sábado, 23 de abril de 2016

LOS OJOS DE LA DIVINIDAD



Se sugiere darle play a Purple Rain de Prince y escuchar durante la lectura



LOS OJOS DE LA DIVINIDAD
Moviliza tus deseos, tus esperanzas e imaginación y en mi interior verás cuánto deseaste y esperaste; pero no lo verás con tus ojos humanos, porque ellos son finitos e imperfectos.
Bhagavad Gita
El desafío era grande, lo admito, pero estaba muy bien preparado. A los sólidos conocimientos técnicos podía sumarle una especial sensibilidad artística. No en vano había sido el mejor promedio de la Academia. En cualquier caso, era de esperar que no me tomaran. Es inusual que un recién recibido pueda soñar siquiera con dirigir para una de las subsidiarias del grupo Súbita Stravaganza, la productora sensación del momento. Igual, sintiendo que era capaz de conmover a eso que nos gusta llamar “el público”, había leído el guión hasta el último detalle, haciendo algunas anotaciones marginales.
La mañana había llegado. Elegí una indumentaria lo suficientemente formal, como para impresionar por el buen gusto y lo bastante décontracté como para evocar la idea de ruptura, vanguardia, modernidad. Estaba seguro de que mi melena à la Beethoven infundiría ese aire de genio circunspecto, listo para esparcir su hechizo con el sólo oscilar de las manos. Tras una breve pero angustiante espera me recibió la extravagante plana mayor. Tal como lo había imaginado, gentes con aspecto de entender más de números que de arte. Un señor de notable porte robusto, sentado en la cabecera de una mesa de vidrio y acero, me sonrió con beatitud y me señaló el otro extremo. Por las revistas del ambiente supe que era la Hiena Mayol. Los demás me miraban entre aburridos y expectantes.
—Joven, le confieso que estamos asombrados con sus antecedentes —el buda falseó el elogio—. Tenemos diez minutos, así que nos gustaría escuchar su visualización del desenlace y, sobre todo, la resolución —y con revoleo de su doble papada miró a cada lado buscando la aprobación de sus compañeros.
—No va a hacer falta más que ocho minutos y cuarenta segundos, señor Mayol —dije con tranquilidad—, que es el tiempo que insume la banda sonora que he previsto para el final.
Miré el conjunto de rostros que, hasta hacía un momento, aguardaban finiquitar las entrevistas y constaté que había logrado concitar asombro. Así que inspiré hondo, sonreí y sin siquiera consultar mis apuntes, me dispuse a darles una dosis de magia. Esto fue lo que dije.
La toma abre con un contra-fundido: casi oscuridad plena, quietud. A la distancia, el eco de una canción, apenas percibida pero identificable con claridad, es Purple Rain de Prince. La penumbra deja adivinar unos movimientos. Se escucha el chasquido de un fósforo. La cámara en plano subjetivo, acompaña un cigarrillo que se enciende. La escena se hace progresivamente más nítida. Cambia el plano y sentado en un sillón bergère, un muchacho, apenas cubierto con una colcha astrosa, fuma con lentitud. La cámara sigue las volutas de humo, entre tanto, la música se hace más evidente.
Aparece la imagen en contrapicado de una calle empedrada, el rodar de un taxi, las luces de una ciudad siempre despierta, o al menos, siempre despierta en esas cortadas cerca del puerto. Dentro del coche, la longitud de una pierna apenas contenida por unas medias de red y unos zapatos de tacón rojo. A su lado, un atildado joven, traje oscuro, impecable camisa blanca, corbata al tono. En un encadenado, se muestra la entrada a un hotel de mala muerte, la obsequiosa cara del concierge apareciendo entre las sombras de una lúgubre taquilla. Una llave antigua pendiendo de una circunferencia de hierro, con el número 219 grabado en relieve.
La cámara, con un movimiento de balanceo, registra el progreso de un ascensor desvencijado pero que aún conserva la elegancia, mientras la mujer corretea riendo por las escaleras de mármol que envuelven al elevador. El foco se detiene en su mirada cómplice, disfrutando por una vez de esta suerte de cacería donde la presa, multiplicada en los espejos biselados, sube encerrada en una caja de roble. Y en plano americano, el llegar de ambos, casi en simultáneo, a un largo corredor plagado de puertas, donde una luz solitaria hiere la penumbra. Un plano corto para la llave, buscando una puerta que se abre en plano general a un cuarto de paredes descascaradas, con una cama de dudoso aliño.
La banda sonora va creciendo hasta hacerse mucho más presente, pero la versión original del tema escogido deja paso a un ensemble de cuerdas, que en forma imperceptible sustituye la parte correspondiente a la guitarra eléctrica. Por eso, la escena se traslada al Teatro Colón y la lente, en veloz planeo desde la cazuela hasta la platea baja, se detiene frente a los músicos de una orquesta de cámara que, vestidos de frac, ejecutan un arreglo barroco de Purple Rain.
Afectado por mi propio relato, no pude mantenerme sentado y me puse a solfear en el aire, bailando por la sala conforme la melodía sonaba en mi mente, mientras proseguía describiendo las evoluciones de mi cámara.
Plano cortísimo a la mística oquedad del cuello y los hombros, fecundo destino del beso. El carmín que comienza a borronearse, las ropas que paulatinamente se despeñan. Las miradas que se cruzan, la respiración que se atolondra. Una caricia que es trazo pero también pregunta y una geografía que debiera ser conocida y sin embargo es ignota. La lengua allanando fronteras con el alivio de no tener que formular promesas. El ansia que engendra la búsqueda se hace acción sincronizada con el acompañamiento musical, que ha tomado dimensiones épicas por la aparición de un coro gospel ejecutando, a boca chiusa, los movimientos finales de la canción de Prince. Un furioso travelling recorre a las coreutas afroamericanas, asociadas con el movimiento de sus cuerpos al dulce delirio. La cámara regresa al lecho, donde la revolución de las sábanas es ya un huracán desatado. El fragor evoca a eras primordiales, procesos precámbricos, manifestaciones tectónicas, marcando cada plano la incisiva cadencia de la banda sonora.
Ella, como era usual, creía que daba. Él, creía que tomaba. Sus cuerpos no se percataron del mutuo embuste hasta muy cerca del final, cuando una resonancia emotiva expugnó las oscuridades de sus almas. Y de repente, se vieron como nos ve la divinidad. Entonces ya no hubo refugio, cesaron las prevenciones, los músculos se tensaron, los dedos se crisparon y los espíritus por fin se encontraron, quedando por un instante suspendidos porque igualmente exánime quedó el Universo.
En el Colón, el director agitaba la melena y guiaba al coro y orquesta, que llegaba a la apoteosis musical. Vuelve la imagen a un puño contraído, que con los últimos acordes, cede a la pasión y se abre, para convertirse en una rosa, imagen que se resuelve en un fundido al colorado rabioso, que luego tiende al negro.
En la semioscuridad, un fósforo enciende un cigarrillo y un muchacho, casi despojado de ropas, barba de varios días, fuma escrupulosamente. Con voz aguardentosa, mirando a cámara, recuerda lo último que le dijo ella antes de partir: “Nos gusta llamar vigilia al escrutinio intencional de los detalles y sueño, al indolente ocurrir de esos mismos pormenores. Lo que separa a la vida real de los sueños no es más que una simple convención. ¡Ojalá supieras de qué lado estás!”.
Así terminó mi presentación. La sala entró en un silencio estupefacto. Sólo se oía mi respiración aún alborotada por el esfuerzo. Enjugándome la transpiración, los recorrí con la mirada, completo, satisfecho, como un matador que ha cuajado una faena monumental. Luego de un relámpago de titubeo, la Hiena a duras penas recuperó la compostura y me despidió, prometiendo llamarme.
Antes de abandonar la estancia, no pude evitar la carcajada cuando alcancé a escuchar que le decía a su vecino:
—Che, ¿producción le habrá avisado a este muchacho que estábamos buscando el director para una película porno?
© Pablo Martínez Burkett
(*) Este cuento integra y da nombre al libro LOS OJOS DE LA DIVINIDAD (ISBN 978-987-29741-1-4, Muerde Muertos, 2013).


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