domingo, 22 de diciembre de 2013

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XI): Presagios de tempestad


Llega con la vejez un momento en el que el corazón ya no es maleable, y sólo conserva la forma en que se enfrió.
Sheridan Le Fanu





A veces sucede que aquellos que eran inseparables, un día se descubren alejados y sin saber por qué. En algún momento, las huellas superpuestas comienzan a separarse de un modo imperceptible y ya nada vuelve a ser como antes. 


La pequeña Ikito soñaba con que las penurias y castigos infamantes hallarían fin cuando ingresara a la Hermandad de la Noche. Por eso boicoteó las cándidas defensas que intentó su padre y se entregó esperanzada a la transformación por el fuego. Luana se erigió en mucho más que su adalid, su hermana mayor, su madre. Luana fue un espejo en donde encontrarse. Ikito la imitaba en todo. Era muy gracioso escucharla impostando las erres en un remedo del acento transilvano. 

Pero Ikito ya era una criatura rota antes de la conversión. A diferencia de Luana, la pequeña era virgen. Y rápidamente decidió suplir esa vacancia entregándose a un frenesí que no reparaba en número ni género. Se había rodeado de un séquito de fornidos mancebos y damitas bien dispuestas que con gusto se prestaban a todos sus caprichos sexuales.

Al caer la tarde salían de cacería y no respetaban ninguna de las reglas no escritas. Masacraban a todo lo que se les cruzara. La más de las veces sin hambre, sólo por el macabro placer de aterrorizar a sus víctimas. En una ocasión, irrumpieron en la sección británica del Genetic Research Institute. Allí se conservaba el ADN de los animales extinguidos y se venía trabajando con enojoso progreso en la restauración de la fauna aniquilada por el holocausto climático. La pandilla alocada destruyó las instalaciones, arrasó con los científicos y liberó a los especímenes. Divertidos fueron cazando uno por uno a los animales que chillaban, bramaban y morían en tirabuzones de sangre. Ikito persiguió un javato. Lo alcanzó y con frenesí le hincó el cuello. La sangre fluía dulce y caliente mientras la bestezuela berreaba desconsolada. En el último instante, justo cuando el pequeño jabalí empezaba a morir, Ikito se dejó ganar por la curiosidad y decidió comprobar si era posible convertir a un animal. Lo colocó acurrucado como a un bebé y las criaturas de la noche se congregaron en derredor. Con las fauces chorreando sangre aguardaron con paciencia de depredador. 

Primero fue un movimiento apenas perceptible. Después las patas empezaron a sacudirse. Finalmente, el cachorro de jabalí se paró de un salto, las pupilas colosales, las fosas nasales agitadas, venteando a la docena de seres abominables que lo rodeaban. Atacó, cargando con los recios colmillos. Ikito avanzó decidida. Sus compañeros presagiaron un choque memorable. Pero no fue así. A un par de metros, estiró la mano y mesmerizado, el jabato se detuvo en seco. Renuente, se acercó. Luego más confiado, dejó que lo acariciara. Ikito sonrió, se arrodillo y lo abrazó, mientras le musitaba algo al oído. El animal parecía comprender porque se tranquilizó. Desde entonces se volvieron un dúo funesto. Ikito le puso un collar de púas y una correa y lo llamó Cujo. El jabato fue su sombra, su cancerbero y defensor.

Cierta vez, un muchacho de pelo rubio quiso ser galante. Atraído por la belleza de sus rasgos ligeramente orientales, le dijo hola en chino. No había terminado de pronunciar “nǐ hǎo” que ofendida, Ikito lo traspasó y bebió de su yugular sin dejar una gota. Estaba tan enfurecida que la presión de las mandíbulas fracturó el cuello del desdichado. Con desdén, lo arrojó como un títere sin cordeles para que Cujo lo terminara. Mientras se regodeaba viendo el festín de su mascota, la confusión del malogrado galán empezó a labrar en su ánimo un plan para derrocar a Luana.

Ajena a estas maquinaciones, la líder de los vampiros no aprobaba ni los desórdenes sexuales ni las cacerías indiscriminadas pero consentía y ocultaba la conducta de su protegida. Si fuera capaz de remordimiento, podría decirse que estaba arrepentida de haber convertido a la única hija del DCI Nakasawa. No había que ser un experto para descubrir que Luana representaba la autoridad del padre y que la fascinación primera pronto cedió a la transferencia del odio y resentimiento que la pequeña sentía por autor de sus días. Ese caldo en ebullición pronto se tornaría indigesto.

Lo poco que quedaba entre ambas mujeres terminó de romperse cuando Ikito intuyó que Luana abrigaba sentimientos por John Gillan. Con fingida inocencia, denunció el enamoramiento a Madre, creyendo que iba a desaprobarlo por tratarse de un humano. Pero no fue así. Contra todo pronóstico, Madre alentó a su hija a iniciar una relación que mitigara su ascética soledad. Ese hecho terminó de desquiciar a la pequeña, que abandonó el preceptivo negro y en lo sucesivo, tanto ella como toda su horda, se vistieron de blanco. Desde entonces acechaba a Luana, determinada a matar al hombre que se la había robado.

La pequeña Ikito nunca cumpliría los diecisiete pero estaba reseca y amarga como un odre viejo.



© Pablo Martínez Burkett, 2013




Este es el undécimo capítulo de la saga "EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA",  que abre con el cuento del mismo nombre y que prosigue con (2) "Los ojos de Luana"; (3) “Tiempos mejores”; (4) “Frutos de la tierra nueva”; (5) "Fotos"; (6) "Venator"; (7) "Tu madre te ha dicho que no"; (8) "La otra plaga"; (9) "El inesperado John Gillan"; (10) "El color de la nieve"; (11) "Presagios de tempestad"; (12) "La perla de la noche"; (13) "Las llagas del Efecto Caldero"; (14) "Fait divers"; (15) "El sabor del futuro"; (16) "Un souvenir del infierno"; (17) "Primera sangre en Barrio Chino"; (18) "Los Hijos del Sol Negro"; (19) "La sombra de Madre"; (20) "La ordalía de John Gillan"; (21) “El día de la insensatez”; (22) "La estrella de la venganza"; (23) "El pérfido Doctor Wong"; (24) "El camino de la ira"; (25) "El dulce sabor de la sangre"; (26) "El destino de una mirada"; (27) "Gambito"; (28) "El llanto de Milena"; (29) "Un sordo clarín llamando a batalla"; (30) "Carte blanche" ; (31) "Sombra y fuego"; (32) "Una visita de cortesía"; (33) "Sobre el trono del dragón"; (34) "Un golpe de efecto"; (35) "Escarmiento"; (36) "El último concilio", (37) "Fiesta"; (38) "No es más que sangre" y (39) "El talismán".