 de noviembre de 1973. Escritor, músico, productor musical e ilustrador aficionado argentino, cuya producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía.

Ha publicado en la mayoría de las publicaciones digitales del género, como Axxón, NM, Alfa Eridiani, miNatura, NGC 3660, Aurora Bitzine, Necronomicón, Crónicas de la Forja, etc… Asimismo participó en varias revistas en papel y fanzines, como Catarsi, Próxima, Sensación! Ópera galáctica, Présences d'esprits, etc. Sus historias –algunas traducidos al francés y al catalán–, forman parte de varias antologías, tanto en papel como en formato digital.

Sus obras han resultado finalistas en varios concursos, como el Certamen Internacional de Microcuentos Fantásticos miNatura, el Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura y el Concurso de Minicuentos “Monstruos de la Razón”. Entre los premios más destacados que han sido obtenidos por su labor encontramos una mención de honor del Premio “Más allá” 1991, por su cuento “Organicasa” –escrito a los dieciséis años–; una mención de honor en el Premio Andrómeda 2005, por “Reunión de consorcio”; y el primer y el segundo puesto del Premio Ictineu 2012, en la categoría “Mejor cuento traducido al catalán”, por “Reunión de Consorcio” y “El mejor de los nombres”, respectivamente.

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