viernes, 27 de diciembre de 2013

EL RETORNO DE LA CRISÁLIDA (XII): La perla de la noche

Los efectos de una luna llena como aquélla podían ser múltiples. Influía en los sueños, en la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.
Sheridan Le Fanú
El mundo siempre ha perseguido a los vampiros. Siempre. No es de ahora. En la Transilvania natal, durante la Guerra de los Elementos, un trépano horadó una caverna subterránea donde se habían refugiado generaciones de Criaturas de la Noche. La guerra dejó de ser por el agua y se convirtió en una masacre. Los unos buscaban vida alimentándose de sangre humana, los otros buscaban preservar la propia vida para no ser convertidos en vampiros. El poder central no midió en recursos. Se implantaron los criminales nanites y cuando no fue suficiente el estrago causado por el ínfimo virus, se decidió borrar la región del mapa con una obsoleta bomba atómica, cuyo uso había sido prohibido por un tratado global. Por su fiereza y lucidez, tanto Luana como su madre fueron elegidos líderes de la Hermandad de la Oscuridad y así se salvaron del holocausto nuclear, emigrando a Londres escondidas en sendos féretros.
Pero ese liderazgo es más una responsabilidad que un derecho. Y no pocas veces, otra maldición porque además de sobrellevar la soledad del poder, hay que afrontar a los súbditos que aman con la misma intensidad que odian. Idolatran mientas el conductor es funcional a los deseos de la muchedumbre y provocan una revolución cuando consideran que los han defraudado.
Y como si no fueran pocas las acechanzas internas, están las externas, cada vez más inhóspitas. La División Roja de Scotland Yard, creada especialmente para combatir la plaga. O la esparcida mafia china con su red criminal controlando los mínimos detalles de la vida cotidiana. Y no son menos los enemigos personales que ha ido cosechando merced a sus correrías, el más enconado, el DCI Brian Nakasawa, padre de la pequeña Ikito, quien ha jurado destruirla.
No son cosas que preocupen a Luana que es salvaje y sin escrúpulos. Y sin sentido de culpa, como no lo tiene un tiburón, un áspid, una pantera negra. Es una manipuladora, con una lucidez superlativa aún para los de su especie. Y vive intensamente. Su vida es un arco iris de explosiones sensoriales. Cuando alguien mira una flor, ve una flor: Luana ve cada uno de los átomos que se asocian para dar forma a esa flor. Luana es capaz de percibir la orfebrería del Universo. Y hace lo que su deseo le pide.
Ahora con este John Gillan está un poco desorientada porque advierte que siente algo que no es mera voracidad sangrienta. Tampoco es la furia por exterminar a todos los minusválidos sensoriales, incapaces de presentir la vida como un caleidoscopio multicolor. Esto que siente es otra cosa que la arrasa como un huracán de deseo. Siente una ingente necesidad de acercarse pero no ya para morderlo (o poseerlo por mero afán coleccionista, como sucedió con el soso aristócrata que atacó en Hyde Park). Quiere poseerlo, o por mejor decir, aunque aún no lo sabe, o en todo caso, no se permite saberlo, quiere que Gillan la posea. Ella que se pasa tomando posesión de todo y todos, quiere que este muchacho tome posesión de su cuerpo y le quite el aliento, hasta provocarle esa petite mort que los humanos llaman orgasmo. Pero no sería algo fácil. Había muchos puentes que cruzar.
En efecto, la primera ocasión en la que John tomó de la mano a Luana notó algo ciertamente extraño, un frío que no era humano. Nuestra vampira se las ingenió para propiciar otros encuentros casuales y en cada uno de ellos, el muchacho quiso confirmar y reconfirmar la impresión inicial, tomándola del brazo o apoyándole la mano en mitad de la espalda. Y cada vez, hubiera preferido no hacerlo porque la piel de la mujer que inquietaba sus sueños era semejante a la de su abuelo, cuando lo besó antes de que cerraran el ataúd.
-¿Cómo es posible…? –se animó a musitar apenas.
-¿… que te provoque la misma sensación que el cadáver de tu abuelo? –completó ella, no sin fastidio. La previsibilidad es un pecado mortal en el universo de Luana y poco faltó para que lo desangrara ahí mismo, por ser igual a los demás. Sin embargo, dominó la ira y comprendió que era tiempo de revelarle su secreto.
Le hizo un somero repaso de su vida. Se salteó algunos detalles y atemperó bastante el resto. En lo que no hubo disimulo fue en la causa por la que estaba allí. En este asedio no había espíritu de caza sino de cortejo. Extrañamente, sabía que con él podría pulsar la nota que es parte de la melodía que sostiene el Universo. Luana no quería poseer su cuerpo sino fundirse con su alma. Fue la declaración de amor más torpe y más tierna que alguna vez se formulara. John temió por su vida pero más temió por la muerte de su alma, porque una extraña fascinación lo retuvo desamparado de todo refugio y lo impulsó a saber más. Lo primero que se le ocurrió fue preguntarle cómo era experimentar un arco iris de sensaciones a nivel consciente.
Luana le pidió que cerrara los ojos y que soplara muy suavemente en el interior de las muñecas. De arriba para abajo. Un inesperado estremecimiento conmovió al muchacho.
- Tú tuviste que soplar. Yo así siento el viento, el aire; la ropa; las respiraciones de los otros. Ahora pon la mano sobre el lado izquierdo de tu pecho, siente el latido de tu corazón. Trata de identificar ese latido en alguna otra parte de tu cuerpo, las sienes, los hombros, los muslos, no importa, rebusca por tu cuerpo hasta que puedas sentirlo, identificarlo. Para tí, fue preciso que buscaras mas así siento yo en mi cuerpo los latidos de los otros. Tú miras el cielo y ves muchas estrellas, indistinguibles. Yo las veo a todas y cada una. Yo conservo la memoria de su fulgor, titilando como una indeleble perla de la noche.
John Gillan, arrebatado por la pasión de sus palabras, se inclinó y le dio un beso. Esos labios gélidos le insuflaron un fuego que lo abrasó hasta el vértigo. Con un rumor de viejos recuerdos, sintió que podía comunicarse con todas las cosas. Y Luana, la indómita, la salvaje, la clarividente, supo que también para ella todo esto iba a ser demasiado.

© Pablo Martínez Burkett, 2013